A 60 años de Nostra aetate: la Iglesia relanza el diálogo contra odio y divisiones

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Con motivo del aniversario de la Declaración conciliar que abrió un nuevo capítulo en la historia de las relaciones entre los católicos y los creyentes de otras confesiones, los Dicasterios para la Doctrina de la Fe, para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y para el Diálogo Interreligioso publican La Nota “Un camino de esperanza”. Una reflexión conjunta para reiterar la invitación a combatir el fundamentalismo y el extremismo, abandonar «las lógicas de defensa, hostilidad o conquista»

En su momento supuso un punto de inflexión. Un cambio crucial en las relaciones entre católicos y judíos y con los creyentes de otras confesiones, además de un faro de esperanza tras la Segunda Guerra Mundial. Hoy, sesenta años después, la Declaración conciliar Nostra Aetate sigue siendo un punto de referencia para «refundar esa esperanza en nuestro mundo devastado por la guerra y en nuestro entorno natural degradado», además de un paradigma para orientar las decisiones pastorales y teológicas de la Iglesia, mientras las divisiones prevalecen sobre el diálogo, la libertad religiosa se viola constantemente y el nombre de Dios es traicionado y utilizado para legitimar la violencia y el terrorismo.

No a las discriminaciones y persecuciones

Por eso, en el sexto decenio de esta «breve pero audaz» Declaración conciliar, tres Dicasterios de la Curia Romana —para la Doctrina de la Fe, para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y para el Diálogo Interreligioso— publican Un camino de esperanza, nota que, aprobada por el Papa León XIV el 22 de junio pasado, repasa las etapas esenciales del diálogo después de Nostra aetate, evaluando sus retos y logros y trazando perspectivas para el futuro. Todo ello con el fin de relanzar un mensaje atemporal:

La Iglesia reprueba como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o vejación por motivos de raza o color, de condición o religión

El camino desde el Concilio hasta hoy

La reflexión del documento parte de una pregunta de gran actualidad: «¿Cómo vivir concretamente la llamada a una fraternidad universal en sociedades marcadas por una creciente diversidad cultural y religiosa, por la guerra y la violencia, y caracterizadas por un impulso cada vez mayor hacia la secularización?». Las aproximadamente veinte páginas del texto están firmadas por los prefectos de los respectivos Dicasterios, los cardenales Víctor Manuel Fernández, Kurt Koch y George Koovakad, y por los secretarios, los monseñores Armando Matteo, Flavio Pace e Indunil Janakaratne Kodithuwakku Kankanamalage. El recorrido que traza el documento parte de la génesis de Nostra Aetate, en su momento «una respuesta a las trágicas consecuencias del antisemitismo que culminó con el Holocausto». Su publicación, el 28 de octubre de 1965, supuso «un cambio profundo», ya que, por primera vez de manera explícita, la Iglesia afirmaba que «no rechaza nada de lo en estas religiones es verdadero y santo» en las demás religiones, e invitaba a los fieles a considerar «con estima y respeto» esos preceptos y esas doctrinas. La Nota, remitiéndose también a la Declaración Dignitatis humanae, afirma: «Ninguna relación respetuosa con las demás religiones es sincera ni viable sin un respeto simultáneo por la libertad religiosa ajena». Con la misma «convicción», los firmantes reclaman «la misma libertad para los cristianos en los países donde son minoría», poniendo de relieve las «persecuciones» que aún hoy «sufren los cristianos, en diversas partes del mundo, a manos de grupos religiosos extremistas».

Toda persecución por motivos religiosos constituye siempre una violación de la dignidad humana, ante a la cual es urgente encontrar una respuesta común que, en el espíritu de Nostra Aetate, promueva en todos y hacia todos respeto, diálogo y convivencia pacífica.

La relación entre judíos y cristianos

En el documento vaticano se dedica un amplio espacio a la especificidad de las relaciones entre cristianos y judíos, desde las raíces comunes en el Antiguo Testamento hasta la recomendación del Concilio de un «conocimiento y estima mutuos» y un diálogo «fraterno». Camino de esperanza, en la misma línea, reitera que «la alianza de Dios con el pueblo judío es irrevocable y esto interpela constantemente a la Iglesia». Esto no significa que «la alianza con el pueblo judío sea paralela al camino de la salvación cristiano»: para la Iglesia, «Cristo es el único redentor». Sin embargo, «dicha alianza irrevocable tiene un significado teológico»; por consiguiente, «no podemos prescindir unos de otros».

Lucha común contra el antisemitismo

La solidaridad con el pueblo judío incluye también «la lucha común» contra el antisemitismo. Ya Nostra aetate deploraba el odio y las persecuciones antijudías «de cualquier tiempo y por parte de cualquier persona», incluso en la Iglesia. Se recuerdan las condenas de los Papas, en particular, contra el Holocausto. Y se señala cómo los conflictos desatados en Oriente Medio han «dejado su huella» también en el diálogo entre judíos y cristianos. «Muchos puentes de comunicación se han tambaleado y siguen siendo puestos a prueba por las diferentes interpretaciones de los acontecimientos sucedidos, a menudo no unívocas incluso dentro de las respectivas comunidades religiosas», afirman los Dicasterios, instando a mantener y fortalecer cada vez más ese «conocimiento y estima mutuos», que se han mantenido firmes a lo largo de sesenta años de «trabajo conjunto».

Frutos evidentes del diálogo

Precisamente este trabajo conjunto, destaca el texto, ha dado frutos «evidentes» también en el diálogo con el islam y otras religiones como el hinduismo, el budismo, el jainismo, el sijismo, el sintoísmo, el taoísmo, el confucianismo y el zoroastrismo, además de con las religiones tradicionales africanas.

Se han establecido relaciones duraderas de amistad entre responsables religiosos, se han puesto en marcha proyectos educativos y sociales conjuntos y se han publicado declaraciones comunes ante tragedias humanitarias, guerras o crisis medioambientales.

En este sentido, resultan fundamentales el diálogo teológico entre expertos o el diálogo interreligioso monástico, así como la experiencia vivida, con silencio y discreción, por sacerdotes, religiosos y laicos en barrios multireligiosos «donde el simple hecho de convivir en paz, de estar presentes los unos para los otros —como vecinos— ya es un testimonio». Todos estos resultados, «a veces embrionarios, invisibles pero fecundos», encarnan la intuición de Nostra Aetate:

Vivir en el mundo como testigos del amor de Dios, en diálogo con todos.

No a la islamofobia

Los tres Dicasterios no escatiman, por tanto, críticas hacia las manifestaciones de «islamofobia» que «no distinguen adecuadamente los casos de fundamentalismo y violencia de la convivencia pacífica de los otros creyentes musulmanes que se integran y trabajan en los países que los acogen». «Debemos dar las gracias a las comunidades cristianas que han crecido en un espíritu de acogida y también de mejor conocimiento y estima hacia los creyentes musulmanes», subraya un pasaje.

Los pobres son «la brújula»

El documento vaticano —que repasa el magisterio de los Papas desde Pablo VI hasta León XIV— se centra, por tanto, en la importancia del diálogo en este periodo histórico. Como «criterio de discernimiento universal» para comprender si se avanza en la dirección correcta, se señalan «la acogida o el rechazo» de los pobres. Ellos son «la brújula»: «La atención concreta a los más vulnerables es el indicador esencial para evaluar la corrección de cualquier proyecto, ya sea político, económico, social, académico, religioso o cultural».

Las dificultades del diálogo

A continuación, se destacan «las dificultades del diálogo» en la actualidad, entre quienes temen «un relativismo doctrinal o una dilución de la identidad religiosa», relaciones «históricamente conflictivas» o el recuerdo de «antiguas heridas» que dificultan la confianza mutua. Lo que socava los propios cimientos del diálogo es «el auge de los fundamentalismos, la permanencia de los prejuicios, la manipulación política de las pertenencias religiosas o la violencia en nombre de Dios». A ello se suma, en las sociedades secularizadas, la marginación o la instrumentalización de la palabra religiosa, «reducida a folclore, a opinión subjetiva o totalmente oscurecida».

Comportarnos como hermanos

El camino sigue siendo, por tanto, «exigente» y «requiere humildad, valentía y discernimiento». El diálogo, reitera el documento, no es ni una «estrategia» ni una renuncia a la propia identidad, sino un «auténtico camino evangélico», que, por el contrario, presupone «una clara conciencia de la propia identidad religiosa y cultural, junto con una apertura real a la alteridad». El «respeto» y la «estima» son «fundamentos imprescindibles» para «superar las actitudes de exclusión, desprecio o indiferencia que durante mucho tiempo habían prevalecido».

No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a comportarnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios.

Abandonar las lógicas de defensa, hostilidad o conquista

Ante quienes hoy «fomentan divisiones y preparan conflictos», los creyentes de las distintas tradiciones están llamados a «buscar, con lucidez y esperanza, las condiciones para una convivencia pacífica». Para alcanzar ese objetivo, es necesario «abandonar las lógicas de defensa, hostilidad o conquista, para adoptar una actitud abierta, benévola y valiente».

Artesanos de la paz

El llamamiento va dirigido a todos: «Convertirnos en constructores de puentes, no de muros», «artesanos de la paz y de la fraternidad», capaces de «acoger al otro en su diferencia» y «colaborar en la construcción de una sociedad más justa y más humana».-

Salvatore Cernuzio – Ciudad del Vaticano/Vatican News