Doña Bárbara vista por Mariano Picón Salas veinte años después

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Horacio Biord Castillo:

Doña Bárbara, la novela de Rómulo Gallegos, se acerca a su centenario. En 1949, Veinte años después de su publicación, Mariano Picón Salas, el gran intelectual venezolano de la primera mitad del siglo XX, señaló que «la aparición de Doña Bárbara, en 1929, durante los días más aletargados de la dictadura de Juan Vicente Gómez, dio a la obra -a más de su intrínseca calidad literaria- el valor emblemático de cuanto Venezuela necesitaba redimir» (p. 231). Como bien señala Picón Salas, «en pocos libros literarios como en este las dos corrientes en que se debatiera la literatura venezolana -como las otras regionales de América- hallaban su síntesis y conciliación. De una parte había comenzado con los costumbristas del siglo XIX el intento de describir la vida rural pero como captada desde afuera, en holganza, caricatura o recreo del hombre urbano que se apiada y sonríe de lo pintoresco o arcaico que observa en el campesino; por otra hubo la literatura de los demasiado cultos, que apenas tejieron sobre el modelo de las formas importadas -temiéndole a una auténtica expresión nacional- el tímido testimonio de su presencia y angustia» (p. 233).

La segunda tendencia es un exceso de mirada hacia afuera y, principalmente, hacia Europa. Picón Salas, como lamentándose del intelectualismo y la falta de circulación de las ideas de los pensadores venezolanos, de la escasa conexión de sus interpretaciones y sugerencias con las realidades del país, más allá de los ámbitos urbanos y los círculos académicos, apunta «frente a la obra criollizante de los costumbristas, se erguía el mundo más elaborado de quienes, al ejemplo de nuestro Cecilio Acosta, dijeron hondas verdades venezolanas en ensayos académicos que no penetraban más allá de las minorías letradas» (p. 234).

Sin duda, Doña Bárbara logra mostrar el alma venezolana a través de la metáfora que han sido el llano y la cultura llanera, resultando una especie de sinécdoque en la que la parte (el Llano, en este caso) representa al todo que es el país en su completitud o, para decirlo con mayor propiedad, que son las otras Venezuelas. Este tema aún exige mayor reflexión por su relevancia para entendernos.

Sin duda, la sumatoria de las culturas venezolanas, en vez de describirse como un todo diverso y heterogéneo en la homogeneidad de algunos rasgos distintivos, la unidad en la diversidad, se ha llanerizado, simplificándose así, aunque pareciera adquirir un cierto aire de diversidad. Al contrario, el Llano y la cultura llanera, por su parte, como efecto de esta generalización, se han ido desllanerizando, es decir, perdiendo rasgos específicos para ser encajados en el imaginario de los llaneros y lo llanero. La novela y su recepción debieron jugar un papel muy importante en esto.

Picón Salas incluso señala que “hubo tan cálida veracidad en esta galería de personajes galleguianos, que del círculo de los cultos el libro pasó al pueblo y animó más de una velada llanera en la más remota vaquería. Conuqueros y gentes aldeanas encargaban el libro a su proveedor como completando la sal y el pan de cada día. En grupo de vaqueros y rapsodas de los campos, se discutía y comentaba la novela con mayor y más honda prolijidad que la de los críticos literarios. Con su bastón nudoso, sus erizados bigotes, su máscara de tabaco y sus rapaces intenciones, Ño Pernalete era identificado diariamente, yendo la Jefatura Civil, en “El Rastro”, “Parapara” o “Guardatinajas”, las aldeas asoladas y diezmadas por el arbitrario poder público. Con su mejor caligrafía, siempre pálido y menguado, el pobre Mujiquita redactaba otra carta para el “General”, a fin de que le aumentaran el magro salario. Todo cuanto el pueblo soñaba o sentía, se expresaba en el libro como en un gesto colectivo hecho de miedo, de sueño, de indignación, de áspera experiencia cotidiana” (p. 236).

Concluye Mariano Picón Salas con una frase terriblemente dolorosa por lo incierta, dados los acontecimientos vividos en nuestro país en los últimos años, y, a la vez, por la absoluta certeza del último aserto. Dice don Mariano, «más allá de las modas y convencionalismos estilísticos aparecía Doña Bárbara socorrida de su propia y segura fuerza. Por ello, y aún contra el arte más alquitarado y deleitoso de otros libros de Gallegos -como Cantaclaro– es Doña Bárbara el que le asegura más unánime y aun combatiente popularidad. Superará el futuro lo que en esta novela fue dolor y reclamo de un momento de la vida venezolana, pero ha de vivir lo que es en ella entrañable poesía, metáfora y símbolo de la tierra y la estirpe» (p. 237).

Doña Bárbara, releída desde la perspectiva de la actualidad venezolana y latinoamericana, en un marco mayor de globalismo y particularismos, puede proporcionarnos claves valiosas para entender lo que, aunque diversa en su esencia y constitución, pudiéramos llamar el “alma venezolana».

 

Referencia: Picón Salas, Mariano, s/f [1949]. “A Veinte años de «Doña Bárbara»”. En Comprensión de Venezuela. Caracas: Petróleos de Venezuela, S. A., pp. 231-237.

 

Horacio Biord Castillo

Escritor, investigador y profesor universitario

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