Gallagher: el orden mundial, ante una dura prueba; religiones al servicio de la paz

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Un encuentro entre todos los líderes religiosos para dar cumplimiento, a corto plazo, al compromiso —consagrado en un documento presentado esta tarde por la asociación internacional Carità Politica— de promover intercambios culturales y acciones conjuntas para reactivar el diálogo y el acercamiento de los pueblos. Esto es lo que esta realidad se propone poner en marcha en los próximos meses, y que, treinta años después de su fundación, se ha reunido hoy, 29 de septiembre, en el Palacio San Calisto de Roma, en la jornada central del congreso de tres días —que termina mañana— para reflexionar sobre las relaciones entre religiones y diplomacia en una época en la que, según reza el llamamiento, es oportuno dar un nuevo impulso a Europa, para que la tradición religiosa que ha inspirado la cultura y la vida del continente continúe formando parte de su alma. Son evidentes los ecos de los mensajes lanzados por León XIV, sobre todo en la etapa de Metz, durante su viaje apostólico a Francia, recién concluido.

Como cierre de la sesión vespertina de la iniciativa interviene monseñor Paul Richard Gallagher, secretario para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales, cuya premisa es que el factor religioso, en un mundo multipolar, no se ha retirado sino que se ha redistribuido, y que este fenómeno no debe ser considerado —como sucede a menudo— un problema, además vinculado al orden o a la seguridad, sino que debe contemplarse en el marco de un acto de realismo.

La pertenencia religiosa no debe reducirse a una bandera

«Es desde esta perspectiva, y no desde la del confinamiento, que, en mi opinión, debe plantearse la relación entre religiones y diplomacia», recalca el diplomático vaticano, quien recuerda, por ejemplo, las celebraciones del aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001: no sería posible guardar silencio sobre las sombras de lo que fue en aquella época un acto realizado por una deformación de una religión; por otra parte, sin embargo, «sería un error extraer de ello un juicio sobre las religiones como tales».

Evitar que la pertenencia se reduzca a «una bandera que distingue a los nuestros de los suyos», dice Gallagher: «Nunca podrá existir una identificación absoluta entre etnia o pueblo, por un lado, y pertenencia religiosa, por otro. Cada vez que se predica esta identificación, la religión deja de ser una respuesta a la pregunta sobre el sentido y se convierte en el censo de un frente».

Según el representante vaticano, «el antídoto no es el debilitamiento de las identidades, sino su madurez: se dialoga verdaderamente solo cuando se sabe quién se es, firmes en las propias convicciones y, al mismo tiempo, abiertos a comprender las del otro».

La libertad religiosa, barómetro de la libertad de una sociedad

Las comunidades religiosas son portadoras de «fuerzas morales», de un bien que beneficia a toda la sociedad, insiste Gallagher. Son recursos, precisa, de los que la diplomacia haría bien en servirse para calmar tensiones, prevenir radicalizaciones y promover una cultura de estima recíproca.

Con una condición, añade: que permanezcan libres, no «alistadas a un poder», porque de lo contrario se convierten en un instrumento.

«La libertad de religión o de creencia es la piedra de toque del respeto de todos los demás derechos humanos, porque es al mismo tiempo su síntesis y la piedra angular».

Las violaciones de este derecho se apoyan en la consideración del factor religioso como un hecho exclusivamente privado, mientras que no es así y, en virtud de ello, es necesario garantizar la profesión pública de la fe, también porque «la libertad religiosa no es un privilegio de los creyentes».

Continúa monseñor Gallagher: «Quien defiende la libertad religiosa de otro, sea cual sea la fe de ese otro, en realidad defiende también la propia; y una sociedad que deja de reconocer ese límite no se vuelve más neutral: se vuelve simplemente menos libre».

Valorar la contribución de las comunidades religiosas a la paz

La intervención de Gallagher se detiene además en la acción diplomática de la Santa Sede, fundada en la convicción de que es necesario favorecer las condiciones en las que la paz se hace posible.

Una actividad que encuentra apoyo en la amplia red que defiende y promueve incesantemente la dignidad humana en todas sus dimensiones: un aspecto que ya significa prevenir la violencia, «porque significa eliminar muchas de sus causas».

En cuanto a las comunidades religiosas, añade Gallagher, su contribución a la paz sigue estando en gran medida por valorar, ya que, aunque no sean sujetos de derecho internacional, no se sienten en las mesas de negociación y no firman tratados, tienen la capacidad de hablar a las conciencias. Algo muy valioso.

En una época como la actual, en la que el orden internacional atraviesa una de sus pruebas más severas desde la posguerra, constata amargamente Gallagher, una tarea fundamental es aclarar el sentido que cada uno atribuye a sus propias palabras, primer paso hacia aquello que el Papa señala como condición de todo verdadero encuentro.

Con este presupuesto, y con una buena dosis de humildad y valor, podrán evitarse malentendidos y podrá perseguirse más fácilmente una paz auténtica entre las naciones.

Desarmar el lenguaje

Y precisamente sobre el lenguaje insiste en su intervención el cardenal Baldo Reina, Vicario General del Papa para la Diócesis de Roma:

«Desarmar implica ciertamente deponer las armas, pero antes que nada sustraer las relaciones internacionales a la convicción de que la fuerza constituye la última y decisiva medida de las relaciones entre los pueblos. Significa —afirma el purpurado— devolver a la palabra, a la negociación y a las instituciones internacionales la capacidad de prevenir lo irreparable».

La responsabilidad de las religiones, en este ámbito, es altísima, en cuanto capaces de generar fraternidad.

Por tanto, es fundamental desarmar el lenguaje, «sustraer el nombre de Dios a las lógicas de la guerra» y «rechazar todo intento de conferir una legitimación religiosa al odio».

La negociación no es una forma de debilidad

«La palabra religiosa —prosigue el cardenal—, cuando permanece fiel a su propia fuente, recuerda que ningún pueblo es absoluto, ninguna nación puede transformarse en un ídolo y ninguna identidad puede afirmarse mediante la negación del otro».

Reina se detiene en la vocación universal de Roma, que «debe encarnarse en las calles, en las parroquias, en las escuelas, en las obras sociales, en la acogida».

Sobre el papel de las periferias, en particular, insiste porque allí, en estos «últimos puestos de proximidad», se revela valiosa la función que las religiones desempeñan a menudo.

«También esto es diplomacia: es la construcción paciente de vínculos allí donde el tejido social corre el riesgo de desgarrarse», recalca.

La negociación es un ejercicio de responsabilidad, «no una forma de debilidad», precisa, y la conversión a la paz exige «distinguir la mediación de la equidistancia moral».

Que Roma continúe siendo un laboratorio de convivencia

En un tiempo en el que la fuerza parece pretender nuevamente la primacía sobre el derecho, hay necesidad de custodiar los lugares de lo posible, concluye el Vicario, donde las diferencias puedan transformarse de líneas de separación en ocasiones de conocimiento recíproco.

En este sentido, «Roma misma debe continuar aprendiendo: del mundo, de las Iglesias hermanas, de las demás confesiones religiosas, de los pueblos, de los migrantes, de los pobres y de cuantos continúan pidiendo paz y justicia».

El deseo del cardenal, para dar concreción a la palabra paz, es que Roma haga así de su centralidad un espacio de hospitalidad, que continúe siendo un laboratorio activo y una obra en construcción dinámica donde sea posible aprender «el arte de la convivencia pacífica, del diálogo posible y de la justicia que promueve la dignidad de cada persona humana».

Se puede aprender de Roma y de ello está convencido el profesor Carlo Torti, director de la Unidad Operativa Compleja de Enfermedades Infecciosas de la Fundación Policlínico Gemelli, quien presenta el proyecto África de la Universidad, mediante el cual apoya a 40 países del continente en estrecha colaboración con el Ministerio de Asuntos Exteriores italiano.

Porque «la salud no tiene fronteras» y el desafío fundamental es «construir vínculos y crear comunidades».

Una prueba tangible de esta urgencia de cooperación llega también de la intervención del embajador de Angola ante la Santa Sede, Carlos Alberto Saraiva De Carvalho Fonseca, quien recuerda el viaje apostólico de León XIV al país y cuántos frutos beneficiosos e impulsos positivos desencadenó.

Sobre la importancia de considerar las religiones no como un legado del pasado del que deshacerse fácilmente, sino como un recurso para promover la dignidad humana, habla también el embajador de Türkiye ante la Santa Sede, Fahrettin Altun:

«La dignidad humana viene antes que nuestras identidades políticas. La diplomacia es el arte de reconocer la existencia del otro. Solo mediante el diálogo sincero se puede garantizar una buena convivencia», son sus palabras.

Por su parte, Brian Francis Burch, embajador de los Estados Unidos ante la Santa Sede, relanza el papel de la democracia que, alimentada por los valores de la fe, es el terreno en el que pueden construirse las buenas relaciones entre los Estados.

[Fuente: Vatican News]