El Concilio Vaticano II: un “Nuevo Pentecostés” que abrió las puertas de la Iglesia al mundo

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¿Cómo se vivió el Concilio Vaticano II por dentro? Para acercarse a lo que significó aquel acontecimiento para la Iglesia, puede ayudar la imagen del cenáculo: una comunidad reunida y abierta a la acción del Espíritu Santo, llamada después a salir al encuentro del mundo. La imagen de Pentecostés estuvo presente desde la preparación del Concilio. En su homilía del 5 de junio de 1960, durante la Solemnidad de Pentecostés, san Juan XXIII presentó las distintas etapas que debía atravesar el Concilio y sostuvo que el gran acontecimiento conciliar tomaría “cuerpo y vida en la doctrina y en el espíritu de Pentecostés”.

Dos años después, el 10 de junio de 1962, pocos meses antes de la apertura del Vaticano II, Juan XXIII volvió sobre la imagen de Pentecostés. En su homilía de ese día describió la misión de la Iglesia a partir de las palabras de Jesús a los apóstoles: “seréis mis testigos (…) hasta los extremos de la tierra”. También presentó aquella celebración como una anticipación de lo que ocurriría en el Vaticano el 11 de octubre, cuando comenzaría el Concilio.

En esa misma homilía, el Papa Juan XXIII dijo que el Vaticano II debía expresar a Cristo como “luz y sabiduría, como dirección y estímulo, como consuelo” para la vida humana. También relacionó el Concilio con las nuevas circunstancias de la humanidad, en un contexto de avances científicos, investigación y desarrollo técnico. La expresión “sale del recinto cerrado de sus cenáculos”, aparece cuando el Papa Juan XXIII describe el dinamismo de la Iglesia impulsada por Pentecostés.

Iglesia que aprende a mirar su tiempo

El 11 de octubre de 1962, al inaugurar solemnemente el Concilio Vaticano II, san Juan XXIII explicó que aquella asamblea debía presentar el Magisterio de la Iglesia teniendo en cuenta “las desviaciones, las exigencias y las circunstancias de la edad contemporánea”. Después de tres años de preparación, el Papa esperaba que la Iglesia pudiera mirar “intrépida” hacia el futuro y encontrar nuevas energías para su misión. En aquel mismo discurso, san Juan XXIII cuestionó las interpretaciones que veían únicamente decadencia y dificultades en la época contemporánea. Frente a los llamados “profetas de calamidades”, sostuvo que la Iglesia debía reconocer también las posibilidades que ofrecía el momento histórico que estaba viviendo.

Esta actitud quedó plasmada posteriormente en Gaudium et spes, la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. El documento comienza reconociendo que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias” de las personas de su tiempo son también los de los discípulos de Cristo, y afirma que la Iglesia se siente vinculada a la humanidad y a su historia. El documento conciliar plantea además que la Iglesia tiene el deber de “escrutar a fondo los signos de la época” e interpretarlos a la luz del Evangelio. Esta actitud debía permitirle responder a las preguntas permanentes de la humanidad y a las nuevas circunstancias de cada época.

La perspectiva no suponía abandonar la tradición cristiana. En el discurso de apertura, san Juan XXIII distinguió entre el contenido de la doctrina cristiana y las formas en que esta puede ser expresada. El Papa sostuvo que la doctrina debía conservarse en su integridad, pero que su presentación debía tomar en cuenta las formas de pensamiento contemporáneas.

La fe no se vive de espaldas a la vida

El Concilio presentó la fe en relación con las distintas dimensiones de la existencia humana. Gaudium et spes dedicó capítulos específicos a la dignidad de la persona, el matrimonio y la familia, la cultura, la vida económica y social, la comunidad política y la promoción de la paz.

La preocupación de la Iglesia, por tanto, no quedó limitada a cuestiones internas. El documento conciliar señala que la comunidad cristiana está llamada a compartir las alegrías y sufrimientos de la humanidad y a dialogar con el mundo en el que vive. Esta mirada ayuda a comprender uno de los cambios de perspectiva asociados al Vaticano II: la Iglesia no renuncia a su misión ni a su tradición, pero reconoce que para anunciar el Evangelio debe conocer las realidades en las que viven las personas.

En la apertura del Concilio, san Juan XXIII expresó precisamente esta preocupación al hablar de las “nuevas condiciones y formas de vida introducidas en el mundo actual”. El desafío consistía en presentar la enseñanza de la Iglesia de manera capaz de responder a las circunstancias de su tiempo.

El sueño de una Iglesia reconciliada y un mundo unido

La búsqueda de la unidad fue otra de las dimensiones importantes del Vaticano II. En su discurso inaugural, el Pontífice señaló entre los frutos esperados del Concilio el avance hacia la unidad de los cristianos. Esta preocupación se concretaría durante el desarrollo del Concilio en el Decreto Unitatis redintegratio, aprobado en 1964.

Unitatis redintegratio sostiene que promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los principales propósitos del Vaticano II. El documento propone, entre otros caminos, el diálogo entre cristianos, la oración y la colaboración en favor del bien común.

El Concilio también abrió un nuevo espacio para las relaciones con las religiones no cristianas. En Nostra aetate, aprobada en 1965, la Iglesia señala que considera con mayor atención sus relaciones con otras religiones y resalta aquello que puede conducir a la solidaridad y al encuentro entre los pueblos.

De esta manera, la unidad buscada por el Concilio no se limitó a las relaciones dentro de la Iglesia católica. Incluyó también el acercamiento a otros cristianos y una nueva actitud de diálogo y respeto hacia las religiones no cristianas.

Del cenáculo a los caminos del mundo

Visto desde hoy, el Concilio Vaticano II puede comprenderse como un momento en que la Iglesia decidió mirar de frente las transformaciones de su época. No se trataba de abandonar sus raíces, sino de preguntarse cómo vivir y comunicar el Evangelio en un mundo que estaba cambiando.

Las palabras de san Juan XXIII durante la preparación y apertura del Concilio permiten seguir este proceso. El Vaticano II constituye un antecedente importante para comprender el camino sinodal. La sinodalidad retoma hoy preguntas que ya estaban presentes en el impulso conciliar: cómo escuchar la realidad, cómo discernir los signos de los tiempos y cómo caminar juntos en la misiónGaudium et spes ofrece una referencia primordial para esta actitud de escucha al sostener que la Iglesia debe escrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio.

El “Nuevo Pentecostés” asociado al Vaticano II puede leerse como una invitación a no permanecer encerrados. Una Iglesia que conserva su identidad, pero que sale al encuentro, escucha, dialoga y busca reconocer la acción del Espíritu en la historia.

[Fuente: CELAM]