Mientras España se prepara para un eclipse excepcional, la historia recuerda otros que se cruzaron con conversiones, profecías y algunos de los grandes enigmas de la Biblia.
Quedan pocas horas para el próximo eclipse total de este 12 de agosto y millones de españoles preparan agendas y ultiman detalles y compras de protección para optimizar el episodio astronómico. Se tratará de un fenómeno único: según el portal especializado Tres Eclipses, será el primer eclipse total de Sol visible desde la Península en más de un siglo. Precisamente España será uno de los mejores puntos del globo para presenciarlo por más de 38 millones de españoles, sin contar con turistas y visitantes extranjeros.
Pero la generalización de gafas especiales, los horarios calculados al segundo o el conocimiento científico prácticamente total es un escenario muy distinto al que podía tener lugar siglos atrás.
A lo largo de la historia, grandes y pequeñas civilizaciones han estado estrechamente vinculadas al sol, la luna y las estrellas. También el cristianismo, desde su mismo origen en la persona de Cristo, ha encontrado en la luz y las tinieblas un poderoso lenguaje simbólico, espiritual y doctrinal. Desde episodios extraordinarios, como el eclipse asociado a la conversión de uno de los primeros reinos al cristianismo, hasta la liturgia cotidiana —con el prólogo de San Juan proclamado tradicionalmente como Último Evangelio al término de la Misa—, la imagen de la luz que vence a las tinieblas atraviesa de forma constante la historia y la espiritualidad cristianas.
Son muchos los que, al margen del mero materialismo, se preguntan todavía hoy si los grandes eclipses y fenómenos astronómicos han tenido alguna relación con la historia de la fe. Y es la propia historia, a veces enriquecida por la leyenda, la que responde, ya sea con eclipses que influyeron en acontecimientos religiosos, en otros que ayudan a explicar relatos bíblicos, o incluso en fenómenos como la oscuridad del Calvario, para los que un eclipse ordinario no ofrece explicación.
El eclipse que pudo convertir a un rey
Uno de los casos más icónicos que relacionan un eclipse con la fe es el vinculado a Santa Nino, al rey Mirian III y a la propia conversión del reino de Iberia, la actual Georgia oriental.
El relato se remonta a finales del siglo III, con el nacimiento de la santa que se venera hasta el día de hoy como la evangelizadora de Georgia. Por su parentesco con un general romano, recibió una sólida formación cristiana que la llevaría a emprender la cristianización de Iberia tras una visión divina.
El mensaje de la santa chocaría con una sociedad profundamente pagana, pero pronto comenzó a calar entre la población, a lo que contribuyó su fama de obrar milagros y sanaciones, como fue la de la propia reina Nana.
Aquella curación derribaría parte de los muros que los reyes, paganos, levantaban contra el cristianismo. Sin embargo, habría que esperar a un eclipse para el paso definitivo. En el año 319, en alguna de sus múltiples cacerías, el rey se encontraba en algún lugar entre Mtskheta (la antigua capital de Georgia) y Khashuri, cerca del monte Tkhoti, cuando de pronto oscureció por completo y el sol desapareció.
El monarca no dudó en implorar auxilio a sus ídolos paganos, sin éxito. Fue entonces, entre la desesperación y el pánico ante un fenómeno insólito, cuando decidió dirigirse a aquel del que hablaba Nino, la santa de Capadocia. Acto seguido, la oscuridad desapareció, el sol volvió a brillar y se cuenta que Mirian se volvió hacia el este agradeciendo y loando al “dios de Nino”.
El monarca interpretó lo sucedido como un auxilio divino, al que respondió con su sincera conversión y, después, con la declaración del cristianismo como la religión del estado. La fecha exacta es discutida y tradicionalmente se ha situado hacia el año 326, convirtiendo a la actual Georgia en uno de los primeros países en adoptar formalmente el cristianismo.
Para muchos, dicho fenómeno es uno de los mayores rasgos identitarios de la región. Para otros, se trata de un episodio que oscila entre lo mítico y lo legendario. Es por ello que cuatro astrónomos y astrofísicos del Observatorio Astrofísico Nacional de Georgia, M. Sh. Gigolashvili, R. I. Kiladze, V. J. Kukhianidze y G. T. Ramishvili, trataron de reconstruir científicamente el episodio.
Tras estudiar los eclipses visibles en la región durante el reinado de Mirian, identificaron el eclipse total de Sol del 6 de mayo del año 319, cuya trayectoria pasó por las inmediaciones del monte Tkhoti, donde las crónicas sitúan al rey.
El hallazgo llevaría posteriormente al mismo equipo a proponer incluso una revisión de la cronología tradicional: situaron en mayo del año 320, aproximadamente un año después del eclipse, el levantamiento de cruces de ciprés relatado por las crónicas y la adopción oficial del cristianismo. Una propuesta que no constituye una datación histórica unánimemente aceptada, pero que refuerza la posibilidad de que, tras la oscuridad que precedió a la conversión de Mirian, se diese realmente un eclipse total de Sol.
La Nínive de Jonás, ¿aterrorizada por un eclipse?
El de Bur-Sagale fue otro de los eclipses que cambió literalmente la historia. Su datación no podía ser más precisa: el 15 de junio del 763 a.C., el corazón del Imperio asirio quedó sumido en la oscuridad. Un fenómeno que afectó a emplazamientos bíblicos como Nínive, ya que según los cálculos modernos, la llamada “franja de totalidad estricta” -donde la sombra más oscura de la Luna se proyecta y bloquea por completo el disco del Sol- habría pasado unos 50 kilómetros al norte de la ciudad.
En lo referido a la propia historia asiria, incluso para el conjunto de la historia Antigua, el episodio tuvo una importancia crucial, pues permitió cuadrar los distintos reinados y gobernantes con un calendario formal. Algo que ha permitido afirmar a expertos como Javier García que, a partir de entonces, se fijaron reinados, campañas, sincronismos con otros pueblos y debates enteros sobre el primer milenio antes de nuestra era”.
Pero la importancia del eclipse de Bur-Sagale trascendió la historia. Hay quienes afirman que dejó su huella en la misma historia de la salvación, pues la coincidencia del eclipse con la predicación de Jonás en Nínive descrita en la Biblia es, cronológicamente, una posibilidad.
La misma NASA observa en algunos de sus artículos que, en el tiempo descrito, los eclipses eran vistos con temor y pavor. Una perspectiva que podría relacionarse con la inestabilidad asiria plasmada por la Lista de Limmu, que entre el 765 y el 758 a.C. registra siete años prácticamente ininterrumpidos de epidemias, rebeliones y el citado eclipse.
Para comprender el impacto que este fenómeno podía causar en Nínive hay que mirar a la mentalidad religiosa asiria. Algo que hizo en 1979 Donald J. Wiseman, antiguo conservador del British Museum, profesor de Asiriología en la Universidad de Londres y miembro de la British Academy.
Tras estudiar la gran colección de presagios Enūma Anu Enlil, Wiseman comprobó que los eclipses eran fenómenos susceptibles de interpretaciones críticas. Entre ellas, la muerte o deposición del rey, hambrunas, crisis o, incluso, la destrucción de las murallas de una ciudad.
Investigando la posible coincidencia con el relato bíblico, Wiseman recuerda que, ante determinados eclipses, podían decretarse ayunos y recurrirse al llamado “rey sustituto”, que ocupaba temporalmente el lugar del monarca para atraer sobre sí los malos presagios. Algo que coincide con lo relatado en Jonás 3, 3-8:
Jonás se levantó, y marchó a Nínive, según la orden de Yahvé. Era Nínive una ciudad grande delante de Dios, de (una dimensión de) tres días de camino. Comenzó Jonás a penetrar en la ciudad, y caminando un día entero predicaba, diciendo: “De aquí a cuarenta días Nínive será destruida.” Y los ninivitas creyeron en Dios; promulgaron un ayuno y se vistieron de cilicios, desde los grandes hasta los chicos. Llegó la noticia también al rey de Nínive; el cual se levantó de su trono, se despojó de su vestidura, se cubrió de saco y se sentó sobre ceniza. Y por decreto del rey y de sus grandes, se publicó en Nínive esta proclamación: “Ni hombres ni bestias, ni bueyes, ni ovejas gusten cosa alguna; no salgan a pacer ni beban agua. Cúbranse de saco hombres y bestias, y clamen con ahínco a Dios; y conviértase cada uno de su mal camino y de las injusticias de sus manos».
Lo descrito en el relato bíblico, especialmente la rápida reacción de los ninivitas a la predicación, no habla literalmente de un ritual provocado por un eclipse. Sin embargo, refleja una reacción de los ninivitas y del mismo rey que encaja especialmente con comportamientos religiosos de la sociedad asiria ante fenómenos celestes como los eclipses. Que la predicación de Jonás coincidiese con el eclipse y funcionase este último como catalizador para la conversión, desde el prisma histórico y lógico, no puede descartarse.
Josué: ¿Se paró el sol o se eclipsó hace 3.200 años?
Nínive no es el único episodio bíblico que se ha relacionado con un eclipse, con mayor o menor fundamento. En este sentido, es especialmente conocido el relato del capítulo 10 del libro de Josué, en plena conquista de Canaán.
Cinco reyes amorreos, alarmados por el avance de Israel y por la alianza de Gabaón con Josué, se unieron para atacar la ciudad. Los habitantes de la ciudad pidieron auxilio y Josué acudió en su ayuda tras una marcha nocturna. Las Escrituras relatan así la victoria:
“Y mientras iban huyendo delante de Israel en la bajada de Betharán, Yahvé hizo caer sobre ellos desde el cielo grandes piedras, hasta Asecá, y así murieron. Fueron más los muertos por las piedras de granizo que los muertos por la espada de los hijos de Israel”.
Es entonces cuando llega uno de los pasajes más conocidos y enigmáticos del Antiguo Testamento, cuando Josué implora a Dios: “¡Sol, detente sobre Gabaón, y tú, luna, en el valle de Ayalón!”. La Escritura no es parca en la descripción de lo sucedido: “El sol se detuvo, y se paró la luna, hasta que el pueblo se hubo vengado de sus enemigos. ¿No está esto escrito en el libro del Justo? Se paró el sol en medio del cielo, y no se apresuró a bajar casi un día entero”.
Aunque el pasaje se ha interpretado tradicionalmente como una detención del Sol y la Luna, algunos investigadores han tratado de encontrar una explicación desde la astronomía.
Dos de ellos son Colin Humphreys y Graeme Waddington, que en 2017 publicaron en Astronomy & Geophysics la investigación El eclipse solar del año 1207 a. C. ayuda a datar a los faraones (Solar eclipse of 1207 BC helps to date pharaohs).
Tradicionalmente se ha interpretado el pasaje como la paralización literal del sol y de la luna. Pero en su artículo, Humphreys y Waddington proponen una interpretación alternativa a partir del propio texto hebreo: que no dejaron de moverse, sino de hacer aquello que normalmente hacen, “brillar”.
Lo explican así: “El texto se refiere a un eclipse solar, cuando el Sol deja de brillar. Como un eclipse solar solo puede ocurrir cuando la Luna está directamente entre la Tierra y el Sol, la Luna misma no es visible y, por lo tanto, no refleja la luz solar hacia la Tierra; al igual que el Sol, también ha `dejado de brillar´”.
Una interpretación que tampoco es novedosa, pues los mismos autores citan al lingüista Robert Wilson (1918) como uno de los primeros en sugerir que Josué 10:12–14 se refería realmente a un eclipse solar.
En su investigación, buscaron eclipses anulares visibles desde Gabaón y solo encontraron uno, el de la tarde del 30 de octubre de 1207 a.C., cuya trayectoria pasó sobre la misma Canaán.
Tras un extenso estudio que puede consultarse íntegro en Oxford Academic, Humphreys y Waddington no solo sugieren que, de estar en lo cierto, el fenómeno descrito por Josué fue un eclipse, sino que además sería el más antiguo del que se tiene constancia.
“Una reinterpretación de un pasaje enigmático del libro de Josué del Antiguo Testamento sugiere que se estaba informando de un eclipse solar. Los cálculos indican que este evento podría ser el eclipse solar anular del 30 de octubre de 1207 a. C. De confirmarse, este parece ser el eclipse solar más antiguo registrado”, concluyen.
El eclipse imposible del Calvario
En otras ocasiones, la astronomía no permite explicar un relato bíblico mediante un eclipse, sino precisamente lo contrario, descartarlo. Y el ejemplo más icónico se encuentra en el Calvario.
Los tres Evangelios sinópticos reflejan la que podría ser considerada como la oscuridad más famosa de la historia. En Mateo 27, 45, antes de la muerte de Cristo, se describe que “desde la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora nona”. Marcos 15,33 menciona que “cuando fue la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora nona”. Y Lucas 23, 44-45 habla de un fenómeno similar a un eclipse: “Era ya alrededor de la hora sexta, cuando una tiniebla se hizo sobre toda la tierra hasta la hora nona, eclipsándose el sol; y el velo del templo se rasgó por el medio”.
Pero, ¿podía ser esa oscuridad un eclipse solar ordinario? Según explica la NASA, los eclipses solares tienen lugar en fase de luna nueva y los lunares en fase de luna llena. Algo que hace imposible que la oscuridad de la Pasión fuese un eclipse solar, pues la crucifixión tuvo lugar durante el periodo de luna llena.
Otro de los argumentos que niegan la posibilidad de un eclipse solar es la propia duración. También la NASA menciona que “los eclipses solares totales de mayor duración apenas superan los 7 minutos”, pero los Evangelios hablan de horas de duración.
No somos los primeros en plantear esta cuestión. De hecho, es algo que ya hizo Julio Africano, a comienzos del siglo III, en Sobre las circunstancias de la Pasión del Salvador y su vivificante Resurrección. Argumentaba que era imposible: “Porque los hebreos celebran la Pascua el día 14 según la luna, y la pasión de nuestro Salvador cae el día anterior a la Pascua; pero un eclipse de sol solo tiene lugar cuando la luna se pone bajo el sol. Y no puede ocurrir en ningún otro momento sino en el intervalo entre el primer día de la luna nueva y el último de la luna vieja, es decir, en su unión”.
¿Qué sucedió entonces? El mismo Julio Africano ya sugiere una respuesta que cuestiona toda explicación estrictamente astronómica. A su juicio, “fue una oscuridad inducida por Dios” que se debía por entero al sufrimiento de Cristo.
Según esto, la astronomía no ofrece la posibilidad de un eclipse ordinario que explique esas tres horas de oscuridad. Sin embargo, sí aporta otro fenómeno relacionado con una de las fechas propuestas para la muerte de Cristo.
Humphreys y Waddington vuelven a explicarlo, pero esta vez en 1983, en su artículo Dating the Crucifixion. La respuesta que ofrecen es todo un quiebre, pues al reconstruir el calendario judío, ofrecieron el viernes 3 de abril del año 33 como fecha de la Crucifixión. Año en el que la misma NASA recoge la existencia de un eclipse lunar parcial de unas 2 horas y 50 minutos, al que acompaña con un interrogante: “¿Crucifixión de Cristo?”.
Con todo, la NASA traslada al lector la interpretación definitiva y se desmarca de cualquier asociación entre un eclipse y un episodio histórico: “La inclusión de un evento histórico en las tablas a continuación no implica la validación de dicho evento ni su conexión con un eclipse […] Corresponde al lector evaluar si la asociación con el eclipse es válida o no”.-
Pie de foto: Los eclipses han sido interpretados durante siglos como signos extraordinarios y aparecen vinculados a algunos de los episodios más sorprendentes de la historia de la fe.

