Cardenal Baltazar Porras: Es necesario rescatar los valores auténticos en un ambiente de incertidumbre, desorientación y desesperanza

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HOMILÍA A CARGO DEL CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO EN LA IGLESIA DE SAN ANTONIO DE PADUA EN LA AVENIDA BRAVO MURILLO DE MADRID, EN OCASIÓN DEL PRIMER ANIVERSARIO DE LA CANONIZACIÓN DE SAN JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ Y MADRE CARMEN RENDILES, E INAUGURACIÓN DE LA CAPILLA DEDICADA AL SANTO MÉDICO DE LOS POBRES. Madrid, 26 de octubre de 2026.

Queridos Hermanos y devotos de San José Gregorio Hernández en el día litúrgico de su memoria que celebramos en el primer aniversario de la elevación a los altares por gracia del Papa León XIV por cuya salud tenemos presente y encomendada al santo médico de los pobres. Saludo fraternalmente al Sr. Cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid quien nos envía su bendición, representado en esta Eucaristía por D. Ángel Camino, Vicario del noroeste.

Nos congregamos en la parroquia madrileña de San Antonio de Padua gracias a la acogida de los Padres Capuchinos, quienes como misioneros, desde tiempo inmemorial han hecho de este templo el refugio de todos los hispanoamericanos que viven en esta ciudad compartiendo su fe y devociones que ellos, los capuchinos, hicieron también suyas en los muchos años que vivieron en nuestros países dejando honda huella del carisma franciscano, de la oración sencilla y de la ayuda permanente a los más necesitados.

Hoy, en este primer aniversario de su día litúrgico para la iglesia universal es una ocasión privilegiada, no solo por congregarnos en este templo en plegaria agradecida y fraternidad sincera sino también para beber en el propio pozo donde nuestro santo nutrió su vida cada día como terciario franciscano.

La centralidad de José Gregorio Hernández es de permanente actualidad. Su historia no es del pasado sino una lección que adquiere dimensiones misioneras para quienes acudimos a él. Le tocó vivir en tiempos recios, lleno de dificultades y contratiempos; sin embargo, pudo más la reciedumbre de su fe para superarlas con la confianza puesta en el Señor, con el testimonio permanente de su vida íntegra y totalmente dedicada a la atención de los más necesitados, sin buscar otra cosa sino agradar al Señor. Como Tobías, en la primera lectura que acabamos de escuchar porque “es buena la oración con el ayuno y la limosna con la justicia. Es mejor tener poco viviendo con rectitud, que tener mucho haciendo el mal”.

Es necesario rescatar los valores auténticos en un ambiente de incertidumbre, desorientación y desesperanza, de mejoras individuales y reconstrucción material, social y como pueblo vnezolano tras las «pruebas» del 3 de Enero y del 24 de Junio; son una campanada a la acción. La solidaridad personal, vecinal y social necesita participación de todos y eficacia. Tenemos que superar la falta de memoria, no podemos ser olvidadizos, pues lo que hemos vivido en este último cuarto de siglo ha sido, en muchos aspectos negativo y frustrante.

El Evangelio de San Mateo nos invita a taener presente que lo que hacemos con el más insignificante de nuestros hermanos, lo hacemos con Jesús nuestro Señor. Debemos ser conscientes que en medio del dolor y la frustración, hemos dado ejemplo a los demás y a nosotros mismos pues el camino de la reconciliación no pasa por la violencia, el odio y el desprecio a los demás. La conducta pacífica no es señal de cobardía sino de búsqueda humana, solidaria, en el que la explotación que hemos sufrido no nos ha llevado a la destrucción del otro, a acabar con nuesro entorno, aunque esta haya sido la conducta de quienes nos han dirigido, mejor, acorralado en el miedo, la represión y la tortura.

La memoria litúrgica e histórica del Santo de Isnotú es una Invitación al realismo de que el primer «capital» es la conciencia de identidad nacional, que es voluntad de unidad, paz y reconciliación en la justicia, la fraternidad y las reservas espirituales de un pueblo que tiene «fe» en que su destino está guiado por la bondad de Dios, la presencia maternal de la Virgen y las ansias de libertad contra toda opresión.

José Gregorio Hernández es de todos porque encarna lo mejor del gentilicio. Hay que acudir a él, pero con la conciencia de que lo primero y decisivo es seguir su ejemplo y actuar como él lo hizo: con generosidad, entrega sin límites, confianza en la bondad del otro, sentido de la justicia guiados por el Evangelio.

Destacamos que «celebrar la santidad»: no una mirada «extra-ordinaria», lejana e inasequible, sino una presencia que acompaña y anima. No sólo en lo «espiritual» privado, sino en todas las esferas cotidianas de la vida personal, familiar, comunitaria e histórica. Venezuela y el mundo entero necesitan reconstrucción material, pero además y sobre todo «rehacer su tejido social gravemente fracturado», y su «estructura moral y espiritual como pueblo, desarticulado, requerido de reorientación familiar, educativa, comunicacional, de convivencia».

La acción tiene que ser en los diversos planos y campos: económico, social, cultural, espiritual. En los sentimientos, las ideas y las acciones; en lo relativo a «sanar heridas» pasadas para evitar «olvidos injustos» o «tentaciones vengativas», pero también, en la colaboración con iniciativas presentes, creativas, novedosas, arriesgadas; y con una orientación fundamental a que el futuro debe y puede ser mejor, si nos los proponemos, nos comprometemos y permanecemos constantes en ese camino juntos. Mezcla de realismo, buena fe y «apuesta» por la esperanza.

El acontecimiento del regreso de María Corina Machado debe ser ocasión y razón para asumir el compromiso de que lo que se quiere que ocurra debe provenir y descansar en la unidad, en el esfuerzo propio y nacional, no en expectativas foráneas ni en promesas meramente materiales. En eso el ejemplo de fidelidad cotidiana en lo pequeño y de «pensar en grande» de José Gregorio Hernández debe ser una reserva, un aliciente y una esperanza. Desechemos las tentaciones de venganzas, la premuras emocionales porque hay mucho que reconstruir en el tejido social para que las leyes absurdas del odio y el desprecio a la dignidad de la persona humana, no sean las que guien nuestras acciones. 

El camino es largo y sinuoso. Como decía San Vicente de Paúl, el ruido no hace bien, pero el bien no hace ruido. No podemos ser espectadores cómodos e indiferentes. Tanto los que viven en la diáspora como quienes permanecemos en la tierra que nos vio nacer o nos acogió, nos impele a actuar comunitariamente, sanar heridas para que el futuro nuestro y el de los más jóvenes tengan un horizonte de esperanza digno y acogedor.

Convertir este hermoso templo en ermita de la reliquia de San José Gregorio, para que reciba nuestras lágrimas y sudores, pero también el esfuerzo mancomunado para que la justicia y la fraternidad sean el signo del futuro que estamos construyendo y que requiere de todos y cada uno de nosotros. La conversión también toca a las puertas de quienes nos han hecho sufrir porque también a ellos llama este momento. Pidamos con pasión y vigor ser testigos de la esperanza trascendente. Que María Santísima bajo todas las advocaciones, como la Divina Pastora a la que se oró ayer con humildad, y las otras advocaciones nuestras y las de esta tierra peninsular que nos acoge sean el mejor ejemplo de la humildad y paciencia de nuestra Madre María. Que así sea.