Por F. Duplá, S.J. :
Hablar de felicidad en este momento tan terrible para el país después del terremoto del 24 de junio parece fuera de lugar. Pero no lo es: al contrario, tenemos que levantar el ánimo colectivo y la mejor manera de hacerlo es resaltando nuestras raíces religiosas. La fe en el amor inmenso que Dios nos tiene a cada uno de nosotros, nos da alegría, seguridad, esperanza de un futuro mejor, apoyo en los momentos malos y todo eso nos ayuda a hacer el bien a los que carecen de esa fe.
Como dice muy bien el autor del libro “Fe y felicidad”, recientemente publicado por ABediciones de la UCAB., de Oscar Arnal: “Un corazón alegre es un poder sanador tanto para la salud espiritual como para la salud física y mental. Muchas de nuestras enfermedades son psicosomáticas, afecciones físicas que tienen sus orígenes en factores psicológicos. El estrés, la ansiedad, la depresión y otros problemas emocionales, también provocan: tumores, problemas en el corazón y en el estómago, dolores corporales y de cabeza, fatiga crónica, entre otros».
Cuando cultivamos un corazón alegre, tal y como nos lo enseña la Biblia, crecemos espiritualmente, y reducimos el estrés y los riesgos de hipertensión, fortalecemos el sistema inmunológico, mejoramos el sistema cardiovascular, la digestión y el sueño, eliminamos la ansiedad y la depresión.
Como consecuencia, viven más y mejor los que tienen fe religiosa y la comunican con su manera de vivir. ¿En qué consiste esa fa religiosa que lleva a una vida mejor? Creo que Dios es amor y que nosotros participamos de esa chispa divina capaz de incendiar el mundo. Cada vez que alguien muestra un amor desprendido, generoso, que tiende a la fusión, está manifestando su convocatoria a la divinidad, a la participación en el mismo ser divino. Hemos recibido tantos bienes que dar gracias a Dios nos llena de alegría.
Le podemos decir: Tú estás más pronto en dar que yo en pedir. Ahora te pido por tanta gente buena que me rodea y a los que quiero. Tú estás con ellos y los llenas de tu gracia y de tus dones. Pero también – ¿y por qué no? – te pido por tanta gente mala que hacen ese enorme daño a los demás, que no les permiten vivir, que les privan de lo necesario, que los amenazan, que los ponen presos. Porque creo que tú nos pides, sobre todo a través de tanta gente que se acerca a nosotros en búsqueda de sentido, de consuelo, de ayuda, de perdón. En esos momentos tú estás presente justo cuando me parecen inoportunos, fastidiosos, exagerados, torpes, incultos, aprovechados.
Creo que tú eres ellos, de verdad, aunque me cuesta reconocerte. He tardado en darme
cuenta, pero tú tienes paciencia en tu ocultamiento.
En muchos ambientes existe una utopía científica que aspira a eliminar a Dios como innecesario, como un residuo de un pasado de ignorancia que puede ser definitivamente superado.
Esta utopía conduciría a la manipulación de unos pocos sobre el resto, en definitiva, a la destrucción del hombre por el hombre mismo. Es la imagen moderna del “pecado de Adán y Eva”, el dominio del árbol del conocimiento, “de la ciencia del bien y del mal”, que Dios se reserva.
¿Y por qué se lo reserva? ¿Acaso porque está como celoso de la inteligencia humana? No. Se lo reserva porque el hombre carece del amor, que es lo único que puede frenar el conocimiento desmedido; éste tiende a la soberbia, al ensalzamiento del hombre por encima de todo, incluyendo a Dios. Es el superhombre nietzscheano, que condujo a las locuras nazis, que siguen agazapadas ahí, que no han sido del todo eliminadas.
Sin el amor de Dios el hombre se destruye a sí mismo. Como decía San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”. “Para él, todos los seres humanos desean ser felices, sin excepción. La búsqueda de la felicidad es universal y constituye el motor de la vida. Sin embargo, su análisis muestra que la mayoría de las personas identifica la felicidad con bienes externos, con el éxito, el placer o con el reconocimiento. San Agustín sostiene que estas formas de felicidad son inestables, porque dependen de realidades cambiantes y frágiles”.
¿Qué pasa con los que no conocen a Jesucristo, o peor, con los que le rechazan, que organizan toda su vida para el mal, para el abuso, para la mentira, montados sobre un egoísmo que los convierte en seres abominables?
Me cuesta pensar en vidas así. No quiero erigirme en juez de ellos, los dejo en manos de Dios, que sabrá qué hacer con vidas tan ciegas. El pensamiento de la condena eterna de los malvados me sirve más bien para alejarme de semejante manera de vivir.
Oscar Arnal presenta la vida en todas sus manifestaciones positivas como camino y expresión de la fe y la alegría espiritual. El trabajo, la música, el baile, la conversación distendida, el deporte, la lectura, el arte… todo lo que constituye la vida puede conducirnos a Dios. Y muestra también que en los países en los que hay menos corrupción y mejor desempeño de las autoridades, la gente vive más feliz. Mucho se puede aprender y practicar de este libro tan rico.
