Este 12 de febrero se ha conmemorado el Día de la Juventud en nuestro país, recordando la gesta de la Batalla de La Victoria en 1814, realizada en esa localidad del Estado Aragua, bajo el liderazgo del General José Félix Rivas, enfrentando al ejército realista conducido por Francisco Tomás Morales, enviado por José Tomás Boves en su avance hacia Caracas. Rivas, disminuido de tropas entrenadas, decidió armar a 800 jóvenes estudiantes de la Universidad de Caracas y a 85 estudiantes del Seminario de Santa Rosa de Lima.
El General, antes de iniciar esta Batalla, reunió en la Iglesia de La Victoria a su tropa y arrodillándose frente a la Virgen María Santísima, juntos pidieron su protección. Al salir dijo su famosa frase: “…no podemos optar entre vencer o morir, necesario es vencer…!” . Esa gesta inolvidable en la que contra todo pronóstico este novel ejército durante casi 10 horas resistió el ataque con valentía y refuerzos puntalados por el General Vicente Campo Elías, hizo retroceder a las fuerzas realistas que sumaban casi 4 mil soldados. Vencieron la fe, la convicción y un férreo compromiso con la libertad.
La sociedad actual bajo los desafíos que ponen en peligro la vida de los ciudadanos, ha buscado mantener ese espíritu de la juventud impetuosa, así como borrar las brechas del tiempo con nuevos conceptos como la “juventud prolongada” o “juventud eterna”, que más que la búsqueda de conservar la apariencia y vitalidad juvenil, representa la resistencia a ser apartados o considerados seres agotados y apilados bajo el concepto de “elementos con capacidades residuales”.
En Venezuela nuestros pensionados y jubilados, exhibiendo orgullosamente rostros marcados por el tiempo y alguna que otra discapacidad visual o limitación motora, durante las últimas décadas han sufrido la vejación del estado con miserables asignaciones económicas en medio de la más profunda desatención social, en condiciones de escasez, hambre y abandono familiar por la migración forzada de millones de personas, muchos quedando solos con el cuidado a su cargo de nietos, sobrinos y hasta vecinos. En pandemia, profesionales pensionados o jubilados fueron encontrados muertos por el hambre y los embates de la enfermedad.
Sin embargo, no han cesado en su lucha para ser reivindicados y bajo las nuevas circunstancia las instituciones deben voltear la mirada para hacer justicia con esta parte de nuestra población que dio todo por formarnos, cuidarnos y servir de memoria histórica a un país sometido a las peores pruebas por laboratorios sociales lejanos que nunca buscaron hacer justicia o poner fin a situaciones que jamás debimos haber vivido como nación. Ese recurso humano de primera debe ser llamado para contribuir a conseguir la senda de la rectificación y la reconstrucción de esta nación herida.
