Santa Sede: El desarme de las municiones en racimo no es un signo de debilidad

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La protección de la población civil, la asistencia a las víctimas y la prevención de un mayor sufrimiento deben volver a ocupar un lugar central en los esfuerzos internacionales para combatir las municiones en racimo. Este es el llamamiento que la Santa Sede hace a los Estados reunidos en Vientiane, Laos, para la Tercera Conferencia de Examen de la Convención sobre Municiones en Racimo. El arzobispo Ettore Balestrero, jefe de la delegación de la Santa Sede, hizo esta declaración, ayer, al intervenir en el punto del orden del día dedicado a la determinación de poner fin al sufrimiento y a las víctimas causadas por estos artefactos.

Llamamiento a los Estados para que se adhieran a la Convención

Dieciséis años después de la primera reunión de los Estados Partes, celebrada en Vientiane, Balestrero comenzó expresando la cercanía de la Santa Sede «a todas las víctimas y sus familias», recordando los logros alcanzados por la Convención. El tratado estableció la prohibición de las municiones en racimo e introdujo disposiciones para la asistencia a los afectados, contribuyendo así a salvar vidas inocentes. Sin embargo, la situación internacional plantea nuevas preocupaciones.

La universalización de la Convención, observó el arzobispo, «avanza a un ritmo lento», mientras que un Estado Parte incluso se ha retirado del acuerdo. De ahí el llamamiento de la Santa Sede a todos los países que aún no son parte para que se adhieran con prontitud y la implementen plenamente.

Armas con consecuencias devastadoras

La advertencia de Balestrero fue particularmente clara respecto a la persistencia de las municiones en racimo en zonas de guerra. La Santa Sede, afirmó, «deplora» que estas armas, a pesar de sus devastadoras y duraderas consecuencias para las personas y los territorios, sigan «produciéndose, almacenándose, transfiriéndose» y, aún más grave, utilizándose en conflictos armados. Los efectos no terminan con el ataque. Los artefactos explosivos sin detonar siguen representando una amenaza, y las consecuencias afectan a comunidades enteras.

«Estas armas infligen heridas que desgarran el tejido mismo de la vida», enfatizó el diplomático vaticano, perjudicando no solo a los individuos, sino también a las comunidades y a «la red más amplia de sus relaciones con toda la familia humana».

El desarme no es un signo de debilidad

En su intervención, Balestrero recordó la dimensión moral de los acuerdos internacionales de desarme. Los tratados humanitarios no representan meras obligaciones legales, sino que constituyen «compromisos morales con las generaciones presentes y futuras». Respetar y promover los acuerdos de desarme, enfatizó, «no es señal de debilidad». Al contrario, significa asumir la responsabilidad de salvaguardar la vida humana, construir la paz y defender a los más vulnerables y a las numerosas personas inocentes que siguen sufriendo la crueldad del conflicto y su legado mortal.

Por consiguiente, la Santa Sede reitera su llamamiento a los Estados para que sean «decididos a promover negociaciones efectivas sobre desarme y control de armas» y a fortalecer el derecho internacional humanitario, reafirmando la dignidad de todo ser humano y la centralidad de la persona. Este, recordó Balestrero, haciéndose eco de las palabras del Papa León XIV, es «el camino del desarme en la diplomacia».

Más de 2,89 billones de dólares para armas

El desarme también está estrechamente vinculado al desarrollo. La Convención sobre Municiones en Racimo, explicó el arzobispo, sitúa a la persona en el centro y demuestra el vínculo inseparable entre desarme y desarrollo. Esta relación es aún más evidente dada la cantidad de recursos destinados al gasto militar. Balestrero recordó que, en el último año, el gasto militar mundial superó los 2,89 billones de dólares. Esta cifra desproporcionadamente alta de recursos humanos y económicos representa, según la Santa Sede, un grave desequilibrio en comparación con los limitados medios destinados a satisfacer las necesidades básicas de la población y promover el desarrollo humano integral.

Desde Vientiane, por lo tanto, surge la esperanza de que la Conferencia no se limite a reafirmar principios, sino que produzca resultados tangibles y significativos. El objetivo declarado por la Santa Sede es transformar el legado mortal y el sufrimiento causados ​​por las municiones en racimo en un mensaje de esperanza, mediante acciones concretas en favor de las víctimas y del desarrollo de los países que aún sufren las consecuencias de la presencia de estos artefactos.

[Fuente: Vatican News]