Con motivo del 60.º aniversario de la declaración conciliar Nostra Aetate, el Vaticano publicó este miércoles un nuevo documento en el que exhorta a renovar el diálogo interreligioso para construir una «sociedad fraterna capaz de aceptar las diferencias».
Al mismo tiempo, rechaza la pretensión de crear una «gran religión mundial» y reafirma a Jesucristo como único Redentor.
El texto está firmado por el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe; el cardenal Kurt Koch, prefecto del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos; y el cardenal George Jacob Koovakad, prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso. También figuran como signatarios los secretarios de los respectivos organismos: Mons. Armando Matteo, Mons. Flavio Pace y Mons. Indunil Janakaratne Kodithuwakku Kankanamalage.
Al final del documento aparece la fórmula “Ex Audientia, 22 de junio de 2026, León PP. XIV», una expresión habitual de la Curia Romana que indica que el texto fue presentado al Papa durante una audiencia oficial y que este autorizó su publicación, otorgándole una particular relevancia eclesial.
Según la nota, los desafíos contemporáneos exigen fortalecer una cultura del encuentro y del respeto mutuo entre las distintas tradiciones religiosas. En este contexto, los dicasterios sostienen que resulta necesario “un auténtico cambio de mentalidad».
Por ello, el documento invita a abandonar las «lógicas de defensa, hostilidad o conquista» para adoptar una actitud «abierta, benévola y valiente».
«La defensa intransigente de la propia posición y el proselitismo, como única forma de encuentro con ‘el otro’, ya no tienen sentido en un mundo que se asemeja cada vez más a una aldea global interconectada y en continuo fermento», afirma el texto.
El rechazo a una religión universal
El documento advierte también contra interpretaciones erróneas del diálogo interreligioso y rechaza expresamente la idea de «fundar una gran religión mundial en la que todas las creencias queden niveladas».
«Esa posibilidad debe descartarse por respeto a uno mismo y a los demás. Se trata, en cambio, de construir una sociedad fraterna capaz de aceptar las diferencias», explica el Vaticano.
En todo caso, los autores insisten en que el auténtico diálogo no consiste únicamente en «exponer las propias doctrinas o comparar las propias visiones del mundo», sino en que los creyentes de distintas tradiciones busquen «con lucidez y esperanza las condiciones para una convivencia pacífica».
«En un mundo encerrado en la asfixia de la inmanencia, los creyentes, pertenecientes a diferentes religiones, no quieren renunciar a presentar al mundo la verdad de la trascendencia y el amor de Dios por todos los seres humanos», añade el documento.
Pese a los avances logrados durante las últimas décadas, el texto reconoce que persisten dificultades y recelos. En algunos ambientes, señala, todavía se cuestiona la conveniencia del diálogo interreligioso por temor a «un relativismo doctrinal o a una dilución de la identidad religiosa».
Frente a estas objeciones, el Vaticano recupera la afirmación conciliar de que la Iglesia «no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo» y pide considerar «con estima y respeto» sus enseñanzas.
Asimismo, advierte de que «ninguna relación respetuosa con las demás religiones es sincera ni viable sin un respeto simultáneo por la libertad religiosa ajena» y reclama «la misma libertad para los cristianos en los países donde son minoría».
Islamofobia, fundamentalismo y persecución religiosa
El documento también aborda la complejidad de las relaciones entre las distintas confesiones religiosas y establece una distinción explícita entre las corrientes extremistas y la práctica religiosa pacífica.
En este sentido, denuncia las manifestaciones de islamofobia «que no distinguen adecuadamente los casos de fundamentalismo y violencia de la convivencia pacífica de los otros creyentes musulmanes que se integran y trabajan en los países que los acogen».
Al mismo tiempo, advierte de que «el auge de los fundamentalismos, la permanencia de los prejuicios, la manipulación política de las pertenencias religiosas o la violencia en nombre de Dios socavan los propios cimientos del diálogo».
El documento también llama la atención sobre las «persecuciones que sufren los cristianos en diversas partes del mundo a manos de grupos religiosos extremistas».
«Toda persecución por motivos religiosos constituye siempre una violación de la dignidad humana, ante la cual es urgente encontrar una respuesta común que, en el espíritu de Nostra Aetate, promueva en todos y hacia todos respeto, diálogo y convivencia pacífica», afirma el texto.
Una nueva pedagogía del diálogo
Ante los desafíos actuales, los tres dicasterios del Vaticano consideran que la Iglesia está llamada a renovar e intensificar su pedagogía del diálogo. Por ello, proponen una formación más profunda en los seminarios, los institutos teológicos y los itinerarios pastorales.
«Ya no basta con proclamar la importancia del diálogo: ahora hay que vivirlo, proporcionar a los fieles las herramientas para participar en él de manera informada, crítica y serena», subraya el documento.
En este contexto, advierte de que «las tensiones identitarias, el aislamiento de las comunidades, las ideologías fundamentalistas, los conflictos con connotaciones religiosas, la manipulación política del hecho religioso, pero también la creciente indiferencia en muchos países hacia cualquier forma de espiritualidad, obligan a renovar las formas del diálogo en un mundo en rápida transformación».
Según la nota, esta tarea pasa necesariamente por una educación renovada en el diálogo, especialmente entre las generaciones más jóvenes, para superar los miedos y los prejuicios y consolidar una auténtica cultura del encuentro.
Reconocimiento de las raíces judías del cristianismo
El documento realiza también un amplio balance teológico e histórico de las seis décadas transcurridas desde la promulgación de Nostra Aetate, el histórico texto aprobado por el Concilio Vaticano II el 28 de octubre de 1965.
Así, se recuerda que deja claro que ese texto post conciliar no nació originalmente para abarcar el diálogo con todas las religiones, sino como una respuesta directa a las trágicas consecuencias del antisemitismo que culminó en la Shoá, el término hebreo utilizado para referirse al Holocausto.
En este contexto, subraya el reconocimiento explícito de las raíces judías del cristianismo. Evocando una reflexión del teólogo Karl Barth, el texto pone de relieve que la Palabra de Dios se hizo «carne judía» en Jesucristo, de quien recuerda que es «judío y lo es para siempre».
Asimismo, destaca la importancia del diálogo judeocristiano no solo como una vía de conocimiento mutuo, sino también como un camino para comprender más profundamente la propia identidad cristiana.
«Teniendo en cuenta este rico patrimonio espiritual común a judíos y cristianos, es fácil comprender que el diálogo judeocristiano no puede considerarse una práctica secundaria para los cristianos, cuyo único objetivo sea solamente conocer mejor el judaísmo, o cultivar relaciones diplomáticas o incluso simplemente la amistad con el pueblo judío: se trata más bien de tomar plena conciencia de la propia identidad originaria», se lee en el documento.
[Fuente: ACI Prensa]
