A diferencia de otros líderes mundiales, el Papa funge simultáneamente como cabeza espiritual universal de la Iglesia Católica y como cabeza de la Santa Sede, una entidad soberana distinta según el derecho internacional que actúa como gobierno central de la Iglesia Católica.
¿Qué significan, entonces, estos roles en el contexto del trabajo cotidiano de un Papa como líder visible de los católicos del mundo?
Andreas Widmer, antiguo miembro de la Guardia Suiza Pontificia que sirvió a San Juan Pablo II y que ahora imparte clases en la Universidad Católica de América en Washington, D.C., dijo a EWTN News que los Estados Pontificios formaron en su día un importante reino territorial en el centro de Italia, con el Papa como su gobernante temporal.
Tras la unificación italiana en el siglo XIX y la pérdida de la mayor parte de esos territorios en 1870, la Iglesia desarrolló aún más el concepto de la Santa Sede como una presencia internacional duradera e independiente de un territorio extenso.
El Tratado de Letrán de 1929 formalizó la creación del Estado de la Ciudad del Vaticano, un pequeño territorio soberano de aproximadamente 44 hectáreas centrado en la colina del Vaticano, lo que proporciona al Papa la independencia suficiente para ejercer su ministerio universal libre de coerción externa.
“A partir de entonces, el Papa desempeñó dos funciones distintas”, dijo Widmer. “Es el líder espiritual de la Iglesia Católica y el jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano, el único soberano absoluto de Europa”.
En principio, la Iglesia podría perder el territorio de la Ciudad del Vaticano y aun así conservar su personalidad jurídica internacional y sus relaciones diplomáticas a través de la Santa Sede, del mismo modo que un soberano podría seguir existiendo y manteniendo relaciones diplomáticas incluso sin una capital territorial fija.
“La Iglesia podría prescindir del Vaticano y seguir contando con los embajadores, porque se trata de la Santa Sede”, señaló Widmer. “Dondequiera que esté el Papa, allí está la Santa Sede”. Este acuerdo garantiza la libertas Ecclesiae, la libertad de la Iglesia.
Además, la condición del Papa como jefe de Estado reconocido le confiere inmunidades en virtud del derecho internacional que lo sitúan fuera de las obligaciones civiles ordinarias de su país de origen, como la obligación de votar o el pago de impuestos.
El Papa puede conservar la ciudadanía de su país de origen, además de la ciudadanía vaticana que adquiere automáticamente al ser elegido Sucesor de San Pedro.
Andrea Gagliarducci, experto en el Vaticano y colaborador de EWTN News, afirmó que esta posición única también explica por qué los intentos de tratar al Papa como un ejecutivo corporativo en demandas civiles terminan fracasando: como jefe de Estado soberano y encarnación institucional de la Santa Sede, se le aplican todas las inmunidades pertinentes.
La inmunidad personal de los jefes de Estado es un principio consuetudinario del derecho internacional que garantiza la plena exención de la jurisdicción penal, civil y administrativa de otro Estado y abarca tanto los actos oficiales como los privados.
El pequeño territorio de la Ciudad del Vaticano, en palabras del Papa Pío XI, proporciona «el cuerpo suficiente para mantener unida el alma», lo que permite al Sucesor de San Pedro la libertad necesaria para pastorear la Iglesia universal sin estar sujeto a los intereses de ninguna nación en particular.
En la práctica, el Santo Padre se centra principalmente en su liderazgo pastoral y moral. Cuando aborda cuestiones de guerra, paz o dignidad humana, lo hace ante todo como Vicario de Cristo.
Como ha señalado Andrea Tornielli, del Dicasterio para la Comunicación del Vaticano, el Papa, en su liderazgo de la Iglesia, invita al mundo a principios más elevados de justicia y fraternidad, mientras que la maquinaria diplomática práctica de la Santa Sede opera al servicio de esa misión.-
Publicado originalmente por EWTN News. Traducido y adaptado por el equipo de ACI Prensa.
