Las angustias de mi alma

Destacadas Especiales

Rosalía Moros de Borregales:

 

“Me gozaré y alegraré en tu misericordia, porque has visto mi aflicción; has conocido mi alma en las angustias”. Salmo 31:7.

 

 

En el mundo cristiano hay una anécdota alrededor de un himno conocido en Inglés como It Is Well with My Soul, Esta bien con mi alma, literalmente. Aunque lo traduciría: Lo acepto con mi alma. Fue un himno escrito por Horatio Gates Spafford luego de la pérdida de sus cuatro hijas en un naufragio. Horatio nació en octubre de 1828 en Troy, estado de New York. Al terminar sus estudios se trasladó a Chicago, una ciudad que crecía vertiginosamente en la época y en la cual Horatio estableció una práctica jurídica muy exitosa. Estuvo relacionado con Dwight L. Moody, uno de los personajes más influyentes del cristianismo norteamericano del siglo XIX y todo el movimiento de avivamiento.

 

Era un hombre de una intensa sensibilidad social, activamente ligado al movimiento abolicionista. Contrajo nupcias con una noruega que llegó a Estados Unidos siendo aún muy joven, Anna Stavanger. Cuentan algunos documentos de la Library of Congress que Horatio quedó prendado de Anna mientras le enseñaba en la escuela dominical. Ella tenía 15 años y él casi se muere al enterarse que era 14 años mayor que ella. Luego de hablar con sus padres, pagó un colegio de internado para señoritas, a fin de alejarla de su vista. Después de tres años, Horatio y Anna se casaron y tuvieron cuatro niñas. Tanto su vida familiar como sus negocios iban viento en popa, hasta que en 1871 ocurrió el inolvidable y trágico incendio de Chicago que acabó con vastas zonas de la ciudad., afectando grandemente a la familia Spafford.

 

En 1873, la familia proyectó pasar una temporada de descanso en Europa; además, planeaban acompañar a Dwight Moody en sus campañas evangelísticas en Inglaterra. A última hora surgieron problemas en sus asuntos jurídicos y Horatio no viajó con su esposa y sus hijas. Nunca se imaginó cuando las despidió para que abordaran un elegante vapor francés, el Ville du Havre, que era la última vez que vería a sus cuatro niñas. La noche del 22 de noviembre de 1873 el Ville du Havre chocaría con el Loch Earn un gran velero británico de hierro. En la colisión murieron 226 personas, entre ellas las cuatro hijas de Anna y Horatio. Un pastor sobreviviente contó que Anna al ser rescatada dijo: “Dios me dio cuatro hijas. Ahora las he perdido a cada una. Algún día comprenderé porqué”. El 1 de diciembre de 1973, nueve días después de ser rescatada, al llegar a Gales escribió un telegrama a Horatio: Saved alone. What shall I do? _ Salvada sola. ¿Qué debo hacer?

 

Horatio partió a Europa a encontrarse con su esposa, devastado por el dolor de haber perdido a sus cuatro hijas. Cuentan los documentos históricos que cuando atravesaba el Atlántico, el capitán de su barco le informó que estaban pasando por el lugar donde había sucedido la tragedia. Un rato más tarde, Horatio escribió: “Es el lugar, pero mis queridas hijas no están allí, a tres millas bajo el océano. Mis queridas corderitas están a salvo, recogidas y guardadas”. De aquellas horas de dolor y soledad surgió el himno que ha perdurado a lo largo de la historia, el cual revela las verdades más profundas de la vida con Cristo:

 

“Cuando la paz como un río acompañe mi camino, cuando las penas como las olas del mar se levanten sobre mí. Cualquiera que sea mi situación, lo acepto con mi alma.

Aunque el mal me golpee, aunque las pruebas lleguen, que esta bendita certeza gobierne mi corazón: Cristo ha mirado mi condición indefensa y ha derramado su propia sangre por mi alma. Lo acepto con mi alma, lo acepto con mi alma. Mi pecado _ ¡Oh dicha de este glorioso pensamiento! _ Mi pecado entero, está clavado en la cruz y ya no lo llevo conmigo. ¡Alaba al SEÑOR alma mía!…

 

He llorado investigando sobre la vida de Horatio y la letra de este himno. Le pido al SEÑOR que me de su gracia para poder decir como Horatio —Lo acepto con mi alma—. Nuestro Señor Jesucristo le dijo a los discípulos: “Estas cosas os he hablado para que en Mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, Yo he vencido al mundo”. Juan 16:33. Aunque tenemos aseguradas las aflicciones, nuestra alma se rehusa a aceptarlas. Cuando vemos tanto dolor y devastación en nuestro país; cuando las injusticias parecieran reinar sobre la integridad y la verdad, muchas veces nuestra alma se llena de angustia. Y es allí, en medio del desasosiego, de la tristeza y la sensación de haber sido abandonados, el lugar desde donde nuestra alma clama a Dios por su presencia.

 

El salmo 31 representa una radiografía del alma en aflicción. Cuando la realidad se vuelve incomprensible, el alma se llena de angustia; sin embargo, en medio de ese dolor, en medio de todo lo inestable alrededor, Dios se convierte en la roca fuerte, en el lugar seguro. “Inclina a mí tu oído, líbrame pronto; sé tú mi roca fuerte, y fortaleza para salvarme”. Verso 2. No obstante, la confianza expresada en Dios no es ciega ante el peligro, reconoce que constantemente el enemigo de nuestras almas está como león rugiente buscando para devorarnos. “Sácame de la red que han escondido para mí, pues tu eres mi refugio”. Verso 4. Y en medio de todas las angustias, el punto culminante de la declaración de entrega es el verso 5: “En tu mano encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh Señor, Dios de verdad”. Estas palabras del salmista David adquieren una dimensión verdaderamente trascendental porque Jesús las pronunció en el cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Lucas 23:46.

 

Encomendar el espíritu significa depositar en las manos de Dios todo aquello que no podemos controlar y, más aun, rendir la vida misma a su cuidado. No es un acto, como en ocasiones ha sido malinterpretado, de dejar todo sin atención, como que pase lo que tenga que pasar… No, es un acto de rendición de nuestra voluntad a la de Dios, con la consciencia espiritual que somos suyos y que Él tiene cuidado de nosotros. Es el reconocimiento de nuestra limitación ante su grandeza y poder por encima de todo. No es resignación, es entrega. Es dejarnos conocer por Él en nuestra debilidad, sabiendo que su poder se perfecciona en nuestra flaqueza.

 

El Señor conoce nuestras almas en sus angustias. El ve el miedo que nos asalta como un ladrón en la noche oscura y ese que nosotros mismos no hemos identificado. El sabe del cansancio que no sabemos cómo explicar. El entiende el dolor de la pérdida que aun no podemos, no sabemos nombrar; el conoce la lucha interior entre querer actuar según su Palabra y los sentimientos adversos que batallan en nuestra alma por adquirir poderío. Él sabe las preguntas que aun no nos hemos formulado. Dios conoce el acontecimiento y conoce también el alma que lo atraviesa. El sabe que el sufrimiento abarca nuestro cuerpo y nuestra alma: “Ten misericordia de mí, Oh Señor, porque estoy en angustia; se han consumido de tristeza mis ojos, mi alma también y mi cuerpo”. Verso 9. También sabe que no es solo la aflicción del tiempo presente sino el acumulado de tantos años: “Porque mi vida se va gastando de dolor, y mis años de suspirar… Verso 10.

 

Una de las heridas más profundas del alma es sentirse abandonado, olvidado por aquellos a quienes se ha amado. Saber que en otros tiempos tu corazón y tus manos se abrieron para dar en abundancia a muchos y, hoy, en medio de la angustia, estás solo. “He sido olvidado de su corazón como un muerto; he venido a ser como un vaso quebrado”. Verso 12. La imagen del vaso quebrado es contundente para expresar el corazón roto. Un vaso se hizo para contener, para ser llenado y para dar de ese contenido; cuando se quiebra, pierde su capacidad y es desechado. Así se siente el alma quebrada, herida. Se siente que es puesta a un lado, que ha sido olvidada. Porque todos siguen viviendo, mientras tu sigues tratando de procesar tu pérdida.

 

Ahora bien el verso 14 nos hace girar la mirada de la herida al Señor de Señores, del dolor del alma al Dios de nuestra vida. “Mas yo en Ti confío, oh Señor; digo: Tu eres mi Dios”. Porque el alma necesita que le recordemos quien es nuestro Dios. Necesita que le hablemos y le digamos que perseveraremos en confiar en nuestro Dios. El siguiente verso es una de las frases más hermosas y significativas de todo el Salmo 31: “En tus manos están mis tiempos”. Aquí David no solo entrega su vida, en sentido abstracto, sino sus tiempos: sus días buenos, soleados y sus días difíciles llenos de nubes negras. Entrega sus amaneceres y sus atardeceres. Sus esperas, sus encuentros, sus temporadas de lluvia y también las de sequía; su pasado, su presente y su futuro, sus transiciones, sus cambios, sus risas y sus lágrimas.

 

He llegado al final de mi formato y aún el Salmo 31 me continúa hablando preciosas verdades para el momento actual de nuestra existencia. Voy a despedirme hoy con estas dos, que convierto en oración, desde lo más profundo de mi corazón,  por cada uno de ustedes:

 

“Haz resplandecer tu rostro sobre tu siervo; sálvame por tu misericordia”.

Salmo 31:16.

 

“Esforzaos todos vosotros los que esperáis en el SEÑOR, y tome aliento vuestro corazón”.

Salmo 31:24.

 

Rosalía Moros de Borregales

rosymoros@gmail.com

X:RosaliaMorosB

Facebook: Letras con corazón

IG: @letras_con_corazon

#reflexionesparavenezuela