El cardenal venezolano Baltazar Enrique Porras Cardozo ha visitado Barcelona invitado por la parroquia de María Mediadora de todas las Gracias, en el corazón del Eixample, en el marco de la fiesta patronal dedicada a María. Arzobispo emérito de Caracas y una de las figuras más relevantes de la Iglesia latinoamericana, Porras ha aprovechado la estancia para reencontrarse con amigos, peregrinar a Montserrat y visitar la Sagrada Família . En esta conversación, reflexiona sobre los vínculos entre Cataluña y Venezuela, el pontificado de León XIV, la inmigración, la transparencia en la Iglesia y el papel de la fe en un mundo marcado por la polarización y la incertidumbre.
¿Qué ha significado para usted esa visita a Barcelona?
Agradezco mucho a mosén Jordi Alarcos la invitación a presidir la fiesta de Maria Mitjancera. He encontrado una parroquia muy viva, con más de treinta y tres grupos activos, entre los que se encuentran cofradías de venezolanos que viven aquí, muchos de ellos en el exilio. Compartimos una celebración mariana muy emotiva, con una participación numerosa y con una gran expresión de fe popular.
También me impresionó la atención y el servicio que la comunidad ofrece tanto a sus miembros como a personas de fuera de la parroquia. Pude compartir la eucaristía y después el almuerzo con muchos fieles, escuchando sus historias e inquietudes. Es una comunidad con memoria, y esto me llamó especialmente la atención: la comunidad cristiana es heredera de lo que otros han sembrado antes.

Durante estos días también he podido reencontrarme con personas queridas, como el cardenal Martínez Sistach, el cardenal Omella o el obispo auxiliar Javier Vilanova, con quien mantengo una amistad de hace muchos años.
También ha visitado Montserrat durante esta estancia. ¿Qué significado tiene para usted?
Venir a Barcelona y no ir a Montserrat sería impensable. Hay que ir como peregrino, no sólo por su valor religioso, sino también por su significado cultural y espiritual. Montserrat es una profunda raíz de la cultura catalana, una cultura que se expresa también a través de la religión.
Recuerdo especialmente la primera vez que fui, en 1963, cuando estudiaba en Salamanca —después seguí los estudios en Madrid. He vuelto este fin de semana y, aunque no pude encontrarme con el abad ni con el prior porque estaban reunidos por los preparativos de la visita inminente del papa León XIV, sí pude conversar con el abad emérito.
En Montserrat también me encontré con Ignasi Fossas y con el patriarca de la Iglesia Greco-católica ucraniana, Sviatoslav Shevchuk, con quien compartimos el almuerzo y pudimos comparar las realidades de Venezuela y Ucrania. Son encuentros que muestran esa dimensión universal de la Iglesia.
También ha hecho parada en Manresa y en la Sagrada Família.
Sí, porque ir a la Cueva de Sant Ignasi, en Manresa, también es esencial. Es un lugar de discernimiento espiritual profundo, donde san Ignacio tomó decisiones que han influido no sólo a la Iglesia, sino también a muchas personas que acuden buscando sentido para su vida.
Y la Sagrada Família tiene para mí un significado muy especial. He seguido durante años la vida de Gaudí y creo que, en un momento en el que se quiere poner de relieve el papel de los laicos, él es un ejemplo extraordinario de creyente profundo. Supo expresar su fe de una forma genial a través del arte.
En la Sagrada Família, las piedras no son sólo arquitectura: transmiten un mensaje bíblico, de creación y trascendencia. En un mundo tan laicizado, espacios así ayudan a levantar la mirada. Quien entra quizás llega como turista o curioso, pero a menudo sale interpelado interiormente.
¿Ve algún vínculo entre Gaudí y Venezuela?
Sí, y es muy interesante. Existe una coincidencia simbólica entre la muerte de Gaudí y la del primer santo venezolano, José Gregorio Hernández: ambos laicos, ambos fallecidos en accidente y con pocos años de diferencia.
Además, un discípulo de Gaudí, el arquitecto vasco Manuel Mujica, que había estudiado en Barcelona, fue invitado a Venezuela en 1929 para restaurar el templo de la Santísima Trinidad. Su obra influyó durante décadas en la arquitectura venezolana, tanto religiosa como civil. Aún hoy, en ciudades como Mérida o Caracas, existen edificios que conservan rasgos heredados de Gaudí.
Por eso creo que la futura beatificación de Gaudí no será sólo un bien para la Iglesia catalana, sino también para la Iglesia venezolana.
¿Qué le ha sorprendido más de esta visita?
La gran hospitalidad y acogida de la comunidad venezolana aquí, pero también de personas venidas de otros países de América Latina y África. Es una lección para todos. También he percibido mucho entusiasmo ante la próxima visita del papa León XIV.
Precisamente, ¿cómo valora la elección del nuevo pontífice?
Para nosotros, la elección de Robert Prevost no fue ninguna sorpresa. Su trayectoria misionera en Perú, en una realidad socialmente muy compleja, ya mostraba su sensibilidad. No es “un estadounidense cualquiera”; su experiencia misionera le da una mirada universal y un gran sentido social.
Como superior de los agustinos recorrió el mundo entero, y después el papa Francisco le llamó al Vaticano. Esto tampoco es poco. Tiene una gran capacidad de escucha, es sencillo y sabe afrontar con elegancia los ataques y tensiones.

Yo participé en todas las reuniones previas al cónclave, y el clima interior era muy distinto al que a menudo transmitían los medios. El Espíritu Santo sigue soplando, incluso en tiempos en que el valor supremo parece ser la guerra. El cristianismo sigue aportando una mirada humanista imprescindible.
También visitará Canarias coincidiendo con el viaje papal.
Sí. El obispo de Canarias nos ha invitado a los dos cardenales venezolanos a participar. Canarias tienen una huella venezolana profunda. Muchos canarios emigraron a nuestro país hace décadas, y todavía hoy compartimos muchos rasgos culturales: el trabajo del campo, el cultivo del plátano, la artesanía, una determinada manera de vivir.
La cuestión migratoria es especialmente sensible en Canarias. ¿Cómo la vive la Iglesia?
Es un reto que nos interpela a todos. Las condiciones en las que llegan muchas pateras desde África occidental son dramáticas; incluso más peligrosas que en el Mediterráneo. Nos dicen que sólo llega un 10% de quienes salen.
En la isla de El Hierro hay religiosos venezolanos trabajando con estas personas. La acogida no puede depender del color de la piel ni de su origen. Muchos migrantes son personas preparadas, que buscan una oportunidad de vida. Europa no puede responder sólo a políticas antiinmigratorias. No podemos diferenciar entre migrante y turista en términos de dignidad humana.
¿Cómo vive personalmente la situación política de Venezuela, especialmente después de que le retiraran el pasaporte durante un mes?
La realidad del país en estos años ha sido muy dura. La Iglesia ha sido probablemente la institución con mayor credibilidad, no porque seamos mejores que nadie, sino porque hemos defendido la vida y hemos intentado superar el lenguaje del odio.
Ahora parece haberse abierto una pequeña ventana desde que ya no tenemos a Nicolás Maduro. Lo que queremos es simple: que no haya presos políticos, ni torturas, ni miedo a opinar. Si no nos respetamos y no nos reconocemos unos a otros como personas, es imposible construir convivencia e igualdad. Y esto acaba generando aún más pobreza.
En las últimas semanas también ha insistido mucho en la formación sacerdotal.
Sí, porque el seminario es una obra prioritaria en cualquier Iglesia particular. Pero lo importante no es el número. El sacerdote debe tocar el dolor y el mal del mundo real. Sólo así, desde la proximidad y la misión, podremos generar paz y esperanza.
También ha defendido la necesidad de transparencia en la Iglesia.
Sobre todo en el ámbito económico. Vivimos en un mundo muy condicionado por el dinero, y siempre existe la tentación de justificar según qué caminos o de esconder determinadas prácticas. Tanto si se tienen muchos recursos como pocos, es necesario gestionarlos con transparencia.
Somos seres frágiles y el centro de la Iglesia deben ser siempre los más débiles, no los intereses económicos.
¿Qué mensaje dejaría hoy en la Iglesia de Barcelona?
Que siga profundizando los vínculos con América Latina. Tenemos muchas cosas que nos unen. Si en el pasado Europa envió a muchos misioneros a nuestras tierras, hoy vivimos un intercambio mutuo muy enriquecedor.
La solución a los grandes problemas del mundo no está sólo en manos de los creyentes, evidentemente. Pero si tenemos esperanza y sabemos transmitir esperanza, entonces aparece la trascendencia y es posible construir un futuro compartido.
[Fuente: Flama, Agencia Cristiana de Noticias/ 22 de mayo de 2026]

