Por José Rafael Herrera:
La historia de la humanidad es una gran lección de vida. Gracias a ella, la sociedad del presente tiene la oportunidad de enmendarse y poder superar viejos errores y malas prácticas. Sin embargo, existen sociedades que, amantes de su propio reflejo, se perciben en el espejo de una universalidad abstracta, situadas muy por encima de toda posible lección histórica. Son las que, habiéndose esforzado en la construcción de instituciones sólidas, sustentándose en su Constitución y elevando monumentos en nombre de la libertad, imaginan que determinadas formas de barbarie política han quedado sepultadas para siempre bajo las ruinas del pasado. Pero justo en el momento en el que creen haber alcanzado la cima del cosmos y conquistado “el fin de la historia”, el pasado que creían enterrado decide dar media vuelta y regresar para reivindicar el movimiento de su ricorso.
Se trata de un regressus que, desde luego, no puede ser un calco. “Paralelo pero no sincrónico”, sostiene Vico en Scienza Nuova. La historia no es un artilugio de feria que repite mecánicamente sus estaciones. El ricorso viquianono consiste en que los acontecimientos vuelvan a sucederse de la misma manera, sino en que ciertas formas de la existencia social y política reaparecen bajo otros rostros, con otros nombres y lenguajes e incluso bajo instituciones enteramente nuevas. Roma no se repite, aunque algo de Roma siempre vuelve. Quizá por eso, la figura de Tiberio, como figura fenomenológica característica del delirio de presunción, resulte ser mucho más inquietante para el presente.
La figura de Tiberio no es simplemente la de un tirano. Es algo mucho más complejo. Representa la profunda transformación histórica y cultural de la relación entre el poder y la vida pública. Bajo su mandato, Roma conservó sus formas institucionales, sus magistraturas, sus ceremonias y su apariencia republicana. Pero algo había comenzado a cambiar en el interior de aquellas formas. En la práctica, el ciudadano se hizo súbdito. La deliberación pública terminó siendo cálculo palaciego. La virtud cívica metamorfeó en prudencia de superviviente y es que las tiranías más eficaces no necesitan destruir las instituciones. Les basta con conservarlas después de haberles sustraído el Volkgeist. Quizá esta sea la lección más sombría de esta penosa figura de la experiencia de la conciencia que, en medio de su delirio —o de su complejo—, se autoconcibe como un Weltgeist.
Los despotismos no comienzan necesariamente cuando desaparecen las leyes, sino cuando las leyes dejan de expresar la voluntad común para devenir instrumentos de una voluntad particular. No comienzan, pues, cuando se clausuran los espacios públicos, sino cuando dichos espacios siguen abiertos, aunque nadie se atreva a hablar en ellos. No comienzan cuando desaparece el temor, sino cuando el temor consigue presentarse como prudencia. Entonces, la política cambia de naturaleza para deslizarse hacia el traspaso de sus límites y a partir de ese momento desaparece el mundo común: solo importa conservarse al frente del poder. Ya no importa lo que los hombres construyen juntos, sino lo que deben evitar para no despertar la sospecha de quien manda. El ahora remoto ciudadano comienza a mirar hacia arriba. Pero cuando las sociedades concentran su mirada en el “hacia arriba”, hacia el poder, terminan por dejar de mirarse a sí mismas. Así la república puede continuar existiendo como nombre, mientras deja de existir como realidad.
Vico comprendió que las sociedades no avanzan en línea recta ni “de menor a mayor”. La historia de la humanidad es una espiral en la que cada época puede llegar a tener conquistas que ninguna anterior había logrado alcanzar, pero también puede reencontrarse con formas primitivas que creía definitivamente superadas. El ricorso no cancela lo adquirido: lo pone a prueba. El pasado no vuelve para instalarse de nuevo en el presente, como si nada hubiese ocurrido. Más bien, vuelve como posibilidad, como tentación, como sombra.
Es ingenuo y probablemente inútil preguntarse si entre los contemporáneos existen “nuevos Tiberios”. La pregunta que conviene formularse es, más bien, acerca de las condiciones materiales y espirituales que posibilitan la reaparición de formas típicamente tiberianas de poder. Porque Tiberio ya no es un individuo. Como ya se ha sugerido, se trata de una figura de la experiencia de la conciencia histórica que representa el momento en el que el poder, habiendo perdido su fundamento común, comienza a alimentarse del desgarramiento entre quien gobierna y quienes son gobernados. Porque donde la política deja de ser la construcción de un destino común para convertirse en obediencia, adulación, miedo o cálculo, la figura del emperador reaparece, aunque ya no existan emperadores.
Esta pareciera ser la paradoja del presente. A medida que se multiplican los mecanismos destinados a impedir el autoritarismo, se va comprendiendo que ninguna institución es inmune a la degradación de la vida que la sustenta. Se puede disponer de constituciones ejemplares y poner en evidencia conductas políticas profundamente antirrepublicanas. Se puede hablar incesantemente de democracia y, al mismo tiempo, acostumbrarse a que el adversario deje de ser un conciudadano para convertirse en un enemigo. Se pueden conservar las apariencias de la libertad mientras la sociedad se va habituando —como rana feliz en agua tibia— a su fin. El problema, entonces, no es quién ocupa el poder, sino qué clase de sociedad hace posible que el poder vuelva a adquirir una forma que se creía superada.
Por eso la sombra de Tiberio se ha hecho actual, incluso más como concepto de estudio que como augusto. No es necesario buscarlo en el palacio ni esperar que adopte las vestiduras de siempre. Puede aparecer cuando el poder reclama una obediencia que ya no reconoce límites. Cuando la ley deja de ser expresión colectiva para convertirse en el lenguaje del que manda o cuando el miedo sustituye a la confianza y la sospecha ocupa el lugar de la ciudadanía.
En Vico el ricorso no anuncia que el pasado se repita. Anuncia algo más inquietante: que nada humano queda definitivamente conquistado. La historia puede avanzar y, sin embargo, volver a encontrarse con sus propias sombras. Quizá sea esa la razón por la cual algunas figuras del pasado sobreviven a los siglos. No porque pertenezcan eternamente a su época, sino porque encarnan posibilidades que permanecen abiertas aquí y ahora. Tiberio es una de ellas. De manera que la pregunta de fondo no es si ha regresado a Roma, sino si, después de tantos siglos, se ha vuelto a olvidar lo que hizo posible que Roma dejara de ser una República. El verdadero ricorso de la historia comenzó tiempo antes de que apareciera el emperador. Comenzó cuando la sociedad comenzó a desearlo, como si se tratara de una necesidad y quizá lo sea. Decía Joseph de Maistre que “los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”. Más tarde, André Malraux propuso un giro, sin duda, de interés: “No es que los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, sino que la gente tiene los gobernantes que se le parecen”. A fin de cuentas, los ricorsi terminan siendo —al decir de Borges— tan abominables como los espejos.
@jrherreraucv
