Por Francisco González Cruz:
La palabra es una gran constructora o destructora de civilizaciones, de comunidades y de la propia persona humana. Una sola palabra puede significar la más alta expresión de la nobleza o de la peor bajeza de la que es capaz un ser humano.
“Hay palabras tan principales… por ejemplo, libertad, justicia, democracia, civismo, honestidad, las cuales cuando se ausentan de un país tornan muy difícil para sus ciudadanos el hecho de vivir realmente”, nos recuerda el poeta Rafael Cadenas, premio Cervantes, cuanto recibió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.
En Venezuela sufrimos desde hace ya muchos años la devaluación de la palabra, que es más grave aún que la de la moneda, que nos arruinó materialmente. La degradación del lenguaje es causa y efecto que alcanza peligrosas consecuencias. La causas están en quienes alcanzan posiciones de notoriedad sin méritos ni condiciones. Las consecuencias en el poder contaminante que tienen.
Por ello este día es de reflexión y de acción para restituir el valor de la palabra y la calidad de nuestro lenguaje, principalmente el cotidiano, el de uso normal en este renacimiento de la vida corriente, de la importancia de la identidad local, del hogar y del lugar, desde donde se conforman las bases de la persona virtuosa, que es al fin y al cabo los fundamentos de cualquier sociedad decente.
Así mismo de aquellos que ocupan posiciones de relevancia y con sus ejemplo, bueno o malo, ejercen mayor influencia. El deterioro material e institucional de nuestro país se inició con el lenguaje y desde las más altas posiciones públicas nos acostumbramos a escuchar palabra soeces, vulgares, tóxicas que se extendieron por muchos funcionarios menores, que sentían que mientras más alto y peor hablaban más puntos ganaban con sus caporales.
Venezuela enfrenta el desafío de una institucionalidad basada en los principios establecidos en la Constitución Nacional explícitamente expresados en su preámbulo: “Un Estado de justicia, federal y descentralizado, que consolide los valores de la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común, la integridad territorial, la convivencia y el imperio de la ley para esta y las futuras generaciones; asegure el derecho a la vida, al trabajo, a la cultura, a la educación, a la justicia social y a la igualdad sin discriminación ni subordinación alguna…”
Este enorme desafío está pendiente y cuando celebramos el día de nuestro idioma, el propósito debe ser iniciar el cambio por adecuar esas palabras principales, y que “esas palabras, además, deben corresponder a lo que designan” recordando de nuevo al poeta Cadenas. La nueva Venezuela, la que está allí descrita, será posible si empezamos por el lenguaje, por la palabra, por buen uso del idioma.
