Por Francisco Javier González Rodríguez:
1. Dios, la roca y la arena: una lección que no aprendimos
Cuando el suelo tiembla, algunos ven un dedo acusador del cielo. Otros, una prueba de que no hay orden ni propósito. Pero la parábola de la casa edificada sobre roca y la construida sobre arena no habla de milagros ni de juicios divinos: habla de decisiones humanas, sino de criterio, de memoria, de obediencia a la ley física y a la experiencia acumulada.
No fue Dios quien levantó 251 edificios sobre suelos inestables, sin estudios de mecánica de suelos, sin respetar las normas sísmicas, sin preguntar a los ingenieros si aquel terreno podía sostener una torre. Fue la soberbia de quienes gobiernan como si la gravedad fuese opinable y la historia, un borrador desechable.
Albert Einstein definió la estupidez como insistir en el mismo error y esperar resultados distintos. Venezuela lleva décadas haciendo exactamente eso: ignorando advertencias, despreciando la técnica, repitiendo patrones de ocupación territorial que ya fallaron en 1812, en 1967, y que hoy, el 24 de junio de 2026, se cobran centenares de vidas con dos sismos de magnitud 7.2 y 7.5 en la región central.
No es un acto de Dios. Es el acta de defunción de una clase dirigente que prefirió la propaganda antes que la ingeniería.
2. La memoria histórica que no quisimos leer
Las infografías que circulan en redes recuerdan las fallas activas: San Sebastián, El Pilar, Boconó, La Victoria. No son novedad, son los mapas de amenaza sísmica de FUNVISIS y el USGS llevan años advirtiendo que la costa norte de Venezuela es una zona roja, de peligro extremo.
Pero el problema no es geológico: es político.
En el siglo XIX y hasta bien entrada la década de 1950, el estado Vargas y las zonas costeras de Yaracuy eran caseríos dispersos, ocupaciones temporales, complejos turísticos de veraneo. Nadie pensaba en urbanizar permanentemente esas laderas porque los ingenieros sabían que el terreno no era apto. Eso cambió con el auge del petróleo, la especulación inmobiliaria y, sobre todo, con el desprecio sistemático por las normas técnicas.
Algunos atribuyen la solidez de las obras de Pérez Jiménez a ingenieros extranjeros o a un «sobrediseño» mítico, pero olvidan que esas construcciones, como las Torres del Silencio, fueron supervisadas con mano de hierro, con controles de calidad, con acero importado y con un principio simple: si fallas, vas a la cárcel.
No fue el talento foráneo; fue el miedo al castigo y la exigencia de cumplimiento. En contraste, lo que vino después fue lo contrario: la improvisación, la corrupción, la manga ancha, el «todo cabe» en el presupuesto, el «no pasa nada» frente al informe técnico.
3. Advertencias ignoradas, voces acalladas
En 2005, un estudio sísmico para Caracas —con modelos de los terremotos de 1812 y 1967— ya preveía una situación crítica; por ejemplo, Antonio Rivero, exdirector de Protección Civil, lo advirtió entonces y lo repitió durante años: había que reducir la vulnerabilidad siguiendo el modelo japonés, pero fue simplemente ignorado.
Cuando comenzó la Misión Vivienda, Rivero entregó informes señalando que sectores como Ciudad Caribia estaban siendo edificados en zonas peligrosas; no hubo respuesta técnica, solo política.
Hoy, esos bloques de la Gran Misión Vivienda —construidos sin estudios de suelo, sin supervisión rigurosa, sin respeto por la zonificación sísmica son escombros. Y esos escombros pesan, pesan sobre la conciencia de un gobierno que prefirió la foto de entrega de viviendas antes que la seguridad de quienes las habitarían.
4. La estupidez operativa: cuando la burocracia mata
Pero la estupidez no terminó con el diseño estructural.
Mientras los rescatistas internacionales ofrecían apoyo, el régimen puso condiciones: solo podían operar si aceptaban ser coordinados por funcionarios locales, carentes de toda experiencia en ese tipo de actividad. Por otro lado, los voluntarios no pueden ingresar a las zonas afectadas sin antes viajar a Caracas, a decenas de kilómetros, para registrarse en el Poliedro.
La consecuencia del ego y el orgullo de querer ufanarse de ser los jefes y los que deciden es la omisión criminal de que hay personas bajo los escombros, sin maquinaria pesada, sin apoyo oficial, sin grúas que levanten las losas de concreto que aplastan a los sobrevivientes.
Ya hay muertos que pudieron ser salvados. No por falta de voluntarios, sino por falta de voluntad política. Eso no es un castigo divino, es negligencia criminal, es la burocracia como arma de destrucción masiva. Es la ineptitud elevada a sistema.
5. Conclusión: El terremoto no fue el juicio final, fue el diagnóstico
Lo que ocurrió el 24 de junio de 2026 no es un mensaje del más allá. Es la factura que pasa la física. Es la convergencia de décadas de decisiones mal tomadas, de informes archivados, de advertencias desoídas, de urbanismo salvaje, de corrupción institucionalizada y de soberbia tecnocrática.
No necesitamos un profeta, necesitamos ingenieros, necesitamos urbanistas, necesitamos políticos que entiendan que una vivienda no es un trofeo electoral, sino un derecho que exige suelo firme, cimientos profundos y normas cumplidas.
La parábola de la casa sobre la roca no es un cuento moralista: es una lección de ingeniería. Y quien la ignora, construye sobre arena, sobre arena que, cuando tiembla, no perdona.
No culpemos a Dios por nuestra propia estupidez, ella como dijo Einstein, es humana, demasiado humana y en Venezuela, desgraciadamente, ha sido la política de Estado.
Una nota final sobre las infografías que circulan en las redes
Las infografías y capturas que circularon tras el sismo ofrecen datos valiosos pero incompletos; atribuir la calidad de las obras de los años 50 exclusivamente a ingenieros extranjeros es un error histórico: hubo talento nacional, pero también hubo un sistema que exigía cumplimiento y castigaba la negligencia.
Los mapas de fallas y la zonificación sísmica son correctos, pero su utilidad depende de que los tomadores de decisión los lean y los respeten; las advertencias de Rivero y otros técnicos están documentadas, y su desatención es un hecho probado.
La crítica no es contra un gobierno específico, sino contra una cultura política que, desde hace medio siglo, ha tratado la ingeniería como un estorbo y la seguridad como un gasto innecesario.
Hoy pagamos el precio, y no será el último si no cambiamos de raíz la forma en que entendemos el riesgo, la responsabilidad y el valor de la vida humana por encima de cualquier interés electoral o propagandístico.
MSc Francisco Javier González Rodríguez
Ingeniero Consultor y de Proyectos
