Por Bernardo Moncada Cárdenas
«Es en el mismo momento de la desgracia cuando uno se educa en la verdad». Albert Camus
Hay días en que el mapa de la patria duele como una herida abierta. Desde el pasado 24 de junio, cuando la tierra rugió y se ensañó con nuestro Litoral Central, Venezuela entera parece haber suspendido el aliento. No importa si estamos en los Andes, en los Llanos o a miles de kilómetros de distancia: nuestros ojos regresan, reiteradamente, a esas costas devastadas donde mar, montaña y dolor parecen haberse fundido en el paisaje.
Las imágenes de viviendas arrasadas, familias que buscan entre los escombros lo poco que la tierra permitió conservar, niños cuya mirada resume la desgracia, nos afectan más allá de la momentánea conmoción. Algo se rompe también dentro de quien contempla el sufrimiento. La desgracia ajena encuentra eco en nuestra propia interioridad.
Desde la diáspora, el costo espiritual atormenta. Sintiendo impotencia, se quisiera estar allí, removiendo escombros, abrazando, compartiendo el silencio de quienes han perdido todo.
Ese fenómeno tiene un nombre: “dolor vicario”. Es la capacidad de experimentar como propio el sufrimiento de otros. No es una enfermedad del alma, sino el precio de seguir siendo humanos. Quien permanece indiferente quizá conserve la tranquilidad, pero lo paga, ignorando algo mucho más valioso: la capacidad de reconocerse en el rostro del prójimo.
Ineludiblemente, surge entonces una de las preguntas más antiguas de la condición humana: ¿por qué ellos y no nosotros? ¿Por qué aquella casa y no la nuestra? ¿Por qué esa familia y no la mía? No es una pregunta curiosa ni estadística. Es el grito de un espíritu que busca sentido allí donde el sufrimiento parece repartirse con una arbitrariedad punzante.
Junto al alivio de seguir a salvo aparece, consecuentemente, la insidiosa culpa del sobreviviente. Comprendemos entonces que la empatía tiene un costo espiritual. Pocos pueden contemplar el dolor de un pueblo sin que algo se fracture también en su propio interior.
La empatía, por sí sola, no basta.
La empatía pertenece al mundo del sentimiento; la solidaridad, al de la decisión. Una da entrada al dolor; la otra impulsa a hacernos responsables ante él. Una conmueve el corazón; la otra pone en movimiento las manos.
Quizá por eso, en las horas más oscuras, aflora una de las mejores virtudes del venezolano. Los centros de acopio se van llenando; aparecen voluntarios, médicos, rescatistas, parroquias, organizaciones civiles y ciudadanos anónimos que ofrecen tiempo, recursos o simplemente presencia. La solidaridad convierte la emoción en compromiso, el infortunio del otro también nos implica.
Más allá de la solidaridad, y más profundamente, el desconocido deja de ser simplemente un compatriota o una cifra entre las víctimas para convertirse en un hermano. Es la caridad.
Entonces cambia también nuestra manera de ayudar. Ya no actuamos únicamente por sentido del deber o por responsabilidad cívica, sino porque el sufrimiento ajeno ha encontrado un lugar en nuestra propia vida. La ayuda deja de ser una acción y se convierte en gesto, en encuentro.
La tradición cristiana llama caritas a esa respuesta que no se conforma con aliviar una necesidad, sino que reconoce en cada persona una cercanía que nada podrá destruir. No reemplaza la justicia ni la solidaridad; más bien las lleva a su plenitud, recordándonos que ninguna sociedad puede reconstruirse solo con recursos materiales si antes no aprende a mirarse nuevamente como una comunidad fraterna.
Dejémonos cambiar por esa mirada, porque existe, por contrario, una empatía que se consume en las pantallas: la emoción intensa de unos días que pronto cede su lugar a la siguiente noticia, un sentimentalismo que puede tranquilizar la conciencia compartiendo posts, pero no alivia sufrimiento alguno.
La compasión no consiste en sufrir en lugar del otro, sino en sufrir con él para que no tenga que cargar solo con su cruz. Tengamos en cuenta, con Simone Weil, que «la atención es la forma más rara y pura de la generosidad». Esa diferencia, aparentemente sutil, separa una emoción pasajera de la decisión superviviente de reconstruir personas y comunidades.
Toda tragedia desnuda la fragilidad humana. Nos recuerda que habitamos un mundo donde la seguridad absoluta no existe y donde lo ignoto forma parte inevitable de la existencia. «Es en el mismo momento de la desgracia cuando uno se educa en la verdad»; aceptar que hay preguntas sin respuesta no equivale a renunciar a la certeza; significa vivir con servicio y humildad el misterio de que sigamos existiendo.
Concluyendo, mientras el dolor de un venezolano siga encontrando eco en el alma de otro, la esperanza hallará un lugar donde habitar. Las naciones renacen verdaderamente cuando el sufrimiento deja de ser noticia para convertirse en responsabilidad y termina por convertirse, sencillamente, en amor.
