La Conferencia de las Naciones Unidas centrada en la revisión del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) concluyó el viernes 22 de mayo, después de cuatro semanas, sin ningún acuerdo, debido al enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán sobre el programa nuclear de Teherán.
Se trata del tercer fracaso consecutivo en una conferencia de revisión del TNP, considerado la piedra angular de la no proliferación y del desarme globales. En la última revisión del tratado, en agosto de 2022, Rusia había bloqueado el acuerdo sobre el documento final debido a la invasión de Ucrania de febrero de 2022 y a las referencias a la ocupación por parte de Moscú de la central nuclear de Zaporiyia, la más grande de Europa. Pero hoy la falta de acuerdo es aún más preocupante porque, hace solo unos meses, el 4 de febrero, Estados Unidos y Rusia no habían renovado el tratado Nuevo START, es decir, la culminación de un proceso iniciado el 31 de julio de 1991, en Moscú, y dirigido precisamente a evitar una carrera armamentista entre las dos superpotencias.
El llamado del secretario general de la ONU, António Guterres, ayer, fue claro: «Que todos los países aprovechen todas las vías disponibles de diálogo, diplomacia y negociación». Sin embargo, lo sucedido ayer en la ONU confirma lo que vemos diariamente sobre el terreno, a partir de la guerra en Irán iniciada por Estados Unidos e Israel hasta llegar a las frecuentes prácticas nucleares rusas: cuando los ataques preventivos se convierten en la estrategia de no proliferación nuclear, la disuasión ya ha fracasado en parte. Sobre todo si se considera la naturaleza bastante frágil del derecho internacional y en particular del TNP.
La historia del TNP
Firmado en 1968 en plena Guerra Fría y entrado en vigor dos años después, el acuerdo reconocía como Estados poseedores de armas nucleares solo a aquellos que habían realizado una prueba antes del 1 de enero de 1967 —Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido, Francia y China— e comprometía a todos los demás a renunciar a la adquisición de la bomba. A cambio, los países no nucleares obtenían el derecho a desarrollar programas atómicos civiles y la promesa, consagrada en el artículo VI, de futuras negociaciones para el desarme general y completo.
Durante décadas, el TNP ha sido considerado uno de los pilares más sólidos del orden internacional: limitó el número de las potencias nucleares muy por debajo de las previsiones formuladas en los años sesenta y proporcionó el marco jurídico dentro del cual opera el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Pero su éxito ha convivido con una contradicción nunca resuelta: la distinción permanente entre Estados autorizados a poseer el arma nuclear y Estados llamados a renunciar a ella. Una tensión que, con el deterioro de las relaciones entre las grandes potencias y la desaceleración de los procesos de desarme, se ha vuelto cada vez más evidente. A día de hoy, 191 Estados se adhieren al TNP. Sin embargo, cuatro de los miembros de los nueve países que poseen armas nucleares —Israel, India, Pakistán y Corea del Norte— no forman parte del tratado. Al mismo tiempo, las cinco principales potencias nucleares —empezando por EE. UU. y Rusia— continúan manteniendo vastos arsenales y, a menudo, invirtiendo en su modernización.
El TNP sigue de todos modos en vigor porque desde 1995 ha sido prorrogado por tiempo indefinido y no necesita renovaciones periódicas. Lo que ayer no se alcanzó es el consenso político sobre el documento conclusivo de la conferencia de revisión quinquenal. Que, más que cualquier otra cosa, refleja el caos geopolítico de un mundo sin puntos de referencia e incapaz de entenderse.
En el centro, como había señalado el Papa León XIV con motivo de su primer discurso ante el cuerpo diplomático, «está siempre la idea de que la paz solo es posible con la fuerza y bajo el efecto de la disuasión. Por otra parte, la guerra se conforma con destruir, la paz, en cambio, exige un esfuerzo continuo y paciente de construcción y una continua vigilancia. Dicho esfuerzo interpela a todos, a comenzar por los países que poseen arsenales nucleares». El riesgo, advertía el estadista británico Winston Churchill en el libro My Early Life (Mi juventud), es ceder a la fiebre de la guerra: «El estadista ya no será el amo de la política, sino el esclavo de acontecimientos impredecibles e incontrolables».
[Fuente: Vatican News]
