Trinidad y política

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Por Mons Ovidio Pérez Morales:

Trinidad es identificación fundamental de Dios según el cristianismo. Éste, al igual que las religiones judía e islámica, afirma una sola deidad, pero con la básica especificación de tripersonal. En perspectiva cristiana, por consiguiente, Dios es Unitrino, es decir, uno y único en esencia, pero en trinidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta afirmación se hace, no como conclusión de un razonamiento puramente humano, sino como expresión de fe, es decir, de la inteligencia iluminada por una revelación divina, que ha tenido en Jesucristo su máximo comunicador.

Decir trinidad implica aquí reconocer una relación interpersonal, un tejido de subjetividades que justifican la definición bíblica presentada por la Primera Carta de Juan cuando afirma: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor (1Jn 4, 8). Esa misma Carta menciona la trilogía divina, que se da como comunión, en íntima y suprema unión interpersonal. En esto los cristianos nos diferenciamos, entre otros, de los judíos y los musulmanes, monoteístas también, pero que sostienen la unicidad personal divina.

La afirmación de Dios como Trinidad es central en el cristianismo desde los orígenes mismos, de lo cual es muestra patente la fórmula bautismal; con todo, la expresión doctrinal y litúrgica de aquella verdad no se ha reflejado siempre de modo coherente en la práctica (devociones, ética). En esto se ha coincidido en buena medida con la interpretación racionalista, típica de la Ilustración, que entiende a Dios como Absoluto, Infinito, Supremo, pero en solitaria subjetividadcreador también, pero ausente de la historia.

La renovación doctrinal y práctica católica, con su epicentro en el Concilio Vaticano II, ha puesto de relieve la trinitariedad divina, no sólo en lo estrictamente religioso, sino también en lo atinente a la proyección social de la fe, a la interpretación del ser y el deber ser del cristiano en el mundo. En cuanto a la profundización en lo inter personal trinitario ha repercutido de modo patente lo que el pensamiento filosófico contemporáneo sistematizó en valoración de la persona con su entraña relacional y apertura dialogal, de lo comunitario, del énfasis en “el otro” para identificar el “yo”; en este sentido no podríamos dejar de mencionar a filósofos como Mounier, Maritain, Levinas. Un humanismo de antropología no ego centrada, sino de encuentro.

La referida renovación ha subrayado lo interpersonal comunional (neologismo muy útil) de la realidad divina, reflejada en su imagen y semejanza humana; lo social y político se interpreta como dimensión y ámbito del existente terreno, en el sentido armonizante del plan divino creador y salvador, subrayando la centralidad del amor como guía ético y dinamismo espiritual. El Papa Francisco llegó hasta utilizar el término “comunión universal” para designar el íntimo nexo del ser humano con su entorno cósmico (ver su encíclica Laudato Si´ 112).

Lo político se muestra como ser y compromiso intrínsecos a la convivencia, que es sociedad, polis; aparece como reflejo y quehacer de un ser humano, que es relacional por naturaleza y amoroso por vocación y mandato. Esto explica el término civilización del amor, acuñado por el Papa Pablo VI, como sinónimo de la nueva sociedad (libre, solidaria, fraterna…) que el hombre está llamado a construir en su devenir histórico.

La confesión de Dios Trinidad exige entonces para el cristiano un ineludible compromiso para hacer de la política una herramienta de servicio, de amor, en el mundo concreto. Esa tarea puede concretarse en diversas formas de participación (sociedad civil, partidos, gobierno) según las condiciones concretas ciudadanas (sectores, encargos, circunstancias). Y para todo creyente, como para todo humano, la política entraña un quehacer moralmente ineludible como sujeto social responsable.

La expresión -no rara de oír- “yo no me meto en política” resulta falsa, porque la condición política no constituye un agregado, sino que es connatural al hombre, definido ya por Aristóteles como “animal político”. Y para el cristiano la politicidad viene iluminada por el ser mismo de Dios, que es diálogo, comunión, amor.