David Chipperfield: «La arquitectura es solo una cáscara; no hay catedral sin religión»

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El conocido como ‘arquitecto invisible’ David Chipperfield (Londres, 1953) ha recibido premios tan visibles como el Nobel de su disciplina, el Pritzker 2023. Tal vez por el mérito que en tantas ocasiones repite en su visita a Zaragoza. De los edificios no busca la apariencia, sino la utilidad. Que sean atemporales y duraderos («el presente es el futuro», dice), con rasgos de simplicidad y minimalismo pero perfectamente adaptados al entorno. También incide en ese concepto: el «contexto». Por eso, desde Santiago de Compostela a Seúl, pasando por Teruel, Valencia, París o Berlín, sus construcciones son espectaculares, pero funcionales, en la línea de una arquitectura contemporánea que aspira a envejecer bien.

Durante el congreso ‘El mundo que viene’, organizado con motivo del 150 aniversario de la Fundación Ibercaja en el Palacio de Congresos de la capital aragonesa, charla con otro primer espada, el ingeniero y arquitecto italiano Carlo Ratti, sobre el papel de la planificación urbana y la necesidad de repensarla ante los retos que imprime el cambio climático. El resultado debe ser una arquitectura que dialogue con la historia y el paisaje, equilibrando «el avance técnico con la calidad de vida, la memoria de los lugares y el respeto por el medioambiente». En su ponencia Chipperfield alerta de que las ciudades se están construyendo para inversores y no para ciudadanos, con una grave ausencia de vivienda social por parte del Estado.

Esa flema empática y sus celebrados diseños han hecho de él una de las estrellas de la arquitectura internacional, tanto que, reconoce, ya se siente «suficientemente laureado» en vida.

Enamorado de Galicia, sumó a sus sedes en Londres, Berlín, Milán o Shanghái la de Santiago de Compostela. ¿Cuál es la labor que hacen en la Casa RIA?

[Chipperfield responde junto a su mujer, Evelyn, argentina, sentada a su lado]. Mi familia ha visitado Galicia durante 30 años como turistas, pasábamos estancias enteras en el verano. Lo seguimos haciendo en la casa personal que diseñé en Corrubedo (Ribeira, La Coruña) y desarrollamos un cariño enorme por el lugar. Hace diez años el presidente Núñez Feijóo me pidió debatir con él y aconsejarles sobre el feísmo gallego, la tendencia artística y cultural de construir mal y de erosionar la calidad de las villas gallegas. En mi opinión, se debe a que Galicia es una comunidad con la población muy dispersa donde es mucho más difícil tener un control de la planificación urbana. La invitación de Feijóo la tomamos como una buena oportunidad para hacer un pequeño estudio, la Fundación RIA asentada en Santiago, que es una extensión de mi propia oficina y que se sustenta en la idea de pensar en temas medioambientales. En una arquitectura sostenible. Porque arquitectos y planificadores urbanísticos tenemos que empezar a pensar de una forma significativamente distinta a cómo lo hemos hecho en los últimos 30 años: tenemos que pensar en la crisis climática, los problemas de sostenibilidad y la desigualdad social.

¿Qué estamos haciendo realmente mal en la construcción de edificios en relación con el cambio climático?

Independientemente de lo que estamos haciendo mal, la realidad es que la industria es responsable de más del 40% de las emisiones a la atmósfera. Así que nos debemos preguntar por ese porcentaje, si hay oportunidades para reducirlo, porque si lo podemos recortar a la mitad ya habremos hecho mucho: hay que pensar en dónde podrían estar esas oportunidades, qué materiales usamos, cómo construimos… Este es un primer tema de debate. El segundo es si no deberíamos estar preservando más de los edificios que ya tenemos y reusarlos, porque esto es lo más obvio y relevante que podríamos estar haciendo ya. Es decir, preguntarnos dónde estamos edificando, porque si por ejemplo construimos en lugares muy aislados, todo el mundo tiene que echar mano del tráfico rodado para movilizarse y llegar a esos sitios. Esto se elimina si construimos en el centro. Quiero decir con esto que la manera en la que estamos construyendo en nuestras ciudades tiene muchísimas consecuencias sobre la biodiversidad. Ahora mismo tenemos la obligación de considerar las consecuencias de cómo construimos. Antes decíamos que era una prioridad económica y ahora tenemos que entender que la prioridad económica no puede justificarlo todo.

Ha diseñado su casa en Corrubedo con vistas al mar para que se mimetice en esa aldea marinera. ¿Cuál es su opinión de esas moles de cemento que se levantan en nuestras costas y qué opina sobre la Ley de Costas en España?

Sobre la legislación, nunca sabemos cuán efectivas son las leyes y, sobre todo, cómo se van a usar, pero el hecho es que no tenemos que ver la costa como algo separado, sino que tenemos que ser mucho más considerados con todo nuestro medio ambiente. El problema de España es que la costa mediterránea ha estado sometida a una enorme presión urbanística porque todo el mundo quiere estar allí, pero subyace un asunto mucho más grande que el turismo y es cómo lo gestionamos. Ahora mismo sabemos también que el turismo está desplazándose más hacia Galicia y la costa atlántica, lo que conlleva dos retos: uno es el físico, que es la tendencia de construir edificios en lugares inapropiados, lo cual no deja de resultar paradójico, porque los turistas vamos a un lugar por su belleza y la destrozamos. Es como si cogiésemos una bella mariposa entre las manos para aplastarla. El segundo son las consecuencias socioeconómicas que eso tiene: el turismo se convierte en un sistema de empleo, pero es una especie de economía artificial, muy atractiva para los gobiernos y administraciones porque no deben hacer nada, pero el turismo es solo extractivo. Es como las minas. Y nunca hemos considerado que este turismo habría que compensarlo. Quiero decir que podemos imaginar que la gente joven puede tener empleo en hostelería y turismo, eso es fantástico, hay empleo, pero es un empleo frágil, no es fiable a largo plazo, y tampoco construye ninguna alternativa. La realidad es que los jóvenes que trabajan en el turismo suelen estar ocupados tres meses al año y no se construyen un verdadero futuro. No podemos pensar en echar al turismo o estar sin él, al final todos somos turistas, pero lo que sí tenemos que hacer es darle vueltas a cómo dirigirlo para que no destruya el medio que tenemos.

«El turismo es como las minas, extractivo. No podemos echarlo ni estar sin él, pero tenemos que repensar cómo dirigirlo para que no destruya el medio que tenemos»

¿Cuál es el mayor desatino o chapuza que usted ha visto en su vida? Ese edificio frente al que se ha puesto delante y ha dicho: ¡qué horror!

Yo nunca juzgo mucho los edificios por su estética. Y la verdad es que si un edificio tiene éxito y funciona, no me gusta juzgarlo por su visualidad, ese no es el problema, el problema radica en los edificios que no eran necesarios, que están ahí por una razón equivocada, que han destrozado otros para estar ahí. Yo creo que en los últimos 30 años se ha usado demasiado la arquitectura como una manera de ‘branding’, de promoción. Después del Museo Guggenheim de Bilbao todo el mundo pensó que era la solución para que los edificios tuvieran éxito. Por ejemplo, los edificios de la Expo de Zaragoza fueron también consecuencia de ese entusiasmo por el edificio icónico y dramático. ¿Podemos enfadarnos con los políticos que se dejan llevar y son demasiado entusiastas por la arquitectura? No quisiera ser demasiado crítico contra políticos que tenían buenas intenciones. Y que dentro de esa buena intención usaron la arquitectura de una manera poco útil. La Expo es un buen ejemplo. No te puedes enfadar por el entusiasmo de promover la arquitectura, pero la lección que podemos aprender de todo esto es qué patrimonio deja esta manera de actuar. Tenemos que aprender de este periodo que la arquitectura es solamente una cáscara (el continente), es decir, no se construye una catedral sin la religión.

Pues me ha ‘robado’ la pregunta. Estamos en el recinto que albergó la Expo de Zaragoza y se cumple ahora su mayoría de edad, 18 años. ¿Es usted partidario de este tipo de eventos que construyen mucho y dejan tanto prácticamente impracticable?

Creo que la historia de la Expo ha evolucionado y hemos aprendido muchas lecciones. Desafortunadamente, la de Zaragoza fue una de esas lecciones. Insisto en que creo que nadie comete errores a propósito, se hizo con las mejores intenciones. Pero… ¿qué hemos aprendido de la Expo, también en Sevilla o Hannover, que cometieron los mismos errores? Que el ‘hardware’ tiene que anticipar el ‘software’ (el núcleo, el meollo, domina ante la forma, lo externo), si no, te quedas con huecos vacíos. Las últimas Expos en Osaka o en Milán ya estaban pensando mucho en construir edificios y reusarlos y en el patrimonio que iban a dejar. En Santiago tenemos también la Ciudad de la Cultura, que es nuestra versión gallega de este problema.

Le he preguntado por el desatino. Y lo opuesto: ¿qué edificio no se cansa nunca de mirar?

El mundo está lleno de edificios extraordinarios. Podría quedarme con algunos de Córdoba o Japón, pero hay muchos. Me causa más satisfacción ver un edificio en una situación urbana que funciona y donde la comunidad está a gusto.

Un ejemplo de ello es la remodelación que usted hizo del Paseo del Óvalo en Teruel. Pocos saben que usted es el autor de esa maravilla. ¿De qué bebe su arquitectura, qué es lo que le inspira en ocasiones como ésa?

Tienes que definir la oportunidad, la prioridad y el significado. Por ejemplo, en el caso de Teruel, el problema del Óvalo era de funcionalidad, de accesibilidad. Entonces la primera pregunta que nos hicimos es cómo resuelves esta incomodidad, corrigiendo una condición de antaño que necesita una contemporaneidad, es decir, no todo el mundo podía caminar por ese lugar. Cómo intervienes en ese lugar sin erosionar el contexto existente. El Óvalo es una especie de puerta a la ciudad. Hemos logrado que ahora anuncie una manera distinta de entrar a la ciudad, exprimiendo su permeabilidad, pero sin expresar la ‘máquina’ utilizada, sin alterar su estructura interna. Así gestionamos el muro del Óvalo, como una expresión tectónica muy potente. Hicimos una intervención contemporánea pero que fuera silenciosa, tranquila.

El 'Nobel' de Arquitectura, David Chipperfield, durante la entrevista.
El ‘Nobel’ de Arquitectura, David Chipperfield, durante la entrevista. (Ramón Comet)

En la sociedad tal y como está ahora, ¿qué es necesario reconstruir?

Nuestra actitud hacia el consumo. Esa creencia de que el mercado lo justifica todo. Le doy un ejemplo: el precio de las entradas al Mundial está justificado porque el mercado lo vende. ¿Pero es esa la manera correcta de poner los precios? En América, sí. ‘¿Los tickets son demasiado caros?’. ‘No, porque la gente lo paga’. Esta actitud no es nada ambigua, es muy clara: es el mundo del mercado. Pero creo que es una manera incorrecta de pensar las cosas. En América pagan ese dineral, entonces no tienen suficientes recursos para las cosas que son importantes, tienen una gran infelicidad y después votan por Trump [sonríe en su ironía].

Es británico y habla de fútbol. ¿Para usted sería atractivo que le pidieran remodelar un estadio como los del Mundial que estamos viendo estos días?

Creo que los estadios de fútbol son un espacio social, un sitio público y es muy atractivo el reto, me parecería muy interesante, sí.

[Fuente: Érika Montañés – El País]