«Lo que sucedió con Judas […] ya no es explicable psicológicamente. Ha caído bajo el dominio de otro: quien rompe la amistad con Jesús […] no alcanza la libertad, sino que […] se convierte en esclavo […] Su segunda tragedia […] es que ya no logra creer en el perdón». — Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret
Eso que recordamos con tanta intensidad en Semana Santa no es algo lejano ni exclusivo de unos pocos personajes bíblicos. Es, más bien, un espejo bastante incómodo. Porque, si somos honestos, todos —de una forma u otra, una que otra vez— hemos traicionado lo mejor que llevamos dentro. A veces con lo que hacemos, otras con lo que dejamos de hacer.
La Biblia está llena de caídas: Pedro, Judas, David, Salomón, Jonás… No son historias para juzgar desde lejos, sino para reconocernos en ellas.
En el caso de Judas, lo que impresiona no es solo la traición. Es lo que viene después. Como señaló el Papa Ratzinger, el problema no es simplemente que él falle, sino que deja de creer que puede ser perdonado. Y ahí es donde todo se rompe de verdad.
Judas parece querer “ser libre” a su manera, soltándose de la relación con Jesús. Pero esa supuesta libertad termina siendo otra forma de esclavitud: se entrega al poder, al cálculo, al “te doy para que me des”. Cambia una amistad real por treinta monedas. Y en ese juego, el perdón ya no tiene espacio.
Porque el perdón —ese “dar de más”, ese regalar sin medida— no funciona en la lógica del intercambio. No es negocio. Es otra cosa, aunque pueda traer ganancias.
Y entonces pasa lo más trágico: Judas se arrepiente, sí, pero su arrepentimiento no le abre una puerta, sino que lo encierra. Se queda atrapado en su propia oscuridad. Ya no logra ver la luz. Y cuando uno deja de creer que puede ser perdonado, todo se vuelve asfixiante.
Por eso su drama no es tan lejano como parece. Tiene mucho que ver con nosotros. También hoy hay una gran dificultad para perdonar… y para dejarse perdonar. A veces porque la realidad no cumple nuestras expectativas; otras, porque preferimos aferrarnos al resentimiento antes que dar el paso de soltar.
En el fondo, es una forma de “repudiar la luz”.
Aquí resulta muy iluminador lo que escribe Hannah Arendt en La condición humana. Ella subraya algo sorprendente: el perdón no es solo un acto “religioso” o lejano, sino una experiencia profundamente humana que ocurre entre nosotros. Más aún, lo entiende como la posibilidad de comenzar de nuevo. Sin el perdón —dice en el fondo— quedamos atrapados para siempre en las consecuencias de lo que hicimos, sin salida posible.
Perdonar, entonces, no es simplemente “pasar la página”; es abrir una página nueva.
Y eso cambia todo. Porque significa que el pasado no tiene la última palabra. Que incluso después de la traición, del error o del fracaso, puede surgir algo distinto.
Ahí está la diferencia decisiva con Judas: no en la caída, sino en no creer que era posible un nuevo inicio. Se quedó encerrado en su error, como si fuera definitivo.
Y, sin embargo, la experiencia cristiana insiste en lo contrario: la luz sigue estando, incluso cuando uno ya no la ve.
Ahí está nuestra verdadera libertad. Sí, podemos traicionar, fallar, equivocarnos. Pero también podemos volver, aprender y —sobre todo— perdonar y dejarnos perdonar.
Porque mientras exista el perdón, nos recuerda también la formidable Arendt, siempre existe la posibilidad de empezar otra vez.
