Bernardo Moncada Cárdenas:
«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Hechos 9, 4
Hay encuentros que cambian una vida. Saulo de Tarso iba camino de Damasco convencido de estar haciendo lo correcto, hasta que una experiencia inesperada le hizo detenerse, preguntar y cambiar de dirección. De perseguidor pasó a ser Pablo, uno de los grandes anunciadores del cristianismo.
La conversión suele ser una palabra asociada a la religión. Pero la experiencia humana está llena de momentos semejantes: acontecimientos, encuentros o descubrimientos que obligan a revisar aquello que dábamos por cierto. Convertirse es, en cierto modo, cambiar la mirada, la dirección de la propia vida. Y cuando ese cambio ocurre en personas que ocupan un lugar relevante en la sociedad, sus consecuencias alcanzan la historia.
Nuestra primera Independencia ofrece un ejemplo singular. Los llaneros que terminaron siendo decisivos para la causa republicana no estuvieron desde el comienzo del lado de los patriotas. Durante los primeros años de la guerra, buena parte de ellos combatió junto a las fuerzas realistas. José Tomás Boves supo ganarse su adhesión y llegó a reunir un formidable ejército. Francisco Tomás Morales recordaría después esa capacidad para comprender y conducir a aquellos hombres: comía y dormía con ellos, compartía sus riesgos y ejercía sobre ellos un extraordinario ascendiente.
La muerte de Boves, en 1814, y el posterior surgimiento de José Antonio Páez modificaron aquel escenario. Páez, con su valentía, capacidad militar e influjo personal, consiguió incorporar a numerosos llaneros a la causa patriota. La historia produjo así uno de sus grandes giros: miles que habían combatido contra los republicanos terminaron siendo protagonistas de la Independencia.
¿Fue aquello una conversión? ¿Fue una cuestión de liderazgo, de circunstancias, de intereses o de convicciones? Probablemente hubo de todo. La historia rara vez encuentra motivaciones puras.
La política venezolana contemporánea tampoco carece de estos virajes. El padre José Palmar es un caso conocido. Quien en sus comienzos mostró simpatía por Hugo Chávez terminó convirtiéndose en un crítico frontal del régimen. Ignoro los detalles íntimos de aquel tránsito, pero hay algo significativo: llegó un momento en que su posición anterior dejó de resultarle sostenible y decidió rectificar públicamente.
También conozco personas que, en este trance histórico, han cambiado de posición. Algunos que antes rechazaban la disidencia política hoy marchan junto a ella. Otros me han dicho, con una mezcla de vergüenza y alivio: «Usted siempre tuvo razón, profe; esto es pura corrupción y mentira demagógica. Ya me harté».
No puedo menos que alegrarme cuando alguien rectifica. Reconocer un error requiere libertad y, a veces, bastante coraje. Hay que enfrentarse no solo con los demás, sino con la propia historia. No es sencillo admitir que uno defendió aquello que ahora considera equivocado, especialmente cuando durante años se persiguió a quienes advertían lo que estaba ocurriendo.
En estos días también hemos visto a personas vinculadas al poder oxigenar convicciones éticas o profesionales que parecían olvidadas tomando distancia del régimen, y miembros de los cuerpos armados evitan participar en determinadas acciones contra la protesta. Son hechos que deben ser observados con atención.
¿Pero, es conversión todo cambio de posición?
No necesariamente.
Hay quien cambia porque ha comprendido que estaba equivocado. Hay quien siente remordimiento por aquello que hizo o permitió. Y hay quien cambia porque, comprendiendo que el poder se acaba, quiere ponerse a salvo. La diferencia es confusa al principio.
El lenguaje popular venezolano llama a estos cambios «saltos de talanquera». La expresión tiene algo de ironía, pero también describe gráficamente el fenómeno: alguien estaba de un lado y aparece, de pronto, en el otro.
Conviene, sin embargo, no apresurarse a juzgar. El oportunista y el arrepentido pueden pronunciar exactamente las mismas palabras. El tiempo se encargará de diferenciarlos. No tanto por lo que digan al abandonar el barco, sino por lo que hagan después.
Porque una verdadera rectificación no consiste simplemente en cambiar de bando. Implica cambiar de criterio. Y, si existe remordimiento, debería expresarse también en alguna forma de reparación. De lo contrario, el cambio podría ser apenas una operación de supervivencia.
En esta hora venezolana, en la que el poder enfrenta su crisis, cada abandono tiene un significado. Algunos pueden ser ejercicios auténticos de libertad: personas que finalmente se atreven a reconocer aquello que antes no quisieron ver. Otros pueden ser simplemente síntomas de que el barco hace agua.
No podemos conocer de antemano lo que ocurre en el corazón de cada uno. Sí nos corresponde observar, recordar y discernir. La historia, más que las declaraciones de última hora, terminará diciendo quién cambió por convicción y quién por conveniencia.
Mientras tanto, hay algo que celebrar: que alguien pueda cambiar de opinión es una de las expresiones más fundamentales de la libertad humana.
Por ahora, en tiempos como estos, quienes quieran saltar, que salten.
Nosotros discerniremos.-
