Rafael María de Balbín:
La libertad humana tiene unas consecuencias, quizás insospechadas:
<<En un sugestivo pasaje de su Diario, Kierkegaard sostiene que la existencia de seres libres, de los hombres, postula necesariamente la existencia de Dios (sería una vía para esa prueba, seguramente reductible a la IV de Santo Tomás). Sólo la Omnipotencia puede producir seres libres. Cuanto más perfecta es una causa, tanto más autónomos son sus efectos, más les participa su propia perfección, también causal: así los padres que de tal modo educan a sus hijos, que les hacen capaces de valerse por sí mismos; así el maestro que no sólo hace discípulos, sino maestros>> (Cardona, C., Metafísica del bien y del mal. Universidad de Navarra, Pamplona, 1987, p. 70).
<<Todo defecto de causalidad genera dependencia (en toda relación afectiva y educativa esto habría de tenerse muy en cuenta). Por eso sólo la Omnipotencia puede crear, de la nada poner seres que son en sí mismos y de alguna manera por sí mismos, y no como algo del Ser que los causa. Sólo la Omnipotencia puede crear seres libres, independientes en su hacer, causa sui. El filósofo danés lo razona también mostrando que sólo la Omnipotencia puede dar sin perder, sin necesidad de recuperarse luego con la propiedad de lo dado; por tanto realmente dando, regalando. La teología católica ha sostenido siempre que la creación no origina en Dios ninguna relación real a la criatura: en Dios es excedencia trascendente, no determinación ni previa ni consecuente. Se entiende así también la afirmación del Fundador del Opus Dei de que el apostolado es sobreabundancia de «vida para adentro» , y el verdadero apostolado —toda acción de dar— no puede ser otra cosa: ni depender ni generar dependencia. Así, sólo Dios puede libremente crear seres libres. Y sólo en la medida en que se participa de la perfección divina se puede dar libertad>> (Idem).
Amar es una característica propia y además exclusiva, de seres libres:
Amar es una invitación a seres libres:
<<El primer mandamiento de la Ley de Dios, de la Voluntad buena de Dios para sus criaturas libres, y resumen de todos los demás es el de amar a Dios con todo el corazón y con todas las fuerzas. Y a la pregunta de si se puede mandar el amor, hay que responder que, en definitiva, es lo único que se puede mandar. Lo otro se puede forzar; el amor, no. Y todo mandamiento —divino y humano— presupone éste del amor total, que sólo Dios puede imponer, y se inscribe en él como determinación particular; de lo contrario, ya no es legítimo mandato, sino simple coacción, constricción y violencia (de ahí que el positivismo jurídico haya concluido identificando ley y capacidad coactiva)>> (p. 72).
La mayor riqueza del universo es la existencia de seres libres: <<La realidad de la creación, como donación gratuita de ser y de ser para siempre, que Dios hace a la persona creada —capaz de conocer, amar y gozar—, impone esta evidencia asombrosa pero insoslayable: Dios me ama, quiere el bien para mí. Más aún, al hacerme capaz de conocerle y amarle, Dios quiere ser El mismo mi bien, en esa unión de amistad a que me destina. Por eso quiere que ame como El ama: generosa y libremente el bien en sí, el bien para ese Otro en que El se constituye para mí. Para la persona, no se trata ya primordialmente del simple «amor natural» que tiene en común con las otras criaturas: no se trata ya de la necesaria apetencia o tendencia a la propia felicidad o fruición del bien. Es mucho más: es el «amor electivo» o espiritual, la dilección, es el amor como acto de libertad>> (P. 78).
Hoy en día se elogia la creatividad humana. Hay una creatividad creatural, pero puede estar mal orientada: <<Así la libertad se configura como posibilidad de elección del fin, y no sólo de los medios. El fin ha de ser querido por la persona: puede no ser querido, y eso es el pecado. También así la libertad aparece como una «creatividad participada»: posición de la causa radical, de la causa final, que es la causa de la eficiente, como ésta a su vez lo es de la formal, y ésta de la material; de manera que el fin es causa de todas las causas, y por tanto es la causa de posición de realidad sin presupuestos: creatividad. Así la libertad resulta la mayor perfección natural posible>> (P.79).
Conocer es necesario para amar, pero no es suficiente:
<<La inteligencia está al servicio del amor. La dilección es el motor que mueve a las otras potencias (espirituales y sensitivas), y ella se mueve a sí misma. La inteligencia tiende a la verdad; el amor al bien, y el bien o fin es la causa última y causa de la causalidad de todas las causas. El aquietamiento de la voluntad en el fin o bien, que es el deleite o fruición, cumple formalmente la razón de felicidad, como sobreviniendo a la visión, que es como su substancia. A la voluntad se le atribuye la primera relación al fin, en cuanto desea conseguirlo; y la última, en cuanto se aquieta en el fin ya obtenido. El verdadero reposo feliz o plenitud se da en la posesión del fin: en este sentido, la inteligencia es el medio para que el amor repose en la unión, en la identidad recuperada, en la unión del ser al Ser de que procede y en el que se cumple como ser. Así la felicidad más que en poseer, está en ser poseído por el Bien. El amor, que es lo unitivo y lo que profunda y terminalmente identifica al propio sujeto con el sujeto amado, es la perfección primordial y la perfección terminal de la persona. La inteligencia o conocimiento es la posesión intencional del otro en cuanto otro. El amor es el éxtasis, es ser arrebatado por el amado, la fusión en él y la identificación con él y como él. El amor hace del amado un alter ego, o quizá mejor: hace de mí otro tú, me identifica con el tú (sobre todo con el Tú absoluto divino) y me hace vivir su vida, su Amor>> (p. 80).
El amor es individual, pero no individualista, sino mutuamente relacional: “En una deliciosa página de su Comentario al Libro III de las Sentencias , Santo Tomás estudia el amor como transformación —tránsito de una forma a otra— del amante en el amado, que es lo propio del afecto. Si una cosa adquiere la forma de otra, si se transforma en otra, se identifica con ella: así por el amor el amante se hace uno con el amado, que es ya como su propia forma, es decir, lo que le constituye como amante. La forma es el principio del obrar y la norma de la obra. Así el amante se inclina por el amor a actuar según la exigencia del amado, que es ya su forma; y esa operación le resulta máximamente deleitable, en cuanto conveniente a lo que es ya su propia forma; de donde se sigue que al amante le resulta un verdadero deleite todo lo que hace o sufre por el amado. Y como la forma llega a la intimidad de lo formado, el amor hace que el amado penetre en la interioridad del amante, con una penetración que tiene las características de una profunda y dulce herida (la transverberación de Santa Teresa)>> (p. 85).
Más allá de todo individualismo:
<<Así también el amor produce éxtasis, hace que el amante se separe de sí mismo al tender hacia el amado: ya que nada puede transformarse en otro si no pierde de alguna manera su propia forma. Para eso es necesario que se disuelvan las disposiciones con las que la forma estaba retenida en la materia: así ha de quitarse en el amante aquel límite con el que estaba contenido y retenido dentro de sus propios términos, que es el amor propio; esto constituye como una licuefacción ya que el líquido no se contiene dentro de sus propios términos, sino que se vierte o difunde; de ahí que a la disposición espiritual contraria se le llame dureza de corazón. Por obra del calor, el líquido hierve, y se disuelve aún más, difundiéndose en exhalaciones: análogamente, la radiación del amado sobre el amante, sobre haberlo diluido, lo hace fervoroso y así como etéreo. (A propósito de estas analogías de Santo Tomás, tomadas del mundo físico —de donde provienen nuestros conceptos y nuestras palabras—, conviene recordar que, contrariamente al planteamiento dicotómico cartesiano entre materia y espíritu, el mundo físico y el espiritual constituyen diversos grados de participación en el ser, que es el constitutivo radical de todo lo que es. De manera que aquellas comparaciones propuestas, a partir de la observación inmediata de fenómenos corpóreos, no son sólo sugestivas expresiones poéticas>> (Idem).
La más profundo explicación de la dinámica del universo es que estamos hechos por amor y para amar:
<<Procedemos de un acto divino de amor, y nuestra vida entera tiene que consistir esencialmente en amar. La comprensión del amor es la comprensión del universo entero, y de modo muy especial la comprensión de la criatura espiritual, de la persona. Sólo la falsificación racionalista de la libertad y del amor ha podido concluir diciendo que «Dios, propiamente hablando, no ama a nadie». Pero esa falsificación no ha podido provenir de un simple error. Hay que aplicar aquí lo que Nietzsche decía de los ambiciosos, que «son rebeldes al amor, no se dejan querer». Y hay que contraponer a ese orgullo el gozo humilde de saberse amado por Dios, no porque yo lo merezca sino porque Dios es bueno, es todo amor. Y hay que saberse amado singularmente, como alguien único como «alguien delante de Dios». Como una persona, como una excepción. Esa convicción metafísica constituye la fuerza más radical del hombre: Pondus meum amor meus: eo feror, quocumque feror. Esa gravitación es el resultado de que yo sea por amor, pero también expresa una íntima sed y una indigencia amorosa. De ahí la natural e irreprimible tendencia a ser feliz, a una plenitud que aún no se tiene y a la que se está destinado. «Por su propia naturaleza quiere la naturaleza espiritual ser feliz, y no puede querer no serlo». Esa felicidad es sustancialmente la alegría o gozo del amor, y el amor es la plenitud misma del ser espiritual>> (p. 89).-
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