Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, 203.000 mexicanos han sido repatriados desde Estados Unidos a Chiapas, con un promedio de 700 personas por semana. Son cifras importantes para quienes han decidido, por motivos que van desde la pobreza hasta la seguridad personal, abandonar su país. A menudo se habla de este fenómeno observando la frontera norte, entre Estados Unidos y México, mientras que en el sur del país, es decir, en la “puerta” por la que quienes proceden de Centroamérica desean transitar hacia la región septentrional, el paso resulta igualmente duro e inseguro. En este contexto trabaja Karen Vanessa Perez Martinez, responsable de la dirección nacional del Servicio de los jesuitas para los refugiados en México (JRS).
Acompañar, servir, defender
El Servicio de los jesuitas para los refugiados, presente en 58 naciones, tiene la misión de acompañar, servir y defender a los refugiados y desplazados. Karen Vanessa Perez Martinez está desde hace años comprometida con la misión de acompañar a personas y familias, apoyando a los migrantes más vulnerables que se mueven entre las fronteras mexicanas. A las rutas ya conocidas de quienes se aventuran entre Texas y California se suman también las rutas que atraviesan el confín mexicano meridional, una franja que se extiende por aproximadamente 1.149 km y separa el país de Guatemala y Belice. Dos cursos de agua, a menudo utilizados por los migrantes como paso, están presentes en esta zona: el río Suchiate y el río Hondo, que constituyen una frontera natural. Entre aldeas y pequeñas ciudades más o menos grandes, la ciudad de Tapachula es el principal nodo migratorio en el que quienes llegan desde el área sur del continente se detienen antes de reanudar el viaje.
Migrantes de más de 110 países
«Actualmente el número de personas en movilidad ha disminuido debido a los contextos de violencia e inseguridad en las fronteras, sobre todo por las restricciones en la frontera México-EE. UU. Además, los viajes de retorno con personas deportadas han aumentado de forma exponencial en el último año», explica Perez Martinez, que actualmente trabaja en Ciudad de México pero ha vivido 15 años en la frontera sur, asistiendo directamente a las personas en un contexto de movilidad. Mientras tanto, mujeres, hombres, niños y familias continúan desplazándose desde el sur del mundo hacia el hemisferio norte, llegando a México, puerta de entrada para el área septentrional del continente americano. En este camino, explica la directora del JRS, se habla de cifras muy elevadas, contrariamente a lo que se menciona en las narrativas oficiales. «Hemos identificado nacionalidades de más de 110 países; entre los pueblos con mayor nivel de movilidad encontramos personas procedentes de Haití, Cuba, Honduras, Guatemala, Venezuela, Ecuador, Colombia, África y Asia central», una variedad de culturas que abarca tres continentes, admite la responsable del JRS.
El papel fundamental del JRS
En este ámbito la labor de los jesuitas sigue siendo fundamental. Desde hace décadas, la Compañía de Jesús realiza planes de primera asistencia y organiza proyectos de ayuda para quienes, a menudo en condiciones de gran pobreza, buscan reunirse con familiares y amigos en distintos estados americanos. «Como JRS México —explica— ofrecemos un acompañamiento completo: desde las necesidades de protección o regularización migratoria mediante asistencia legal hasta la escucha, con atención a las necesidades psicosociales de la persona. Además hay una línea de integración comunitaria en la que se está trabajando, apoyando así las necesidades de los migrantes que hemos identificado. Se está promoviendo la inserción familiar en pequeñas y grandes realidades urbanas que pueden encontrarse a lo largo del camino de quienes dejan su hogar». La asistencia humanitaria incluye alimentos, visitas médicas y tratamientos especializados. Durante el año se han atendido más de 10.000 personas gracias a la organización de los jesuitas. La Iglesia mexicana, junto con Cáritas de Alemania y Francia, apoya el trabajo de asistencia a los migrantes.
Sueños y dramas conviven aquí
A lo largo de las vías del tren, caminando de día y de noche, recorriendo rutas fantasma para no ser interceptados por las patrullas militares, el número de quienes se ponen en camino resulta siempre incierto. Hay quienes parten pero luego, cansados, regresan; quienes son asaltados o secuestrados por bandas de traficantes de seres humanos; y también quienes pierden la vida, a causa de un accidente o por resistir a un robo.
En la mente y el corazón de quienes deciden emprender el camino conviven un drama y un sueño: el drama de una vida cargada de derrotas y el deseo de cambiarla saliendo de su tierra, y el sueño de quienes esperan que en otro lugar, como lo hicieron un amigo o un hermano, pueda comenzar un nuevo capítulo de su vida gracias a un trabajo, una formación y, sobre todo, una vida sin miedo a la violencia.
[Fuente: Vatican News]
