Por Cardenal Baltazar Porras
Hoy, 10 de mayo, segundo domingo del quinto mes del año dedicado a la Virgen María se celebra en Venezuela el Día de la Madre. Con el salmo 137 exclamamos “cómo cantar los cantos al Señor en tierra extranjera”. Cómo celebrar esta fecha cuando estamos golpeados con las lágrimas de la señora Carmen Teresa Navas, quien durante más de un año estuvo queriendo saber del paradero de su hijo Víctor Hugo Quero Navas, detenido arbitrariamente por los cuerpos de seguridad y nunca se le dio oportunidad de saber dónde estaba recluido su hijo, único sostén de ella. Deambuló por uno y otro centro penitenciario sin que se le diera ninguna noticia de su paradero. Su imagen ante la tumba de su hijo, de quien se le dijo que había fallecido en julio de 2025 y lo vino a saber por un escueto comunicado oficial declarando la fecha del fallecimiento y el lugar donde estaba enterrado. La desgarradora imagen de esta anciana mamá reconociendo la identidad de su hijo habla por sí sola de la inhumanidad y el atropello que no nos puede dejar indiferentes y de la serenidad y ternura para quien fue carne y sangre donde le trasmitió la vida.
Hoy oramos por nuestras madres vivas y difuntas, pero lo que no podemos es quedarnos impávidos ante tanto mal. Es el mejor retrato de lo que no debe acontecer nunca más en nuestra tierra. No puede haber paz mientras siga la incertidumbre de tantos presos políticos cuya suerte es desconocida. A ello se suma el saber de varias decenas de desaparecidos de quienes no se sabe si viven o no. El caso de Víctor Hugo es una campanada para ser conscientes de que no puede haber paz mientras no haya trasparencia y respeto tanto por los que están tras las rejas como para sus familiares y para toda la sociedad venezolana.
La peregrinación por la paz y la convivencia no puede ser una cortina de humo para desconocer los derechos de cada persona sometidas a condiciones que claman al cielo. Sin libertad plena de todos los recluidos por dudosas razones políticas no puede haber transición a un cambio en el que se recupere la confianza y credibilidad en las instituciones que tienen por primera obligación el bien común de todos sin distinción. No hay transición sin que los derechos humanos, la integridad de la vida y el respeto a la defensa sean iguales para todos. La cultura del venezolano no es tan cruel como nos la narran quienes han sufrido torturas y vejaciones que claman al cielo por esbirros sin escrúpulos. La paz del pueblo venezolano pasa necesariamente por la libertad de sus hijos, por el regreso de los que están fuera, por la superación del miedo a la represión, por la convivencia pacífica y alegre de cada uno de nosotros.
Por ello, celebrar hoy el Día de la Madre no puede ser un festejo ajeno a la realidad que hiere los sentimientos del pueblo y oscurece lo que debe ser, exaltar la figura de nuestras mamás, que no solo nos dieron la vida al nacer, sino que fueron y son las que nos cuidaron y mimaron desde que salimos de sus vientres y nos trasmitieron los valores y virtudes que nos permiten ser ciudadanos libres y responsables.
Hoy pedimos por las que nos dejaron y por las que están vivas, no queremos que sufran por la ausencia desconocida de sus hijos, pues es un pecado para quienes la vida ajena es una mercancía que se puede manipular a placer. Nuestras mamás como Las Madres de Mayo en Argentina tienen derecho a saber de sus hijos porque vivir con la espada del sufrimiento no es humano ni deseable para nadie. Ante la matanza de los inocentes por parte de Herodes, San Mateo en su evangelio nos recuerda el lamento del profeta Jeremías: “Una voz se oye en Ramá, -en todos los rincones de Venezuela-, gemidos de un llanto amargo. Es Raquel -como Carmen y tantas otras- que llora por sus hijos y no quiere que la consuelen por ellos, porque ya no están” (Mateo 2 y Jeremías 31).
Hoy invocamos la protección de María Santísima bajo las tantas advocaciones hermosas de nuestro pueblo pidiendo que les dé, nos dé a todos, la fortaleza y la ternura para que el odio no anide en nuestros corazones. El mejor remedio, como bálsamo para el dolor, para sanar heridas y abrirnos a un futuro de esperanza de fraternidad y equidad, sin violencias, es pedirle que la sociedad venezolana sea escenario de fraternidad y solidaridad a pesar de las diferencias que siempre son menores que lo que nos une. Que Jesús y María nos bendigan y acompañen para reconstruir la sociedad que soñamos.
