Dos curas merideños en la línea de fuego

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Bernardo Moncada Cárdenas:

“Acontecimiento” es un hecho o evento cuya importancia marca un antes y un después en la historia, la sociedad o la vida de una persona. Proviene del latin contingere, tocar, impactar. Felizmente, nuestra existencia tropieza con más de uno que, de inmediato o con el tiempo, revela un profundo significado; nos deja impactados.

Quisiera referirme a dos acontecimientos, sendos encuentros con jóvenes sacerdotes: uno sucedió en la Parroquia salesiana Nuestra Señora del Rosario; otro, en Nuestra Señora de La Asunción.

Y son historias que ameritan ser conocidas en casa. No porque sus protagonistas busquen reconocimiento, sino precisamente porque su vida parece demostrar como las cosas más grandes suelen hacerse lejos de los reflectores y sin esperar recompensa.

Ambos jóvenes, nacidos esta tierra, han desarrollado durante años su ministerio en dos de los escenarios más difíciles de nuestro tiempo: Darwin Rivas, en la isla de El Hierro (Tenerife), acompañando a miles de migrantes africanos que llegan a sus costas después de desafiar la muerte. Alejandro León, salesiano, en un campo de batalla cotidiana llamado Oriente Medio y, hoy, a cargo de la gestión de la histórica sede de Alejandría en Egipto. Sus respectivos ámbitos son zonas de guerra, desplazamientos y pobreza.

¿Cuánto sabemos de ellos los merideños?

Darwin Rivas llegó a El Hierro casi por casualidad. Lo que comenzó como una ayuda temporal terminó convirtiéndolo en párroco de varias comunidades y delegado arciprestal de Cáritas. Pero su ministerio no se quedó en oficinas. Cuando comenzaron a multiplicarse las llegadas de embarcaciones con migrantes, él y otros sacerdotes decidieron que no bastaba con esperar en la parroquia.

Querían estar en primera línea.

Se hicieron voluntarios de Cruz Roja, y acudieron a recibir a quienes arribaban después de incierta travesía. Entre 2020 y 2023 vivieron los peores años de aquella crisis. En un territorio de apenas siete mil habitantes llegaron a pasar, según el Padre Darwin, unos cuarenta mil migrantes.

La cifra impresiona, pero quizá impresiona más el gesto.

Porque la fe, cuando es verdadera, termina convirtiéndose en obra. No discurso sobre la caridad, sino presencia; prestar primeros auxilios, acompañar al desamparado que desembarca, balbucir unas palabras para tranquilizarlo, alternar el Jesucristo de la Eucaristía con el Jesucristo del muelle, compartiendo el dolor.

Darwin recuerda haber tenido que comunicar a una madre la muerte de su hija de once años, mientras ella sostenía en brazos a otra pequeña, entierros de migrantes fallecidos durante el viaje y familias trágicamente destruidas. Y confiesa que a veces preferiría quedarse en casa. Pero termina imponiéndose su vocación: vale la pena seguir ayudando.

Una frase suya resume toda una manera de entender el sacerdocio: «Soy cura, cristiano, pero, sobre todo, soy humano». Y con otra, del Evangelio, expone la fuente de esa humanidad: «Cada vez que lo hiciste por uno pequeño, lo hiciste conmigo».

El otro merideño, Alejandro León, ha llevado esa misma lógica mucho más lejos, geográficamente hablando. Salesiano desde muy joven, quiso ser misionero como respuesta agradecida a lo que recibió en su educación. Tras estudiar árabe, diálogo interreligioso y ciencias islámicas, llegó a Siria, decidiendo permanecer cuando comenzó la guerra.

En 2012, cuando caían bombas diariamente, de los trescientos jóvenes que acudían al oratorio salesiano apenas quedaron veinticinco. León y otros dos salesianos hicieron algo elemental y extraordinario: si los chicos no podían llegar, ellos irían a sus casas.

Año y medio después eran seiscientos los jóvenes que acudían al centro; cuando León se marchó de Siria, eran 1.100.

No se trataba solamente de oración. Cristo es deporte, arte, formación, acompañamiento psicológico y, sobre todo, presencia bienhechora. En medio de la guerra, aquellos jóvenes encontraron un lugar donde el mal no tenía la última palabra.

Esa es la divisa común de estos dos merideños: Cristo no es una idea que deba defenderse, sino una presencia que se ofrece.

Uno recibiendo migrantes en un muelle, otro visitando jóvenes entre las bombas, han aprendido que acompañar al ser humano en su fragilidad resulta la forma más concreta de anunciar Aquel en quien se cree.

¿Por qué conocemos tan poco estas historias en Mérida? ¿Por qué conocemos las malas noticias, pero solemos ignorar la grandeza de nuestros paisanos hasta que otros nos la cuentan?

Nos resulta más fácil admirar testimonios lejanos que reconocer el valor silencioso de quienes salieron de nuestra propia tierra, llevando nuestra especial humanidad.

Darwin dice algo extremadamente hermoso: «Nosotros no damos nada; ellos nos dan todo: nos ubican frente a la vida».

Quizá, también a nosotros, estos merideños nos están haciendo ese regalo.-