El chivo que se devuelve… ¿encuentra el camino?

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«Si quieres cambiar el mundo, cámbiate a ti mismo.» Mahatma Gandhi

«Las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.» San pablo — 2 Corintios 5:17

Hay una sabiduría muy nuestra en ese refrán que advierte que “chivo que se devuelve se esnuca”. Sin embargo, a veces el camino de regreso es el único que permite salvar el abismo.

Desde este 3 de enero, el aire en Venezuela se siente distinto. No es solo un movimiento de piezas en el tablero; es un cambio de frecuencia. Lo que antes era el lenguaje de la confrontación implacable, hoy se matiza con diálogos y aperturas que desafían lo que dábamos por sentado. Pero la duda es legítima y punzante: ¿estamos ante una «metanoia» —una conversión real— o ante una simple maniobra de supervivencia?

La conversión es un escándalo para la lógica; pero haciendo memoria de San Pablo y San Agustín, vemos que el cambio radical no es una fábula. Es una evidencia de la libertad humana. Pero el cambio que importa no es el del gesto externo, sino el de la mirada.

San Pablo no solo dejó de perseguir; empezó a ver en el «otro» a un hermano.

San Agustín no solo cambió de hábitos; reorganizó su vida en torno a un nuevo centro.

Ese es el desafío hoy en nuestro país: discernir si este giro nace de una convicción sobre la justicia y la convivencia, o si es solo la necesidad de «ceder para no romperse». Porque se puede abrir la economía sin abrir el corazón, y se puede negociar sin reconocer la dignidad del adversario.

Las conversiones políticas siempre traen picazones. El que cambia suele ser tildado de traidor por los suyos y de oportunista por los contrarios. Preferimos los esquemas fijos: los «buenos» aquí y los «malos» allá. El cambio nos incomoda porque nos obliga a aceptar que la historia sigue abierta.

Caer en el cinismo —creer que nadie cambia de verdad— es una tentación muy venezolana después de tantas decepciones. Pero ese cinismo es una trampa: si negamos la posibilidad de que el otro cambie, estamos clausurando nuestra propia libertad y condenando al país a la repetición eterna.

La historia nos enseña que la libertad es capaz de crear novedades imprevisibles donde parecía haber solo fatalidad. Pero las verdaderas conversiones no se validan en un discurso de tarima, sino en la coherencia sostenida.

No es el gesto aislado lo que convence, sino el hábito nuevo. Y esto va con aquellos a quienes este cambio no conviene ¡porque comen del conflicto!

Venezuela está en un punto donde la interpelación debe quedar abierta. No por ingenuidad, sino por respeto a lo humano. ¡Este tiempo pascual nos recuerda que la vida puede renacer donde todo parecía clausurado!

Al final, la pregunta es personal: ¿estamos dispuestos a nuestra parte de responsabilidad (por mínima que parezca) y a cambiar nosotros mismos para acoger lo nuevo?

Como bien pudiera ir el dicho: chivo que se devuelve, a veces encuentra el camino. En este tiempo pascual del cristianismo, ese mismo mensaje tiene un sabor distinto: hay posibilidad de renacer, de que lo que parecía perdido vuelva a brotar, de que la libertad y la responsabilidad jueguen juntas. No es ingenuidad, tampoco milagro automático.

Quizá también para Venezuela —si sabemos reconocerlo y acogerlo— este no sea solo un tiempo de ajustes, sino el inicio de una verdadera novedad para el país.