Horacio Biord Castillo:
Los pueblos indígenas, pese a los avances en las legislaciones particulares y los convenios internacionales, siguen siendo un tema pendiente en la agenda de los Estados. En muchos países, en los últimos cuatro decenios, se han alcanzado avances prometedores, pero también ha habido enormes retrocesos. Es el caso de Venezuela.
Tras la Constitución de 1999, se abrió un gran abanico de esperanzas con el reconocimiento de derechos fundamentales de los pueblos indígenas. Entre estos sobresalen, el derecho a preservar sus culturas, usos, costumbres, saberes y haceres; así como sus idiomas y las tierras que ancestral o tradicionalmente han ocupado. También se garantizan tanto sus derechos económicos como políticos.
Sin embargo, frente a estos avances, innegables con respecto a las décadas precedentes, también ha habido lamentables ralentizaciones y retrocesos. Estos últimos no pueden estar mejor ejemplificados que con el arco minero del Orinoco y la minería ilegal que han deteriorado, en niveles extremos, gran parte de los ecosistemas guayaneses, en general. Principalmente en los estados Amazonas y Bolívar, los efectos contaminantes de la minería son de gran magnitud. Las denuncias, por lo general silenciadas, son alarmantes y aún no se tiene un diagnóstico detallado y confiable.
Los pueblos indígenas representan no solo la diversidad sociocultural y lingüística en su más prístina esencia, sino que merecen todo el respeto y el apoyo de los países en los que han quedado englobados tras complejos procesos coloniales. Con frecuencia, mucha gente se pregunta, de manera incluso recelosa y hasta despectiva, que por qué a los pueblos indígenas se les debe dar un tratamiento especial y, también, con mayor incredulidad, que qué pueden aportar o cuál es el valor de sus culturas.
La primera pregunta, en el caso del continente americano, debe ser respondida a la luz de un derecho de origen. En efecto, se trata de sociedades anteriores a la formación de los Estados nacionales del continente, cuyos modos de vida no siempre idílicos, es verdad, fueron interrumpidos, alterados y atropellados por la expansión de los imperialismos coloniales en lo que Europa consideró un “nuevo mundo”.
La segunda pregunta es también muy interesante. Los pueblos indígenas tienen enormes conocimientos y un extraordinario acervo cultural que, como se ha repetido hasta la saciedad, abarcan desde el complejo manejo de ecosistemas, amenazados por la expansión de las actividades económicas de la sociedad industrial, su creciente demanda de recursos y el consecuente calentamiento global, hasta, y esto resulta muy importante resaltarlo, un sistema de representaciones y construcciones simbólicas y mitológicas de gran interés y valor para la humanidad entera, que merecen, además, una especial consideración.
Los pueblos indígenas aún esperan una consolidación de su estatus especial en la sociedad venezolana, una mayor y mejor valoración de sus aportes antiguos, presentes y futuros y el cumplimiento de diversas disposiciones legales, entre ellas el reconocimiento de sus territorios, como lo señala la Constitución de la República.
El mejor homenaje a los pueblos indígenas y una necesidad que, a la vez es una condición sine qua non, sería la despartidización del indigenismo, ampliamente entendido, y su desideologización. Asumida su participación y atención como un asunto de Estado y con una visión patrimonial no restrictiva y de gran alcance, los pueblos indígenas, por sí solos, sin necesidad de asimilarse a corrientes político-ideológicas con intereses propios, deben tener un papel importante en una nueva Venezuela y ser objeto de políticas interculturales eficientes, oportunas y sostenibles.
Agosto 09, 2026. Día Internacional de los Pueblos Indígenas.
Horacio Biord Castillo
Escritor, investigador y profesor universitario
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