Mons. Pablo Modesto: No les pido resignación, sino docilidad a la voluntad de Dios.

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Desde EnVigilia conversamos con el Obispo de la Diócesis de La Guaira, monseñor Pablo Modesto, quien apenas tiene un año al frente de esta iglesia local y le tocó afrontar, junto a su hermano monseñor Raúl Biord, las secuelas de esta catástrofe que, por la gracia de Dios, no cobró ninguna víctima mortal del clero.

— Monseñor, nos aproximamos a una semana de la tragedia. ¿Cómo se siente y cómo ha pulsado la respuesta del venezolano en esta situación?

La verdad que esta ha sido una experiencia de verdad demasiado fuerte en mi existencia, en mi vida. Primero la experiencia personal de ver que ya pensaba que era el último día; ya cuando empezaron a caer todas las cosas y pensaba que era ya el final, yo dije «Señor, aquí estoy». Prácticamente yo me solté en Dios y bueno, el Señor me dio la oportunidad de seguir. Por eso ahora con esperanza, empieza a uno darse cuenta de todas las cosas buenas que están dándose en medio de la maldad, en medio de la dificultad, en medio del dolor, en medio del testimonio de tanta gente.

En el fondo, es ver cómo se pueden canalizar las cosas; esas energías que tenemos que a veces se canalizan para el mal, ver que hay mucha gente que está canalizando el bien. Hemos sentido muchísima solidaridad de mucha gente. Hay mucha gente que está atenta. Claro, tenemos una invitación de cómo administrar esa bondad y cómo hacer para canalizar toda esa generosidad, toda esa entrega. 

Tenemos que crecer en capacidad de organización para que toda esa bondad llegue.

Todavía no tenemos suficientes herramientas, pero creo que una cosa destacar es que ojalá que ese sentimiento de solidaridad que han mostrado en estos días se convierta en una realidad perenne, no solamente para las emergencias, sino en la vida cotidiana. 

— ¿En qué fase estamos?

Estamos ahora convocando a todos los sacerdotes. Me los traje para a la Conferencia Episcopal Venezolana para que se desconecten un poquito y para que hablen, para que se desahoguen, para que compartan. Todos ellos fueron afectados.  

Muchas veces, gracias al Señor, estamos siendo instrumentos de acogida y misericordia para mucha gente. Y damos gracias a Dios porque podemos ser instrumentos de Él. Pero siempre está esa necesidad de mejorar la manera de cómo organizarnos para que toda esa bondad de la gente le pueda llegar, insisto, a los que son más frágiles, que no son a veces los que se acercan. 

— ¿Usted cómo atraviesa el dolor?

Es una lucha interna de ver cómo cada vez más me suelto en Dios. Al momento de los terremotos, yo estaba en mi cuarto, agarrado de la puerta. Yo estaba llegando de haber celebrado la fiesta de San Juan en Caraballeda; ese día tuve confirmación en la mañana y en la tarde había estado en Caraballeda. Regresando de allá, estaba reposando en la cama cuando veo que empieza a moverse todo, que empiezan a caer las cosas del techo, que se mueve. Escuché un ruido muy fuerte. Pensé que se había caído la pared de atrás pero ese fue el momento en que cayeron los cinco edificios que están alrededor. Fue un crujir muy fuerte, profundo.

 

— Monseñor, usted tiene su formación espiritual y tiene esa sabiduría y esa humildad de rendirse a Dios, pero quizás hay muchas familias que, en este contexto, pueden cuestionarse su fe, pueden cuestionar a Dios. Qué mensaje ofrece?

En la vida tenemos dos opciones ante la adversidad: lo asumimos solos o puedes sentir la suavidad de Dios que está contigo y te acompaña. Y te acompaña de muchas maneras, personas, acontecimientos. En medio de este dolor, date cuenta cuántas cosas Dios está haciendo por ti, de cuántas maneras se manifiesta Dios a través de personas, a través de acontecimiento, en tu vida. Si tú logras ponerte en clave espiritual, verás que podrás ver muchas más cosas de las que no se ven normalmente.

Esto no es un castigo, es una situación que se da. Dios la permite, y si la permite, debiera ayudarnos para algo. 

No le pido a ustedes resignación, sino docilidad a la voluntad de Dios.

Y eso significa lucha, eso significa seguir dando lo mejor de mí, luchando por esas cosas y saber que todos estamos prestados. 

Yo ya voy para 67 años y ha pasado demasiado rápido. O sea, que es cuestión de tiempo: todos estamos aquí prestados. Ahora, ese tiempo que estamos prestados aquí, ¿lo vivimos victimizados, buscando culpables, echando la culpa? o ¿nos soltamos en Dios y decimos: Señor, ¿qué puedo hacer?

Y un poquito la invitación a eso, a recuperar lo que es la fe, que la fe no es saber que Dios existe. La fe es confiar la vida de Dios.

Tú puedes escoger a enfrentar la vida solo, renegando, diciendo, echándole culpables, buscando culpables fuera o dentro, o decirle Señor, no entiendo, como María, no entiendo, pero confío en lo que tú quieras. 

— ¿Cree que después de esto debamos ser una nueva sociedad, debamos ser unos nuevos individuos?

Deberíamos, pero somos de cabeza dura. Yo pienso que mucha gente habrá aprendido y estará aprendiendo. Ojalá que sean muchos, porque en la historia, han pasado muchas cosas, y gracias a esas cosas nos damos cuenta que no somos tan prepotentes. 

Somos hijos, somos queridos por Dios y sentimos ese amor de Dios en las cosas que pasan en nuestra vida.

— ¿Cómo calibra la respuesta de su hermano, monseñor Raúl Biord, sobre el acompañamiento que le ha dado?

Una muestra de fraternidad, una muestra de solidaridad. Monseñor ha hecho un recorrido en Caracas, pero yo creo que su mente y su corazón está en La Guaira.

En La Guaira no hubo pérdidas de sacerdotes. Gracias al Señor, no. Pero una de las cosas que de verdad me afecta es la impotencia de los primeros días que llamamos a todas partes y escuchamos a la gente y nada, no se pudo hacer nada.