Se sobrevive al vacío y el resto es solo un intento de ordenarlo. No se escribe, pues, para enseñar, sino para comprender. A menudo la comprensión real llega cuando ya no queda nadie a quien contársela, así que me lo cuento a mí mismo para no olvidar de nuevo. Las últimas palabras que aparecen en la libreta terminan en una mancha de tinta, como si hubiera intentado escribir dentro del apagón. A veces la miro, esperando que se complete sola, como una fotografía revelándose en directo. Me recuerda a los cuatrocientos años de silencio, el tiempo que hay entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, cuatro siglos durante los cuales Dios no dijo nada y simplemente se ausentó. Me atormenta que Dios se hubiera olvidado de nosotros o que nos diera por perdidos; que nos abandonara como a un perro en una gasolinera, quizá por desprecio a su obra, quizá por desprecio a sí mismo. El Antiguo Testamento termina con Malaquías, un profeta menor. Sus últimas palabras son un paréntesis que se queda suspendido en el aire, una frase que no termina. Habla del regreso de Elías, del mensajero que preparará el camino y del día terrible del Señor. Pero después no pasa nada. El libro se cierra y cae un telón que nadie sube durante cuarenta décadas. Es un final que no es un final, como la mancha de tinta al final de la libreta, un intento de seguir escribiendo cuando la luz se ha ido. Quizá así terminó también el Antiguo Testamento, en un gesto interrumpido, como si Dios hubiera intentado escribir una palabra más, pero se le hubiera derramado la tinta. Como si la historia se rompiera justo cuando iba a decir lo más importante.
Durante esos cuatrocientos años nadie oyó nada. No hubo profetas, ni sueños, ni ángeles tocando en mitad de la noche; tan solo un silencio espeso cuyo eco sigue resonando. Me gusta pensar que ese silencio también forma parte de la revelación: quizá Dios no hablaba porque no supiera qué decir sino porque lo sabía demasiado bien. Porque algunos silencios son castigo y otros, duelo. Yo no sé a cuál de los dos pertenecen esos cuatrocientos años, pero los imagino como un páramo en el que la gente seguía encendiendo velas sin saber si, al otro lado, habría alguien para verlas. El Antiguo Testamento acaba así, con un anuncio incompleto y una promesa que aguarda una respuesta. Es el final más triste que conozco: no es un punto final, sino una habitación vacía en la que aún huele a la persona que se ha ido.
A veces pienso que todo termina como Malaquías: con advertencias que no escuchamos, promesas que no cumplimos y un silencio que no sabemos interpretar. Y así descubro un país esperando, como esperaron ellos, que algo o alguien vuelva para hablarnos. Que después de tanto silencio aparezca, por fin, una voz que encienda la esperanza donde la tinta dejó de obedecernos.
