Cuaresma con el cardiólogo: tiempo de Dios

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A Carlos Guillermo Cárdenas y Tulio José Núñez, cardiólogos

«El tiempo se nos da por amor a nuestra libertad y como misericordia por nuestra fragilidad.» Luigi Giussani

Esta Cuaresma me tomó por sorpresa. No empezó solamente con la devota ceniza del miércoles, sino con una serie de citas médicas. Entre exámenes, recomendaciones y ese silencio embarazoso de quien espera resultados, el corazón —ya no en sentido figurado— pasó a primer plano. Digamos que este año no solo estoy en tiempo de conversión, sino también en “tiempo de revisión técnica”.

Siempre había vivido la Cuaresma desde lo espiritual: rezar más, hacer algún sacrificio, portarme mejor de lo habitual. Pero esta vez apareció algo distinto: el cuerpo decidió participar activamente. Cuidar el corazón dejó de ser una frase bonita para convertirse en algo muy concreto. Menos sal, más calma, más disciplina… una especie de retiro cuaresmal, pero con indicaciones médicas y sin opción a excepciones.

También hay que admitirlo: llega un momento en que la edad deja de ser un número simpático y llama a la puerta para presentar credenciales. No es para dramatizar, pero tampoco hacerse el distraído. El cuerpo empieza a mandar señales, como diciendo: “bueno, ya no somos los mismos”. Y uno, que antes ignoraba esos mensajes, ahora los lee con más atención… y hasta con cierto acatamiento.

En medio de todo esto, han aparecido preguntas que antes dejaba para después: ¿estoy viviendo lo que de verdad es esencial?, ¿qué hago con el tiempo que tengo?, ¿he aprendido a esperar o sigo creyendo que todo es urgente? Curiosamente, ninguna de las respuestas venía en las indicaciones médicas, pero ahí están las interrogantes, insistiendo más que cualquier síntoma.

Y claro, también está cierto temor. Porque cuando el cuerpo habla en serio, uno escucha distinto. Aparece la inquietud, la posibilidad del límite… y, de paso, uno se vuelve un poco más experto en interpretar cualquier sensación. Pero junto a eso, casi sin hacer ruido, también aparece una esperanza más serena. No es que uno salga levitando de la consulta, pero sí con la sensación de que no todo depende de uno —y eso, en el fondo, también libera.

En esta circunstancia, cobra total sentido aquello que dice el Eclesiastés: “Todo tiene su tiempo”. Antes lo veía como una frase encantadora; ahora suena casi como un diagnóstico bien hecho. Hay tiempo para todo: para correr… y para que nos digan que es mejor caminar.

Me vino a la memoria una homilía de Benedicto XVI, en aquella Cuaresma de 2008, donde hablaba del final de la vida no como fracaso, sino como plenitud en Dios. En su momento sonaba a teología profunda; hoy se entiende con más sencillez. El límite sigue infundiendo respeto, pero ya no se ve solo como una amenaza.

Al final, esta no ha sido la Cuaresma que yo habría organizado (seguramente habría incluido menos citas médicas), pero sí la que me toca vivir. Y, curiosamente, ha sido más auténtica. No ha tenido grandes propósitos, pero sí una toma de conciencia clara: la vida es frágil, el tiempo es limitado… y el corazón, además de escucha atenta a sus dictámenes, necesita mantenimiento.

Refuerzo mi convicción: la conversión no siempre pasa por hacer cosas extraordinarias, sino por aprender a vivir lo que toca como una vocación, incluso cuando viene con indicaciones del cardiólogo. Bajar el ritmo, escuchar más, cuidarse sin dramatismo y, si es posible, jovialmente, con mucho de buen humor.

“El tiempo de Dios es perfecto”, de eso estoy seguro, como lo estoy de que no nos está concedido conocer el tiempo de Dios. Tal vez de eso se trata mi Cuaresma: de reconocer, incluso entre exámenes e indicaciones, que el tiempo sigue siendo —con chequeo incluido— el tiempo misterioso de Dios.