Hay alegrías que duran lo que dura un aplauso, un resultado favorable o la sensación de haber vencido. Jesús ofrece a sus discípulos una alegría más honda: no la que nace de dominar, sino la de tener el nombre escrito en el corazón del Padre.
Los setenta y dos regresan de la misión «llenos de alegría». Han visto que el anuncio de Jesús produce fruto; incluso los espíritus se les someten en su nombre. Es comprensible su entusiasmo. No vuelven con una teoría, sino con la experiencia de que el mal no es invencible y de que el nombre de Jesús tiene poder para liberar.
Sin embargo, Jesús introduce una corrección que no apaga su alegría, sino que la purifica: «No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».
No les prohíbe reconocer el bien que ha sucedido. Pero les advierte del peligro de apoyar la propia identidad en el éxito espiritual. Incluso una misión cumplida, una obra buena, una victoria moral o una capacidad recibida pueden convertirse en una trampa si el discípulo comienza a pensar que vale por lo que consigue.
Jesús desplaza el centro. La alegría decisiva no está en el poder ejercido, sino en el amor recibido. Antes de hacer algo por Dios, el discípulo es alguien conocido por Él. Antes de llevar fruto, tiene un nombre inscrito en el cielo.
El papa Francisco explicó este pasaje señalando que Jesús no quiere que los discípulos se alegren principalmente por el poder recibido, sino por el amor que los precede y sostiene: sus nombres están escritos en el corazón misericordioso del Padre.
La euforia que puede engañarnos
El Evangelio toca un punto delicado de la vida creyente. Es posible servir, evangelizar, enseñar, acompañar, organizar, rezar y hasta obtener resultados visibles, pero vivir interiormente atado a la necesidad de demostrar que uno sirve para algo.
También fuera de la Iglesia sucede. La cultura contemporánea mide con facilidad la valía personal por los indicadores de rendimiento: éxito profesional, reconocimiento social, seguidores, utilidad, imagen, influencia o dinero. Cuando esos apoyos se debilitan, aparece una inquietud profunda: si ya no soy admirado, si no produzco, si no logro lo esperado, ¿quién soy?
Jesús responde sin rodeos: eres alguien cuyo nombre está escrito en el cielo. No eres un número, una función ni un currículum. No eres solo tus heridas, tus fracasos o tu eficacia. Tu vida tiene un valor anterior a todo resultado porque Dios te conoce y te llama por tu nombre.
Eso no elimina el esfuerzo ni vuelve indiferente el trabajo bien hecho. Pero libera de convertir el resultado en un ídolo. El cristiano puede alegrarse cuando una tarea sale bien y puede sufrir cuando fracasa; lo que no debe hacer es entregar su identidad a ese vaivén.
El Padre se revela a los pequeños
Después de corregir a los discípulos, Jesús mismo «se llenó de alegría en el Espíritu Santo». Y da gracias al Padre porque ha escondido estas cosas a sabios y entendidos y se las ha revelado a los pequeños.
No es una condena de la inteligencia, del estudio ni del pensamiento serio. La Iglesia los necesita. Jesús no enfrenta la fe con la razón. Denuncia otra cosa: la autosuficiencia de quien cree que puede encerrarse en su propio saber y ya no necesita recibir nada.
Los pequeños no son quienes saben menos, sino quienes se dejan enseñar. Son quienes reconocen que la verdad no es una posesión que pueden exhibir, sino un don que se acoge. La fe madura no se vuelve infantil; se vuelve filial.
El discípulo verdadero puede estudiar, trabajar, decidir y asumir responsabilidades, pero conserva una pregunta humilde: «Señor, ¿qué quieres mostrarme?». Esta humildad es condición para reconocer a Cristo. A quien se cree dueño de todo le cuesta recibir. A quien se sabe necesitado puede asombrarse.
Jesús llama bienaventurados a los ojos que ven lo que los profetas y reyes desearon ver. Los discípulos no tienen una posición privilegiada porque sean mejores que otros, sino porque se les ha dado contemplar el cumplimiento de la promesa: Dios está cerca, el Reino ha llegado, el Hijo revela el rostro del Padre.
Francisco de Borja y la libertad ante el prestigio
San Francisco de Borja conoció desde dentro el peso del apellido, la autoridad y el reconocimiento. Nació en una de las familias más poderosas de su tiempo, fue duque de Gandía y sirvió en la corte de Carlos V. Tenía cuanto podía alimentar una vida construida sobre el prestigio.
Pero un encuentro decisivo con la caducidad de la belleza y del poder le llevó a preguntarse qué permanece cuando el éxito se apaga. No descubrió que el mundo fuera malo ni que la responsabilidad pública careciera de valor. Descubrió que ninguna de esas cosas podía darle una identidad definitiva.
Tras la muerte de su esposa y después de ordenar su vida familiar, ingresó en la Compañía de Jesús. Llegó a ser su tercer superior general y puso sus capacidades de gobierno, su formación y su experiencia al servicio de la Iglesia. Su conversión no fue una fuga de la realidad, sino el paso de una vida organizada alrededor del prestigio a una vida entregada a Cristo.
Francisco de Borja no dejó de ser capaz. Dejó de vivir para demostrar su capacidad. Ésa es la libertad que el Evangelio ofrece a los setenta y dos: usar los dones sin quedar poseídos por ellos; servir sin apropiarse de los frutos; aceptar una misión sin transformarla en una carrera personal.
Cuando el bien no nos pertenece
Jesús dice a sus discípulos que el poder sobre el mal actúa «en tu nombre». Ésta es la frontera que protege toda misión. Lo bueno que hacemos no brota de nuestra autosuficiencia; es gracia recibida.
Olvidarlo puede producir dos deformaciones. La primera es la soberbia: atribuirnos los frutos, despreciar a otros y pensar que Dios necesita nuestra brillantez. La segunda es el desaliento: creer que, si no logramos resultados rápidos, ya no servimos para nada.
Ambas miradas giran demasiado alrededor de nosotros mismos. Jesús propone otra: volver al Padre. Allí la alegría no desaparece cuando disminuyen los aplausos, porque está sostenida por una certeza más profunda.
Esto se verifica de modo especial en las obras pequeñas y escondidas: el catequista que prepara una sesión para pocos niños, quien acompaña durante meses a un familiar enfermo, una madre o un padre que perseveran en la educación sin ver todavía fruto, la persona que pide perdón aunque no reciba una respuesta inmediata, quien sostiene con oración una causa que nadie conoce.
Nada de eso es insignificante si se vive unido a Cristo. El cielo no registra solo aquello que el mundo considera espectacular.
La alegría de tener un nombre
El Evangelio termina con una palabra de gratitud y de promesa. Jesús se alegra porque el Padre revela su amor a los pequeños; y los discípulos son llamados bienaventurados porque ven lo que muchos esperaron contemplar.
La fe cristiana no consiste en vivir bajo presión para ganar el amor de Dios. Consiste en responder al amor que ya nos ha alcanzado. Por eso el discípulo puede trabajar, servir, anunciar, combatir el mal y buscar la justicia sin hacer de todo ello una prueba desesperada de su propio valor.
San Francisco de Borja aprendió que los títulos, la belleza, el dinero y el poder no bastan para sostener una vida. Su historia sigue siendo actual en un tiempo que multiplica las formas de ser visto y, a la vez, deja a tantas personas sin saber quiénes son cuando se apagan las pantallas y los reconocimientos.
Jesús no nos pregunta hoy cuántas victorias hemos acumulado. Nos recuerda algo más íntimo y más firme: nuestro nombre está inscrito en el cielo.
Y ésa es una alegría que ningún fracaso puede arrebatarnos.
[Fuente: Religión Digital]
