Por: Luis Enrique Arocha Larrazabal
Luego de haber sido testigos del rugir de la tierra y estremecernos hasta el miedo por la destrucción de toda esa energía liberada de forma tan brusca, tan rápida y tan intimidante, nos hemos visto confrontados con la fragilidad de nuestra existencia. El reciente y doloroso sismo que ha sacudido nuestra geografía no solo ha resquebrajado estructuras de concreto y acero; también ha dejado una profunda grieta en la psique colectiva, sembrando la desconfianza sobre los cimientos mismos de nuestras ciudades. Ante la pérdida y el asombro, la tentación inmediata es buscar culpables en el diseño humano. Sin embargo, resulta imperativo trazar una frontera nítida entre la soberanía indómita de los fenómenos telúricos y la nobleza de una disciplina que, históricamente, ha sostenido el desarrollo de Venezuela: la ingeniería civil.
Volver a confiar en nuestra ingeniería no es un acto de fe ciega, sino un ejercicio de memoria histórica, rigor científico y discernimiento ético.
La naturaleza no rinde cuentas a la matemática
El primer argumento que debemos asimilar con madurez intelectual es que los terremotos son manifestaciones inevitables del dinamismo del planeta. La escala de la naturaleza opera bajo periodos de retorno y liberaciones de energía que, en ocasiones, superan las previsiones estadísticas de cualquier normativa global. Un sismo de magnitudes extraordinarias no representa el fracaso de la ingeniería civil, sino la manifestación de un riesgo natural latente en nuestra condición de país andino y caribeño, atravesado por los sistemas de fallas de Boconó, San Sebastián y El Pilar.
La ingeniería no tiene el atributo de la infalibilidad divina frente a la fuerza creadora y destructora de la Tierra. Su propósito no es evitar el movimiento sísmico —lo cual es físicamente imposible—, sino salvar vidas a través de la ductilidad y la disipación de energía. El error radica en atribuir el colapso de una estructura a fallas de la ingeniería, el resultado de la informalidad constructiva, el desacato a las normas vigentes y a la falta de mantenimiento. El comportamiento estructural responde únicamente a las leyes de la física y al cálculo que se enseña en nuestras academias. La ingeniería formal diseña para proteger la vida; la negligencia y la desidia son las que edifican la vulnerabilidad.
Una estirpe de gigantes y obras monumentales
Para restaurar la confianza, debemos volver la mirada hacia la edad de oro de nuestra infraestructura, un legado que demuestra la calidad excepcional del profesional venezolano. Venezuela ha sido cuna de mentes y firmas brillantes que desafiaron los límites de lo posible y cuyas metodologías siguen siendo referentes de la disciplina:
- José Grases Galofré: El gran titán de la ingeniería sismorresistente en Venezuela. Tras el terremoto de Caracas de 1967, Grases dedicó su vida a estudiar la amenaza sísmica en el país, siendo el redactor fundamental de las normas COVENIN que hoy rigen la construcción segura. Su rigor metodológico demostró que la ciencia nacional estaba a la vanguardia de la prevención sísmica en América Latina.
- Guinand & Brillembourg: Empresa de ingeniería y construcción que representa el estándar de oro de la práctica profesional venezolana. Liderada por figuras del calibre de Alfredo Guinand Baldó y David Darío Brillembourg, esta emblemática firma demostró que el talento técnico y la gerencia de proyectos en el país estaban a la par de las mejores transnacionales del mundo, asumiendo desafíos estructurales colosales con una ética intachable.
- José Sanabria: Pionero de las estructuras de concreto armado y responsable de la modernización vial del país durante la primera mitad del siglo XX. Su visión técnica dotó a nuestras ciudades de una base estructural robusta y perdurable.
- Alfredo Jahn: Ingeniero, naturalista y geógrafo que no sólo trazó los caminos físicos de la nación, sino que integró la ingeniería con el profundo respeto a la geografía y al entorno social, un principio de sostenibilidad que hoy urge rescatar.
Este talento humano se materializó en obras que desafiaron su tiempo y que hoy siguen en pie como monumentos a la destreza técnica:
- El Complejo Hidroeléctrico del Guri (Central Simón Bolívar): Una de las obras de ingeniería hidráulica y civil más grandes del planeta. Su ejecución y ampliación demostraron la mayoría de edad de la ingeniería nacional, gracias al protagonismo del legendario Consorcio de Empresas Venezolanas integrado por Precomprimido, Edifica y Guinand & Brillembourg. Juntos asumieron el titánico reto de domar el río Caroní sin tutelajes extranjeros en el ámbito constructivo, erigiendo una obra icónica de la resiliencia y el ingenio nacional.
- El Puente General Rafael Urdaneta sobre el Lago de Maracaibo: Diseñado por Riccardo Morandi y ejecutado con un protagonismo estelar de la ingeniería venezolana. Sus imponentes pilas de concreto pretensado siguen siendo un símbolo de audacia técnica y conectividad nacional. Fue llevado a cabo por Precomprimido.
- Las Torres de Parque Central: Que durante décadas ostentaron el título de los rascacielos de concreto armado más altos de América Latina, diseñadas para resistir sismos de gran magnitud mediante innovadores sistemas de núcleos estructurales y pantallas de viento.
El camino hacia la redención: Ética, academia y control
¿Cómo volver a confiar, entonces? La respuesta no yace en la nostalgia, sino en el compromiso activo con la excelencia. La reconstrucción de la confianza pasa por tres pilares fundamentales que el Centro Gumilla promueve desde su visión de ecología social:
- El retorno a la academia y la norma: Es urgente fortalecer las facultades de ingeniería de nuestras universidades históricas (UCV, USB, UCAB, LUZ, ULA, entre otras). Debemos exigir la actualización constante y el cumplimiento estricto de las normas sismorresistentes COVENIN 1756 del año 2019, adaptándolas a las lecciones que este último evento nos ha dejado.
- La erradicación de la improvisación: La confianza se recupera cuando el Estado y el sector privado relegan la improvisación y devuelven el protagonismo a los proyectos de cálculo estructural rigurosos, avalados por el Colegio de Ingenieros de Venezuela (CIV). Cada edificación debe contar con una contraloría técnica independiente y transparente.
- La cultura del mantenimiento y la resiliencia comunitaria: Una estructura sana requiere cuidado continuo. Debemos transitar de un modelo de reacción ante los desastres a una cultura de la prevención y el mantenimiento preventivo de puentes, viaductos, escuelas, hospitales, etc.
La ingeniería civil venezolana no ha muerto ni ha fallado; su conocimiento sigue vivo en las aulas, en los laboratorios de ensayo de materiales y en la ética de miles de profesionales que se niegan a comprometer la seguridad por el abaratamiento de costos. El terremoto nos ha recordado nuestra vulnerabilidad física, pero también nos convoca a la reconstrucción moral. Volver a confiar en la ingeniería es confiar en nosotros mismos, en nuestra capacidad intelectual y en la promesa de un país que se levanta de las ruinas de la adversidad para cimentar su futuro, esta vez, sobre la roca firme de la verdad científica y la justicia social.
Por: Luis Enrique Arocha Larrazabal
Ingeniero Civil UCAB
[Fuente: Revista SIC]
