Venezuela atraviesa una de sus horas más amargas tras el devastador doble terremoto de la semana pasada, que ha dejado ciudades como La Guaira en ruinas, así como miles de desaparecidos. En medio del dolor y la profunda desconfianza hacia las instituciones estatales, la Iglesia emerge como el principal pilar de auxilio, credibilidad y consuelo para las víctimas. Conversamos con el padre Jorge Bastidas, delegado nacional de la Pastoral Juvenil Salesiana, quien coordina desde Caracas un centro de acogida y se desplaza diariamente a La Guaira, epicentro de la tragedia, para llevar alimento, medicinas y esperanza a un pueblo que, según su crudo testimonio, se enfrenta ahora a un futuro más duro, si cabe, que el presente.
—En primer lugar, ¿cómo se encuentran ustedes? ¿Cómo están viviendo esta dramática situación en estos momentos?
—Estamos bien, muy conmovidos por la realidad que estamos atravesando. Los salesianos de don Bosco estamos trabajando constantemente, con pocas horas de sueño por las exigencias que estamos viviendo en la misión. Actualmente me encuentro en Caracas, específicamente en Los Ruices, en la Escuela Técnica Popular Don Bosco y la Casa Provincial. Aquí hemos establecido un centro de acopio y de acogida para los vecinos que aún tienen temor de regresar a sus casas, y atendemos a personas que se han quedado sin vivienda; las recibimos, las acogemos y las acompañamos. Todos los días bajo a La Guaira para realizar labores de servicio social y espiritual para acompañar a las personas y ayudar a monseñor Pablo, el obispo de La Guaira, que también es salesiano.
—¿A qué distancia se encuentra La Guaira de Caracas y cuál es la magnitud real del desastre allí?
—La Guaira está a unos 30 o 35 minutos de Caracas y es la zona más afectada. Mientras el Gobierno da una cifra de poco más de 1.000 fallecidos, en el lugar de los hechos ya se habla de más de 50.000 víctimas y muchísima gente desaparecida. Hay más de 300 edificios prácticamente en ruinas. Anoche mismo, se rescató a un niño de 12 años y a una niña de unos 14 o 15 años en la zona donde estábamos nosotros trabajando.
—¿Dónde le sorprendió el terremoto y cómo vivió esos primeros momentos?
—Me pilló en Caracas, regresando de mis servicios pastorales, cuando comenzó ese movimiento bastante fuerte que duró alrededor de unos 39 o 40 segundos. Fue un doble movimiento sísmico que provocó que en la zona de Los Palos Grandes cayeran dos edificios de manera inmediata. También hubo daños en San Bernardino, El Junquito y en algunas de las barriadas de Petare, donde hay al menos 56 familias damnificadas. Nuestras casas salesianas del centro, como el Colegio San Francisco de Sales y su parroquia, fueron las que más sufrieron. Al llegar a la Casa Provincial, abrimos los portones para que la gente que bajaba de los edificios pudiera resguardarse en nuestros campos grandes abiertos.
—¿Cómo fue ese primer contacto con la realidad de La Guaira en medio del apagón informativo?
—En las primeras horas, no teníamos certeza de lo que ocurría en Caraballeda, Catia La Mar, Los Corales o Playa Grande, porque no había luz ni señal telefónica. Todo estaba tan oscuro que no se tenía información de lo que realmente estaba aconteciendo. Fui consciente de la magnitud por la cantidad de gente que venía caminando desde las zonas más afectadas, pidiendo ayuda. Allí fue donde supimos que incluso la Iglesia había sufrido pérdidas personales, como monseñor José Ángel Divassón, obispo emérito español, quien perdió allí a su sobrina en el derrumbe de uno de esos edificios.
—¿En qué consiste su labor diaria de apoyo en la zona de desastre y cómo se coordinan con Cáritas?
—Por las mañanas, se atiende a unas 1.000 personas en Cáritas de La Guaira junto a monseñor Pablo Modesto González, obispo de La Guaira, y al diácono Rubén. Nosotros proveemos los diversos artículos necesarios: alimentos no perecederos enlatados, agua, medicinas e insumos básicos para acompañar a las personas refugiadas. Como hay muchos niños, la prioridad absoluta es la leche y las compotas. Yo bajo todas las tardes y me quedo trabajando hasta la 1:00 o las 2:00 de la madrugada acompañando a la gente, y luego subo a Caracas para recargar los insumos que evaluamos como prioritarios. Incluso, estamos evaluando montar una cocina alternativa para ofrecer comida caliente a quienes se acercan a pedir alimento ya elaborado.
—¿Cómo es la ayuda espiritual en estos momentos tan complicados?
—En las noches, nos acercamos a los lugares donde las familias están esperando alguna buena noticia. Allí ofrecemos nuestro acompañamiento, los escuchamos, les damos fuerza y los acompañamos hasta altas horas de la noche, desplazándonos para llegar a la mayor cantidad de personas posible. He realizado celebraciones eucarísticas y adoraciones al Santísimo muy emotivas. La gente está muy golpeada y no logra entender bien lo sucedido, pero ve en nosotros un signo de esperanza y caridad. La Iglesia en Venezuela sigue siendo muy creíble, porque estamos volcados al 100 % en ayudar, sostener y acompañar a los más necesitados.
—¿Hay alguna historia que le haya conmovido especialmente durante estos días?
—Me marcó mucho la historia de Lucas, un niño en Caraballeda. Los rescatistas de El Salvador, Turquía y España trabajaron con perros y herramientas especializadas hasta la 1:00 de la madrugada, momento en que perdieron la esperanza. Sin embargo, su madre sigue allí, firme, porque guarda la fe de encontrar a su hijo sano y salvo. Como ella, hay muchas madres esperando. Estas experiencias te llenan de satisfacción cuando hay rescates, pero también de mucha impotencia por no poder ayudar con más fuerza ante un hecho tan dantesco.
—¿Cuál es la situación actual en Caracas y cómo están participando los jóvenes del Movimiento Juvenil Salesiano?
—En Caracas, los estudiantes de Teología y jóvenes del Movimiento Juvenil Salesiano atienden los refugios en zonas como San Bernardino, el Panteón, Altamira, Parque del Este y Parque del Oeste. Hay mucha solidaridad entre los venezolanos; aunque fue desorganizada al principio, se ve la generosidad y la constancia de gente trabajando hasta la madrugada para obtener una buena noticia.
—¿Cómo se plantean los próximos días y qué es lo que más le preocupa de cara al futuro?
—Lo que proyectamos hacia el futuro es mucho más duro que lo que estamos viviendo ahora. Creemos que la gente todavía está en estado de shock y no ha asimilado que lo ha perdido todo, o que sus familiares ya no están. Venezuela viene de años muy difíciles a nivel político, social y económico, con una hiperinflación astronómica y un poder adquisitivo muy pobre. Tendremos que reinventarnos para fortalecer a las personas no solo en lo espiritual, sino también en lo social y educativo. Buscaremos soluciones desde el campo de la educación, siendo más abiertos y exigentes para corresponder a las exigencias que vienen.
—¿Cómo está llegando la ayuda internacional y qué supone la llegada de voluntarios desde el exterior?
—Las ayudas llegan a través de nuestras oficinas de planificación y desarrollo; nos mantenemos monitoreando las necesidades para recaudar insumos de medicina y alimentación. El día 2 de julio llegan cuatro voluntarias de Misiones Salesianas de España; valoramos mucho su valentía por querer venir a ayudar en esta situación. Es necesaria una ola de solidaridad global de personas, gobiernos y organismos internacionales para afrontar esto.
—Ante la desconfianza en las instituciones del Estado, ¿por qué es vital que la ayuda se canalice a través de la Iglesia?
—En Venezuela hay mucha desconfianza hacia el Gobierno y falta de credibilidad en el Estado tras lo vivido durante estos 26 y 27 años. Por eso, la gente y los organismos prefieren hacer las inversiones a través de ONG o de la Conferencia Episcopal. Nuestra prioridad y nuestro foco en este momento siguen estando en La Guaira para acompañar a un pueblo que ya estaba muy golpeado y que ahora recibe este nuevo impacto.
[Fuente: revista Ecclesia]
