Hay momentos en que la historia parece detenerse para respirar un aire nuevo, impregnado de trascendencia y júbilo contagioso. La jornada de este sábado 26 de septiembre quedará grabada a fuego en las retinas de los miles de fieles que colmaron el corazón de la Ciudad Luz. Desde las primeras horas de la mañana, una apoteósica acogida en los Champs Elysées vistió de fiesta a la capital francesa: banderas de las más diversas naciones ondeando al viento, cánticos que retumbaban con ímpetu entre las avenidas históricas y una marea humana multicolor que aguardaba con emoción contenida el esperado paso del Pontífice.
En el recorrido previo a la celebración eucarística, el papamóvil se abrió paso en medio de un entusiasmo desbordante que parecía sobrepasar todo protocolo. Desde la tarima de prensa, elevada estratégicamente frente al imponente marco céntrico de la plaza, se podía apreciar a los jóvenes exultantes cantando «¡León XIV! ¡León XIV!», en una sola voz francesa, viva, rítmica e incansable.
Sonreían con espontaneidad hacia los periodistas y camarógrafos que se acercaban para inmortalizar semejante estampa de fervor popular; y ellos, con complicidad, aumentaban su euforia cuando el lente se encendía. Ese dinamismo de las nuevas generaciones eclesiales, manifestado entre vítores, gestos de cariño y miradas ilusionadas, que el Pontífice captó en su clímax la noche anterior, durante la vigilia de oración en el Stade de France, se fusionó de forma perfecta con la calidez del abrazo paterno de un Santo Padre visiblemente conmovido por tanta cercanía.
La caridad en la Maison Bakhita: «Nadie es extranjero»
Pero el recorrido del Papa en esta intensa jornada no solo atravesó las grandes avenidas de la gloria y el entusiasmo multitudinario, sino también los senderos silenciosos e íntimos del sufrimiento humano. A primera hora de la mañana, la visita del Pontífice a la Maison Bakhita -espacio emblemático de la Iglesia parisina dedicado al acompañamiento integral de refugiados y migrantes- regaló un gesto de honda profecía pastoral.
Entre miradas cargadas de memoria, historias de dolor y lágrimas que finalmente hallaron consuelo, León XIV se detuvo a escuchar y a abrazar a quienes han tenido que dejarlo todo. En sus palabras, les exhortó a seguir siendo «testimonio de esta atención mutua que, a través de la acogida fraterna, los procesos de formación y el diálogo con la ciudad, eleva el espíritu y humaniza el mundo».
Con la asamblea sinodal: Una Iglesia misionera y en salida
Poco después, la reflexión de Obispo de Roma se trasladó al corazón mismo de la vida comunitaria y pastoral durante su encuentro con los miembros de la asamblea sinodal provincial. Frente a obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos comprometidos, el Santo Padre ofreció una mirada orientadora para los desafíos del presente.
En su alocución, el Pontífice dejó claro que «los nuevos bautizados no están llamados únicamente a recibir: su fe es un tesoro que se ofrece a la Iglesia en Francia y a la Iglesia universal».
«El que tenga sed, que venga a mí y beba»: la lección de la Concordia
El broche de oro de esta inolvidable fase parisina tuvo lugar en una deslumbrante Plaza de la Concordia, transformada para la ocasión en un inmenso templo a cielo abierto, al que miles de personas se congregaban desde primeras horas de la mañana en medio de un estricto protocolo de seguridad y diferentes puntos en los que lucían objetos vinculados al viaje papal, como botellas de agua con el logo y el lema («Para que el mundo tenga vida»), así como bolsas o bolígrafos.
Rodeado por una marea de fieles congregados bajo la luz radiante de la tarde, el Papa presidió la Santa Misa y proclamó con voz firme y serena las palabras del Maestro: «El que tenga sed, que venga a mí y beba».
León XIV enfatizó en su homilía un concepto medular: «No se trata -aseveró Su Santidad- tanto de una sed material, sino de una sed de sentido, de verdad y de plenitud que habita en el corazón de cada uno. Jesús responde a ese profundo deseo de relación, de comunión con Dios, en quien reside la plenitud de la vida para siempre».
Rumbo a la Gruta de las Apariciones y el epílogo en Metz
Al caer la tarde, concluye formalmente esta memorable etapa en París, cuando la comitiva papal emprende su traslado hacia el sur para adentrarse en la siguiente página de este periplo.
El Santo Padre pone rumbo al Santuario de Lourdes, donde este domingo se encomendará a los pies de la Sagrada Gruta de las Apariciones para rezar en recogimiento junto a los enfermos, los voluntarios y los peregrinos de todo el mundo. Será el preámbulo antes de sellar esta visita a tierras francesas el próximo lunes 28 de septiembre en la ciudad de Metz.
[Fuente: Vatican News]

