Imbuido de una cultura de frontera, en lugar del camino del odio y del nacionalismo, eligió el de la reconciliación y del encuentro. Así, el cardenal Jean-Claude Hollerich SJ, arzobispo de Luxemburgo, sintetiza la principal herencia humana y espiritual de aquel hombre de oración y de acción que fue Robert Schuman, uno de los arquitectos del proyecto de integración europea. De cara a la etapa en Metz, en la frontera franco-alemana, que el Papa León realizará el 28 de septiembre al término de su próximo viaje apostólico a Francia, la reflexión del purpurado sobre una figura clave de la historia del continente resulta extremadamente útil.
La frontera, no un muro sino un puente
La frontera no como muro de separación, sino como puente y lugar de fecundidad. Esta fue la experiencia del político francés Schuman, con quien el cardenal comparte los orígenes luxemburgueses. Schuman comprendió, recuerda Hollerich, que era posible defender la propia identidad sin considerar la de los demás como una amenaza. De la biografía de Schuman, el cardenal subraya su formación en el Athénée de Luxemburgo, que entonces tenía su sede en el antiguo colegio de los jesuitas, donde comenzó a consolidarse su fe cristiana, que tanto habría de impregnar la actividad política del estadista, orientándolo siempre en la búsqueda del bien común, de la justicia y de la paz.
La reconciliación, estrategia política y exigencia moral
En la célebre declaración del 9 de mayo de 1950, recuerda asimismo Hollerich, Schuman afirmaba que Europa no se realizaría de un solo golpe, ni como una obra global: nacería, en cambio, a través de realizaciones concretas capaces de crear ante todo «una solidaridad de hecho». El énfasis estaba, por tanto, no en las grandes declaraciones o en las bellas utopías, sino en la construcción, se diría «desde abajo», de cooperación y reciprocidad. «Los horrores de los campos de concentración le desgarraban el alma», afirma el cardenal, destacando que «después de los horrores de la guerra, habría sido comprensible querer buscar venganza. Schuman eligió, en cambio, construir una nueva relación con Alemania. Para un hombre profundamente cristiano como él, la reconciliación no podía ser solamente una estrategia política. Debía convertirse en una exigencia moral y humana».
Defender la patria sin despreciar la del vecino
«El ejemplo de Schuman demuestra que la vocación política tiene un sentido», añade el arzobispo de Luxemburgo. Ocurre cuando se convierte en «un lugar en el que las heridas de la historia son progresivamente transformadas en caminos hacia el futuro», cuando hombres y mujeres son capaces de ser «incansables artífices y constructores de paz». El cardenal está convencido de que «necesitamos jóvenes, hombres y mujeres de oración y de convicción, que no tengan miedo de lanzarse a la ‘jungla’ de la política para trabajar en favor de la paz y de la justicia. Desde esta perspectiva, la fe no es una huida de la realidad, todo lo contrario. Por esto, el proyecto europeo de Schuman sigue siendo, por tanto, profundamente actual», sostiene finalmente Hollerich. Se necesitan mujeres y hombres «capaces de mirar más allá de las fronteras sin renegar de la propia identidad, de defender la propia patria sin despreciar la del vecino y de transformar las diferencias en oportunidades de cooperación».
[Fuente: Vatican News]
