Por María Gabriela Mata:
Vivimos en una época particularmente agitada de la historia. Sin embargo, el número de enfrentamientos violentos —aquellos que dejan más de mil muertos— es bastante menor que el de los movimientos de resistencia civil, autodefinidos como no violentos, los cuales están moldeando sociedades y gobiernos alrededor del mundo.
De París a Caracas, pasando por Lieja, Madrid, Tirana y Berlín, la calle vuelve a ser un espacio de demanda, organización y presión democrática. En Europa, protestar implica enfrentar a las instituciones en búsqueda de respuestas a problemas concretos; en Venezuela, donde el espacio cívico ha sido mucho más restringido, supone disputar la posibilidad misma de intervenir en la vida pública.
Francia y Bélgica comparten un malestar estudiantil que se ha propagado al ritmo de las redes sociales. El movimiento empezó en septiembre, en un instituto de la periferia de París para denunciar la falta de profesores y el deterioro de las instalaciones en la enseñanza pública y creció rápidamente, en plena discusión fiscal de 2027. En un contexto de presión para reducir la deuda pública, la insuficiencia de recursos para la educación pasó a leerse como parte de las prioridades del Gobierno. La arremetida policial y las miles de detenciones han hecho de esta experiencia una escuela de ciudadanía.
La protesta encontró eco en la Bélgica francófona. En Lieja y Bruselas estudiantes se movilizaron contra reformas educativas, el encarecimiento de la enseñanza y la precariedad de las condiciones escolares. No se trata de una extensión organizada desde Francia, sino de movimientos con raíces locales que comparten un mismo clima: la sensación de que las políticas públicas no están respondiendo a las necesidades de una generación que ve empeorar sus condiciones de formación y de vida.
En Madrid, la acampada de la Puerta del Sol y las manifestaciones nacionales por la vivienda nacieron de la indignación provocada por el desahucio de Maricarmen Abascal, de 87 años, fallecida el 7 de octubre. Su caso condensa un cansancio generalizado por los alquileres imposibles para jóvenes y ancianos, que lleva a preguntarse quién puede permanecer en las ciudades y bajo qué condiciones.
Tirana ofrece otro registro. Las protestas contra el Gobierno de Edi Rama han situado en el centro la corrupción, la opacidad institucional y la distancia entre los ciudadanos y sus gobernantes. Allí, como en otros países de la región, la calle funciona como un instrumento para denunciar que los mecanismos ordinarios de control político no bastan.
En Berlín, Düsseldorf, Hamburgo y otras ciudades alemanas las movilizaciones tuvieron un detonante partidista: la reacción al avance de Alternativa para Alemania, AfD, tras su victoria en Sajonia-Anhalt. El mensaje fue claro: rechazar la cooperación con la extrema derecha y defender el llamado cordón sanitario. Es quizá el caso más evidente de una protesta concebida como defensa activa de un límite democrático, ante la percepción de que ese límite puede debilitarse en las instituciones.
Grecia exige una lectura más cauta. Vídeos difundidos en redes como prueba de un supuesto país paralizado por nuevas protestas correspondían en realidad a las multitudinarias movilizaciones de febrero de 2025 por la tragedia ferroviaria de Tempi. Ha habido protestas, sí, pero no de la misma magnitud que las de 2025. Entre las causas se citan el coste de la vida, los salarios y las pensiones. Este caso revela la importancia del relato, entre imágenes auténticas, fechas alteradas y lecturas interesadas.
En Venezuela, la protesta tiene una escala y un riesgo particular. Las movilizaciones han aumentado durante 2026, impulsadas por los apagones, el deterioro de los servicios, los bajos salarios y el deseo de agilizar la transición mediante elecciones libres. A diferencia de las capitales europeas, donde la protesta busca presionar a gobiernos e instituciones que siguen siendo objeto de disputa democrática, los venezolanos se movilizan en un entorno marcado por años de represión, miedo y cierre de los canales de participación, a lo que desde enero se suma la tutela norteamericana que favorece al interinato de los Rodríguez.
No queda sino armarse de valor y llevar esto hasta el final. Nuestra meta entra dentro de lo que la literatura en resistencia civil denomina una meta maximalista, puesto que se aspira a un cambio de modelo. Además de la unidad opositora, se requiere de la acción decidida y organizada de los ciudadanos. Ante la falta de canales institucionales efectivos, la calle aparece como la única alternativa.
