Mons. Biord: Jesús ha resucitado de entre los muertos. Él es nuestra alegría y nuestra esperanza

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Hoy la Iglesia celebra el día más grande de la historia: la fiesta de pascua. Resuenan las campanas del corazón. Jesús ha resucitado de entre los muertos. Él es nuestra alegría y nuestra esperanza. Como iglesia celebramos, damos testimonio y anunciamos su Resurrección.

El domingo, bien temprano, María Magdalena fue al sepulcro, y vio la piedra quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y Juan, a darles la buena noticia: el sepulcro estaba vacío, porque el Señor resucitó. Esa misma tarde el Resucitado aparece a los discípulos y a María Magdalena. Los encuentros con el Resucitado confirman su fe.

Grito invencible de alegría por su resurrección. Los discípulos descubrieron que las palabras del Maestro tenían sentido, que su modo de ser y actuar era válido, que toda la esperanza que habían depositado en él no quedaba defraudada y que Dios daba su visto bueno a todo. La resurrección significa que el amor vence ante el odio, que el perdón supera la venganza, que la vida se impone ante la muerte. La última palabra no es la tristeza de la pasión y el llanto del viernes santo, sino la vida y la alegría de la pascua.

La alegría cristiana no es ingenua, sino que es puesta a prueba. La cruz es la garantía de la alegría. Las bienaventuranzas nos hablan de una alegría que nace precisamente de la prueba. Jesús nos enseña que el discípulo auténtico es aquel que en todas las situaciones negativas (persecuciones, calumnias, injusticias, violencias, enfermedades, exilio…) descubre en ellas una fuerte presencia de Dios. Aprende a alegrarse ahí donde humanamente se sufre, a sentirse valioso a los ojos de Dios aun cuando no cuentes para otros, a disfrutar de las pequeñas alegrías de la vida, de la naturaleza, de la fuerza de los débiles, de la riqueza de los pobres.

Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación y encontrar la fuerza de la resurrección. Pedro en su discurso, que escuchamos en la primera lectura afirma: Nosotros somos testigos de todo lo que hizo Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos. Lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día.

El deseo ardiente del corazón de vivir y de vivir para siempre tiene en la resurrección de Jesús la respuesta adecuada por parte de Dios. La muerte ha sido vencida, está consumada, ha sido transformada en vida por medio del Dios que Jesús defendió hasta la muerte.

El resucitado nos confió a los discípulos el encargo de predicar, de anunciar el Evangelio, de suscitar un encuentro personal con el resucitado, de convertirnos a su amor, de comprometernos a vivir en serio nuestro bautismo, de incorporarnos a la causa de Jesús y a ser sembradores de esperanza.

¡Jesús ha resucitado! Y nadie ya podrá jamás volver a darle muerte. ¡El hombre está vivo! Y esta plenitud de Vida, sin luto, sin llanto ni dolor, sin amenaza alguna, es la Verdad y la Esperanza que guían nuestro vivir y nuestro obrar. Él, lucero que no conoce ocaso, hace que ya no sea noche en el corazón creyente. Y su Paz, no como la da el mundo, se ha convertido para cada uno de nosotros en don y tarea. Y nos hace hijos de la Luz, portadores de Esperanza, sembradores de Amor.

[Homilía de monseñor Raúl Biord, arzobispo de Caracas, 4 de abril de 2026]