Por Ricardo Combellas:
En los años sesenta puedo dar fe que la juventud demócrata cristiana universitaria estudiaba con seriedad las bases doctrinales de su pensamiento y de su acción, en lo cual ocupaba un lugar central la Doctrina Social de la Iglesia y su manifestación más cercana a la temporalidad: las encíclicas papales. Nos formamos en el Instituto de Formación Demócrata Cristiana (Ifedec) y su director era nuestro admirado maestro Arístides Calvani. Recuerdo que seguíamos un texto guía elaborado por Roger Vekemans, que distinguía tres planos en la construcción de nuestro ideario: el plano de la Doctrina, que estudiaba los principios y valores fundamentales; el plano de la Ideología que recogía los planteamientos programáticos del partido, y el plano de la política, entiéndase la praxis de la cotidianidad del quehacer de los hombres y mujeres, líderes y militantes, que conducían la vida del movimiento político, es decir, del partido y sus afiliados, sin descuidar nunca a sus simpatizantes.
Para nosotros era familiar el conocimiento y lectura de las encíclicas sociales de los Papas, pues constituían el centro, el meollo de los planteamientos doctrinales, en un ambiente no solo de mucho debate y confrontación de ideas, como fueron los sesenta, años en que se publicaron dos de mis encíclicas favoritas, por lo demás muy influyentes, aunque su mensaje ha debido calar más hondo: Pacem in Terris de Juan XXIII y Populorum Progressio de Pablo VI, a lo que se sumaba la enorme relevancia de los documentos aprobados por el Concilio Vaticano II, de manera especial la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spes.
Una definición que nos orienta sobre el sentido de la doctrina social de la Iglesia nos la da Jean Villain: “La doctrina social de la Iglesia no es una doctrina muerta, sino una idea viva que se desarrolla poco a poco; así, pues, no hay medio de estudiarla seriamente sin recurrir al método histórico; es necesario observar cómo el pensamiento de los Pontífices se precisa y se desenvuelve en cada tema a medida que se modifican las doctrinas, las instituciones y las circunstancias”. Hago esta cita para destacar la angustia que trasmite la encíclica de León XIV ante el poder tecnológico y sus deletéreas consecuencias para todos y en todas las circunstancias de nuestras vidas.
El mérito de la encíclica del Papa León XIV es su valentía en denunciar las acciones de una oligarquía con mucho poder, apoyada por sectores que no dudó en calificar de neofascistas, enquistados tanto en el poder político como en el poder económico, y plantear la necesidad perentoria de enfrentarlos por todos los medios legítimos que sean necesarios, pues lo que está en juego no es poca cosa: frente al individualismo hay que oponer la dignidad eminente de la persona humana; frente al poder descontrolado, el Estado de derecho; frente a la desigualdad esclavizante, la protección de los necesitados; frente a la deshumanización, un humanismo integral donde comulguen todas las religiones; frente al egoísmo la solidaridad; frente al control asfixiante del poder político, la subsidiariedad. En suma, de la encíclica brota una grave preocupación por salvar al hombre de las garras del uso y abuso descontrolado del poder digital y la IA.
Un punto dentro de tantos puntos que merecen crucial atención y que deseo destacar, nos concierne directamente a los venezolanos en la hora actual y en lo cual insiste la encíclica. Consiste en la reivindicación del diálogo, al cual se cierran algunos sectores relevantes de la sociedad venezolana actual. En palabras de León XIV: “Para construir la civilización del amor debemos ejercitar el diálogo. Este es el principal instrumento de la convivencia entre las personas y los pueblos, y es la alternativa al conflicto abierto… A nivel político, es urgente pasar de la ‘cultura del poder’ a una auténtica cultura de la negociación”.
Bienvenida Magnifica Humanitas. Su lectura es un llamado a la acción y la meditación, hagamos votos porque ayude a que renazca la civilización del amor.
[Fuente: El Nacional]
