Andrianarison Matriniaha toca la armónica, vive en la región de París y es protestante. El sábado se plantó en los Campos Elíseos para ver pasar a León XIV y le confesó a Le Monde su sorpresa: no sabía que en París hubiera tantos creyentes.
Su tía había volado desde Madagascar solo para asistir a la gran misa que celebró el pontífice en la Plaza de la Concordia. Grababa con el móvil una multitud que agitaba banderas blancas y amarillas, maravillada de ver juntas a personas de todos los orígenes, algo muy poco habitual en su isla.
La anécdota resume mejor que cualquier encuesta lo que ha pasado en Francia estos cuatro días. Un país conocido por su laicismo, en el que cualquier símbolo religioso está terminantemente prohibido en todo lo que tenga que ver con lo público o el estado, descubrió de pronto que Dios sí tenía algo que decir en él. El descubrimiento no se celebró en silencio sino que el debate se ha formado especialmente en la opinión pública.
Unos números espectaculares
Según el Vaticano, 800.000 personas asistieron a la misa de la Concordia. Le Monde, conocido por su tendencia liberal de izquierda, tituló su crónica con dos adjetivos que en Francia valen el doble: un Papa tranquilo y unificador. Hubo 17.000 voluntarios, 15.000 policías y gendarmes y un presupuesto de 27 millones de euros.
Ni uno de estos euros salió de las arcas públicas, sino que lo aportaron los fieles y en última instancia la Conferencia Episcopal. En su homilía, ante católicos fervientes, curiosos y varios candidatos a la presidencia de la República, el Papa habló de la sed de trascendencia, pero también de la defensa de la vida.
La presencia de esos candidatos no es un detalle menor. Faltan siete meses para las elecciones presidenciales, y en la política francesa nadie se deja ver en una misa por casualidad, especialmente en un país en el que el propio Macron solo participó en lo estrictamente necesario, como marcan las reglas de un país que evita ante toda costa el término confesional.
«Justa», no «verdadera»
El viernes en el Elíseo, después de escuchar a Emmanuel Macron, León XIV subió al mismo atril y puso las bases de lo que repetiría los siguientes días por activa y pasiva: la justa laicidad no consiste en excluir la religión del espacio público ni de la educación, sino en que el Estado y las instituciones religiosas dialoguen y unan fuerzas al servicio del bien común.
En España se ha traducido como «verdadera laicidad», pero el Papa dijo juste, «justa». No enmendaba la totalidad a la República; le proponía un punto de equilibrio. Es la diferencia entre corregir a alguien y ofrecerle una alternativa.
Macron escuchó, recibió al Papa con todos los honores y después no acudió a la misa de la Concordia ni a ninguna otra celebración religiosa del viaje, a excepción de a Metz, donde saludó a algunos de los fieles presentes en la catedral. La laicidad también tiene sus propias liturgias y normas.
Lourdes: el aplauso más incómodo
El tono subió en Lourdes. Por la mañana, ante los obispos, el Papa defendió que la palabra de la Iglesia tiene pleno derecho a participar en el debate público francés. Por la tarde, ante enfermos y personas con discapacidad, dijo que es imposible considerar normal dar la muerte y que lo legal no es necesariamente moral. Los aplausos fueron largos.
El destinatario tenía nombre y fecha: la ley que reconoce un derecho a la ayuda para morir, aprobada por el Parlamento francés el 15 de julio. Era la segunda vez en tres días que el Papa cargaba contra ella, después de su encuentro con Macron. Olivier Falorni, el exdiputado que impulsó el texto, dijo no sorprenderse.
La guerra de los platós
Aquí empieza lo interesante. Porque si algo ha dejado la visita, además de fotos, es una opinión pública muy dividida.
En un lado están los conversos del momento, aunque no a la fe, sino a la evidencia. Estelle Denis, presentadora de Estelle Midi en RMC Story, había debatido en antena si se estaba exagerando con el Papa. Ella pensaba que sí. Después de la vigilia escribió en la red social X que se había equivocado totalmente.
No es creyente, explicó, pero se dejó arrastrar por aquella alegría contagiosa. El JDD recopiló reacciones parecidas de no creyentes, agnósticos, ateos y fieles de otras religiones: les había sentado de maravilla, habían palpado algo universal, una bocanada de paz, decían. Otro presentador, Mohamed Bouhafsi, insistió también en una emoción que desbordaba a los católicos y que se contagiaba a las calles de la capital.
En el otro lado, los que se niegan a dejarse impresionar. Patrick Cohen, editorialista político de France Inter, la radio pública, redujo a los asistentes a una minoría practicante. La respuesta llegó desde el programa de Pascal Praud en Europe 1, donde el exdiputado Georges Fenech preguntó qué placer encuentra Cohen en herir a los católicos.
El propio Praud había escrito el día anterior que los católicos están ahí y, con ellos, una cierta idea de Francia. Y fue más lejos: el espacio mediático, dijo, no refleja la realidad en muchos terrenos. Sin embargo, más de un millón de personas no quisieron perderse este acontecimiento, en cualquiera de sus citas.
Tampoco faltaron los escépticos de oficio. Jean-Loup Adenor, redactor jefe adjunto de Charlie Hebdo, muy crítico y ácido con la Iglesia, admitió que ver a gente confesándose en los Campos Elíseos le inquietaba. Por otro lado, Bernadette Sauvaget, especialista en religión de Libération, calificó de «cutre» el decorado de la vigilia del Stade de France.
Merece la pena fijarse en lo que discuten unos y otros. Los críticos cuestionan la escenografía, el gasto y la cercanía entre Iglesia y Estado. Sin embargo, casi nadie cuestiona la afluencia y el impacto, al menos mediático, en el país.
Los que intentan entenderlo
¿Y qué piensan los intelectuales? El politólogo Olivier Roy explicó en Mediapart que los jóvenes de entre 16 y 25 años no viven la religión como una identidad que defender, sino como una búsqueda de sentido y de espiritualidad.
El historiador Jean-François Colosimo, en el programa C Ce Soir de France 5, describió la visita como un paréntesis encantado en una Francia llena de divisiones, hostilidad e inestabilidad. A su juicio, León XIV defiende el Estado de derecho y un mundo en el que todavía podemos hablarnos.
No obstante, los encuentros no estuvieron libres de sombras. El encuentro del Papa con siete víctimas de abusos sexuales generó tensiones, y sus matices posteriores sobre el carácter sistémico de esos abusos y las heridas que han producido. También, durante los días previos a la visita, este fue un tema candente en los medios y la conversación sobre la visita del pontífice.
«Buscan algo»
El propio León XIV parecía tan sorprendido como sus anfitriones con los resultados de la visita. En el Instituto Católico de París se declaró maravillado por el número de personas que hoy llaman a la puerta de la fe, como es el caso de la explosión de nuevos catecúmenos que vive hoy Francia. En el avión de vuelta, con los periodistas, al recordar a los 80.000 jóvenes del Stade de France, lo resumió sencillamente: buscan algo.
Quizá esa sea la frase que mejor explica la guerra de los platós. Unos han visto en la calle una minoría ruidosa; otros, una mayoría silenciosa que por fin hablaba. Pero todos la han presenciado. En la Francia de la laicidad, que Dios vuelva a ser motivo de pelea en horario de máxima audiencia ya es, en sí mismo, una noticia.
[Fuente: Diego Peralta – Religión en Libertad]
