Por Tote Barrera:
Confieso que no sigo el mundial de fútbol por varias razones, la primera porque no es mi deporte favorito y la segunda, la más importante, porque al contrario que hace unas décadas, hoy en día hasta las citas internacionales me aburren soberanamente.
A lo mejor es la edad, mi necesidad de hacer y ver cosas que importen o mi preferencia por ser yo mismo quien haga deporte.
En todo caso, hay algo que me chirría profundamente cuando leo los pretendidos relatos épicos de las batallas nacionales que se libran, parecido al sentimiento que me produce la impostada y atropellada locución de los comentaristas fabricando energía para darle emoción a las jugadas.
Y es que, en esta época de hipertecnología, perfeccionismo estadístico e hiperinflación de ofertas consumistas que nos invade, con la IA nos hemos dejado en el tintero el alma de las cosas, la belleza de la imperfección y la emoción de la falibilidad. Se nota en el deporte especialmente, donde el negocio y la estadística lo han fagocitado todo y ya no saben qué inventarse para multiplicar los partidos, las jornadas entre semana y las competiciones para así estirar más la máquina de generar ingresos.
Esto también ocurre en todos los ámbitos sociales: la economía y los negocios, el turismo, la inmobiliaria, las cadenas de restaurantes, la música, el cine, las series… parece como si todo funcionara mejor que nunca; pero todo sabe a plástico, marketing, interés desmedido y deshumanización en pos del negocio.
Es la tormenta perfecta que sucede en la intersección entre una cultura postmoderna y consumista, y una sociedad dominada por el afán del lucro y la ganancia de unos pocos.
Y, si la sociedad es así, ¿dónde estamos como Iglesia?
Me temo que no muy lejos.
La Iglesia que nos está tocando vivir en España (al menos esa iglesia a la que le va bien) se está convirtiendo en algo preocupadamente parecido al molde social en el que estamos instalados. Es una época de macroconciertos, de viralidad e influencers, que contabiliza el éxito pastoral en seguidores y asistentes a macroencuentros, y parece tan preocupada por las audiencias y fabricar emociones que mantengan la atención y la asistencia como los ejecutivos televisivos del mundial de fútbol.
Aparentemente, el discurso evangélico es el de siempre, pero sutilmente estamos reproduciendo al pie de la letra el mismo guión que se lee constantemente en el mundo de hoy. Consumismo de experiencias individuales, sentimentalismo, falta de verdadera comunidad; un exceso de perfección y técnica sin alma, al servicio de una inmensa maquinaria que no para de rodar.
El relato del fuego lento y constante del que nos hablaba Raymond en Tres monjes rebeldes, se ha convertido por arte de birlibirloque en un relato viral donde pugnan entre sí alabanzas, adoraciones, retiros, métodos, conciertos, santuarios, apariciones y experiencias mil compitiendo por la atención de lo que cada vez más se parece a un ejército de consumidores dispuestos a pagar suscripciones que les saquen del tedio de ir a misa los domingos.
El lenguaje no verbal de lo que está pasando se puede entrever sutilmente instalado en los contenidos y la prédicas de los eventos, los movimientos de moda, y los métodos que pitan cuando todos ellos, sin querer, acaban exaltando un cristianismo profundamente infantil, individualista y consumista, carente de comunidad pero lleno de citas que generan subidón pero no perseverancia.
Si nos fijamos bien hay un detalle que destaca y es sintomático: el discurso que se ofrece ha perdido toda épica cristiana.
La épica cristiana es la épica de la cruz y de la Pascua. Es un relato que habla del pecado, la muerte, y la entrega redentora que lleva a la restauración y la resurrección.
En él, los protagonistas son los humildes, los sencillos de corazón, los pobres y apartados, y los pecadores redimidos que saben quién es su Señor, los antes perdidos y ahora encontrados que han decidido dejarlo todo para seguirlo a él.
Es un relato profundamente contracultural, donde se invierten los valores del mundo para encarnar unas bienaventuranzas que son escándalo para los religiosos y necedad para los mundanos.
Es un relato que habla de perder para ganar, no de reavivamientos para conquistar. Es un relato que se mancha de humanidad para vestir con las mejores galas al hijo pordiosero y pródigo; no el que se obsesiona con los ornamentos, las filigranas y la pulcritud.
Es un relato que exalta al que llora, al que es perseguido, al que es manso; no el del influencer de turno que es seguido, escuchado y patrocinado, que te dice que para hablar en tu encuentro le tienes que pagar un caché y poner un guardaespaldas.
En este relato, donde los primeros son los últimos y los últimos son los primeros, no ha lugar a poner un escenario en el que solo salen los ungidos a ser el centro de atención de toda la asamblea.
En este extraño relato, vale más una samaritana pecadora, una prostituta y un cobrador de impuestos, que toda la piedad afectada y justificada de los que cumplen el precepto y echan el eurillo que les sobra al cesto todos los domingos.
Por este relato, la gente a lo largo de la historia lo ha vendido todo, y ha preferido el martirio de ser signo de contradicción, para poder ser sal en el mundo a costa de derramar hasta la última gota de sangre por la cruzada de la salvación en Cristo.
Es el relato de la generosidad irrazonable de quien paga por igual al trabajador de la última hora, y el de la economía irresponsable de la viuda que da el óbolo de lo que le falta y entrega su medida de harina caritativamente aunque eso le suponga morir de hambre.
Es un relato que se escribe con obediencia de vida, con el camino estrecho del discipulado, con la medida imposible de la misericordia de Dios, con los criterios de un Reino que no es de este mundo y opera misteriosamente tras las bambalinas haciendo que la sociedad no se caiga a pedazos.
Justo lo contrario del relato que se ve, o que se transmite entre líneas, en el 90% de lo que estamos haciendo como Iglesia hoy en día.
El relato del Evangelio es pura épica, porque apela al cambio, la radicalidad y la totalidad del quien no está conmigo está contra mí. Es el relato del no tengáis miedo, que permite caminar sobre las aguas cuando hay fe, y entregar la vida por Jesucristo vendiéndolo todo.
Y ahora, comparémoslo con el relato que se desprende del ambiente que hay en nuestras parroquias y diócesis, en nuestros métodos y movimientos, en nuestras órdenes religiosas y comunidades postconciliares. Atrevámonos a tomarle el pulso a la atmósfera, los gestos y lo que se dice —de palabra y entre líneas— en los actos, encuentros y eventos que organizamos constantemente y atiborran el calendario de citas cristianas. Quizás descubramos que vivimos el ambiente y el relato de una religiosidad controlada, que no cambia la sociedad sino que transita con ella y transige con ella.
Yo, al menos, no lo veo tan diferente de la historia que se está contando a sí misma nuestra sociedad. Por fuera, todos son grandes torneos y batallas, nos hacemos las cuentas del gran capitán. Por dentro, consumismo y trivialidad absolutos, sazonados de aislamiento, depresión y ansiedad. Una sociedad que vende más boletos de experiencias de un día que nunca, pero que ha claudicado de invertir para la eternidad. Que prefiere unas vacaciones instantáneas que el camino sacrificado de la superación. Que se ha acostumbrado a la decadencia de las cosas, y se conforma con un carpe diem que es pan para hoy y hambre para mañana.
Una Iglesia que vende su primogenitura de ser sacramento de salvación por el plato de lentejas de tener todavía gente y mantener en pie los edificios, que prefiere una pastoral de eventos que una pastoral de procesos, que se contenta con ser dispensadora de alimento raquítico a unas personas que nunca aprenden a madurar.
Diócesis enteras cuyos líderes están paralizados por el miedo y la gestión del declive de una cristiandad ya fenecida que las tiene en bancarrota y no quieren aceptarlo, recortar y salir a pescar mientras todavía tengan rentas. Diócesis envalentonadas con sus grandes convocatorias mientras por dentro están desangrándose y machacando a sus obreros desmotivados. Diócesis resignadas a ser un cayuco a merced del viento en medio de una marea de secularización y falta de vocaciones. Diócesis que, como los políticos, prefieren dejar los recortes y las decisiones difíciles de inversión en el futuro para el siguiente que llegue, y prolongan la agonía haciendo unidades de pastoral tapagujeros donde habría que hacer evangelización y comunidades.
No hay nada de épica en todo eso, solo cortedad, miedo y mediocridad.
Pastoralmente, no nos duele lo que nos tiene que doler: la salvación de las almas.
Como Iglesia estamos ocupados en mil cosas menos de la única que es fundamental.
Y esto se trasluce y se hace patente en nuestras acciones y palabras.
Como la sociedad posmoderna, nuestra iglesia se está vaciando a marchas forzadas de toda épica ya sea por adoptar un vacuo triunfalismo o por ceder a la depresión.
Por eso, en el fondo, nos sentimos bien inmersos en medio de esta sociedad, en la que hace mucho que hemos dejado de sentirnos como peregrinos y extranjeros.
¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su alma?
¿De qué nos sirve tanta religiosidad y giro católico? ¿Para qué tantos retiros, conciertos, métodos, peregrinaciones, podcasts, aplicaciones, sermones inspiradores y demás material a la carta? Y en otros sitios donde eso no pasa, ¿podemos permitirnos un minuto más de inacción y lamentación constante paralizados por la nostalgia de la cristiandad perdida?
¿Para qué todo este tinglado si hemos perdido la épica más fundamental, la épica de la cruz y la salvación?
Y es que se trata de épica, algo de lo que estamos hueros en la sociedad de hoy en día, algo que brilla por su ausencia en nuestras predicaciones y podcasts de estrellitas.
La épica cristiana tiene una característica única: no es fantasía sino la esperanza cierta de una salvación que nos aguarda. Es algo que no se fabrica, viene revelada directamente por Dios; es la historia más increíble jamás contada, y la realización humana más novelesca del triunfo definitivo del bien sobre el mal.
Aunque parezca algo etéreo, se tiene que palpar en cada cosa que hacemos. Porque, como la Palabra de Dios, cada fonema pronunciado por nosotros como iglesia tiene un eco de eternidad y significado glorioso.
Tener épica es tener la visión y sueños de los que nos habla Pedro en el día de Pentecostés, vivir para la misión dándolo todo, y no conformarnos con la mentalidad de este mundo.
Para tenerla no basta con fomentar una religiosidad, una vida pía, y un activismo religioso que en el fondo no cambian nada y nunca llegan a generar vidas que sean un auténtico signo de contradicción en esta sociedad.
Como el protagonista de El hombre que fue jueves si no entendemos esto, acabaremos siendo parte del mismísimo engranaje que está conspirando para desbancar a Dios.
Estamos llamados a realizar como iglesia el acontecimiento épico de la salvación de Dios. Y esto es algo tan grande y tan único, que todo lo demás palidece a su lado.
Y, por eso, más que nunca debemos cuidarnos de no parecernos al mundo en nuestros esquemas, formas de hacer y mensajes. Y de esta revisión no se libran nuestras celebraciones, predicaciones, reuniones, encuentros, eventos, métodos, podcasts, programaciones, devociones y peregrinaciones varias.
Porque si nada de esto redime, salva y transforma… ¿a qué estamos jugando?
«¿Qué me importa la multitud de vuestros sacrificios? —dice Yahveh—. Harto estoy de holocaustos de carneros y de grasa de cebones; la sangre de novillos, corderos y machos cabríos no me agrada.
Cuando venís a presentaros ante mí, ¿quién ha solicitado de vosotros esa pateadura de mis atrios?
No sigáis trayendo oblación vana, el humo del incienso me resulta detestable. Novilunio, sábado, convocatoria de asamblea… ¡no tolero falsedad y solemnidad!
Vuestros novilunios y solemnidades los aborrece mi alma; me han resultado un gravamen que me cuesta llevar.
Al extender vosotros vuestras palmas, me tapo los ojos por no veros. Aunque multipliquéis la plegaria, yo no oigo. Vuestras manos están de sangre llenas.
Lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda»
(Isaías 1:11-17)
