Pbro. Alfredo Infante: Reconstruirnos desde la Fe y la Solidaridad

Iglesia Noticias

Homilía: Reconstruirnos desde la Fe y la Solidaridad
(A la luz de Jr 3, 14-17; Mt 13, 18-23)

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Nos reunimos hoy con nuestros corazones cargados de preguntas, dudas,
dolores, indignación, solidaridad y esperanza ante lo vivido. A un mes exacto
del doble sismo —ese fenómeno natural que en nuestro país se transformó en
una tragedia humanitaria— que arrebató la vida a miles de hermanos nuestros
y empobreció aún más a una nación que venía ya de herida en herida, de
conflicto en conflicto—, aquí estamos, dispuestos a resurgir con nuestras
heridas abiertas, expuestas y doliendo. Confiamos en que, por la gracia del amor
de Dios, la solidaridad de los hombres y mujeres de buena voluntad, y la calidad
de la tierra de nuestros corazones, nos reconstruiremos y resurgiremos en medio
de tanta adversidad.

Elevamos nuestras oraciones por los familiares de las víctimas de esta inmensa
tragedia. No hay dolor humano comparable a la pérdida de un ser querido, al
silencio repentino en el hogar o a la angustia de las horas de búsqueda. Es el
clamor de un pueblo golpeado que, contemplando los escombros y con más de
5.300 fallecidos confirmados, más de 16.000 heridos, casi 18.000 damnificados
y alrededor de 50.000 desaparecidos, levanta la voz impotente, esperando el
auxilio y la sabiduría para afrontar este ingente desafío que nos convoca:
resurgir renovados de las cenizas.

Como pueblo creyente, nos acompaña la certeza del misterio de la compasión;
esa convicción de fe, existencial e histórica, de que el dolor compartido desde
el amor es una fuerza consoladora y creadora incontenible, sostenida por la
fuerza de Dios. Por eso, hoy queremos celebrar toda la solidaridad samaritana
desplegada al servicio de la vida, desde el gesto más pequeño hasta el más
visible, así como también todos los esfuerzos nacionales e internacionales para
rescatar vidas. Ahora, en esta nueva fase, asumimos el desafío de largo aliento
de reconstruir la nación y reconstruirnos como pueblo.

El profeta Jeremías habla a un pueblo que ha padecido, como nosotros, muchas
desgracias históricas, que ha sufrido las injusticias y el abuso del poder; ante
ese contexto, les anuncia que Dios les ama, que es fiel y que les acompaña:
«Vuelvan… «Porque yo soy su esposo»» (Jr 3, 4). Y esta promesa histórica de
Dios la concreta diciendo: «Él levantará pastores conforme a su corazón» para
guiarnos con conocimiento e inteligencia (Jr 3, 15). La reconstrucción que Dios

promete pasa por la conversión de los modos de ejercer el liderazgo a todos los
niveles (religioso, social, económico y, muy especialmente, político).

En este nuevo momento histórico, necesitamos de una conversión profunda y,
especialmente, de un liderazgo creíble que entienda y asuma la vida de sus
hermanos, de sus conciudadanos, como tierra sagrada. Requerimos «pastores
conforme a su corazón» que entiendan que nuestras niñas, niños y adolescentes
tienen derecho al acceso a una educación de calidad, a la salud, a la vivienda
digna, a la libertad de conciencia, de organización y al trabajo, entre otros.

Porque no se trata solo de reconstruir, sino sobre todo de reconstruirnos, para
habitarnos y reencontrarnos. Por la memoria de tantas víctimas y para reparar
tanto dolor, estamos llamados a nacer de nuevo, del Espíritu.

Pero toda esta promesa de restauración encuentra su cumplimiento pleno, su
clave y su centro en las palabras de Jesús que acabamos de proclamar en el
Evangelio de Mateo: la explicación de la Parábola del Sembrador. Jesús nos
dice que todo pasa por la cualidad del suelo de nuestro corazón ante la palabra
de esperanza.

Analicemos este Evangelio de cara a nuestra tragedia nacional:

1. El peligro del camino: El corazón endurecido por la crisis
Jesús nos habla de la semilla que cae junto al camino, donde vienen las aves y
la comen porque el suelo está endurecido (Mt 13, 19). Hermanos, Venezuela
viene herida por años de crisis acumuladas, y este doble sismo de magnitudes
7.2 y 7.5 ha sido un golpe devastador. El gran peligro espiritual que corremos
hoy es que el dolor, la frustración y el luto endurezcan nuestro corazón como el
suelo de un camino pisoteado. Cuando el corazón se endurece por la amargura,
la esperanza no puede echar raíces. Por eso, hoy le clamamos al Buen Pastor:
«Sana nuestro dolor, ablanda nuestra tierra, no dejes que la desesperación nos
robe la fe».

2. El peligro del terreno pedregoso: La emoción sin raíz

Luego, Jesús menciona el terreno pedregoso: aquel que recibe la palabra con
alegría, pero, al no tener raíz, se marchita en cuanto llega la tribulación o la
persecución (Mt 13, 20-21). ¡Qué advertencia tan actual! Hoy, a un mes de la
tragedia, la conmoción sigue viva, la ayuda internacional está presente y la
solidaridad nos desborda. Pero la reconstrucción de las vidas rotas de Yaracuy,Falcón, Carabobo, La Guaira, Caracas, Miranda y de todo el país no será
cuestión de unos meses.

Cuando las cámaras se apaguen y la ayuda inmediata disminuya, necesitaremos
raíces profundas. Los familiares de las víctimas y los damnificados en los
refugios necesitarán nuestro acompañamiento constante. Nuestra fe y nuestra
solidaridad no pueden ser una emoción pasajera sobre piedras; tienen que echar
raíces profundas en la constancia y el compromiso a largo plazo. Para ello,
necesitamos planes personales y colectivos a corto, mediano y largo plazo.
Tenemos que aprender a encauzar nuestras energías para no abandonar el
camino integral de la reconstrucción.

3. El peligro de los espinos: Las urgencias que ahogan la vida
Ante tanto daño, y guiados por el deseo y el impulso de hacer el bien, es fácil
dispersarnos, hacer muchas cosas sin dirección y terminar ahogados. San
Ignacio nos recomienda «poner modo y orden», focalizar los esfuerzos y
discernir «el impulso del amor» y «el impulso del bien», de modo que, al
ordenar nuestras acciones, estas sean fecundas a favor de la vida y de la
convivencia justa y fraterna. Los pequeños logros, orientados hacia el gran
horizonte que anhelamos, son fundamentales para que no se ahogue la semilla
de la esperanza.

4. La buena tierra: El corazón que escucha, comprende y da fruto
Llegamos así al mensaje central y a la gran promesa del Evangelio: «El que fue
sembrado en tierra buena es el que oye la palabra y la comprende, y fructifica»
(Mt 13, 23). Queridos hermanos, ¿dónde está la tierra buena en Venezuela hoy?
La buena tierra son ustedes. Son los familiares de las víctimas que, en medio de
las lágrimas, sostienen la fe de sus hogares. La buena tierra son todas aquellas
personas, instituciones y misiones aliadas que, coordinando esfuerzos con
inteligencia y conocimiento —como pedía Jeremías—, se han convertido en los
pastores según el corazón de Dios que cuidan la vida.

Y, sobre todo, la buena tierra es seguir trabajando para que la verdad, la belleza
y el bien se conviertan en las rutas para reconstruir y reconstruirnos como país.
Que en Venezuela, a ejemplo de Japón y Chile, logremos aprender a convivir
con nuestra geografía y construyamos una cultura sísmica, donde estos
fenómenos naturales no se transformen en tragedias humanitarias.

Con la Parábola del Sembrador, Jesús nos muestra que el templo de Dios es el
corazón humano que se hace «tierra buena» y, al mismo tiempo, nos enseña a
convivir en armonía con nuestra tierra.

Amén.

Colegio San Ignacio de Loyola-Caracas

Viernes 24 de Julio, 2026