Por Juan Carlos Sosa Azpúrua:
Hay una nueva especie de nostalgia circulando por Venezuela. Es curiosa, porque no añora lo que tuvimos, sino algo que durante mucho tiempo fingimos tener: soberanía. Venezuela llora hoy una soberanía que llevaba veintisiete años empeñada. Un sector de su opinión pública se lamenta de la tutela de Estados Unidos como si fuera el primer despojo, no el último capítulo de uno: nadie de ese coro lloró cuando el país cedió porciones enteras de su soberanía a Cuba, Irán, China y el ELN. La inteligencia militar y el aparato represivo llevaban dos décadas bajo tutela cubana antes de enero de 2026. Los aeropuertos, las refinerías y el sistema de identificación ciudadana sirvieron a intereses iraníes con la complacencia, no la coacción, de Miraflores. La deuda que hipotecó tres generaciones de renta petrolera la contrajo Pekín, cobrada por adelantado en barriles. Y la cesión de facto de franjas de territorio a una guerrilla extranjera, el ELN, no tiene, hasta hoy, equivalente en la relación con Washington. Lo del tres de enero no inauguró la pérdida de soberanía. Cerró un ciclo que ya la había consumado.
La memoria selectiva no es un accidente. Es una postura política que merece llamarse por su nombre. La soberanía les parecía que existía mientras Venezuela entregaba espacios de decisión, recursos y autonomía estratégica a gobiernos extranjeros afines en lo ideológico. De repente, se volvió sagrada cuando Estados Unidos adquirió una capacidad determinante para condicionar la transición. La soberanía no debería tener ideología. Un país que no controla su territorio, que destruye su moneda, que permite el colapso de sus servicios públicos, que carece de un Poder Judicial independiente, que expulsa millones de ciudadanos y que necesita de potencias extranjeras para sostener su estructura política no puede proclamarse soberano porque conserve intacta la bandera sobre el Palacio de Miraflores. La soberanía no es una ceremonia. Es capacidad.
Pero soberanía no significa aislamiento ni autarquía. Alemania Occidental no perdió su dignidad histórica porque necesitara del Plan Marshall y de la protección estadounidense después de 1945. Japón tampoco dejó de ser Japón porque su reconstrucción institucional se produjera bajo una extraordinaria influencia norteamericana. Décadas después, ambos eran democracias prósperas capaces de decidir su destino. Esa debería ser nuestra aspiración.
La presencia estadounidense no puede constituir el destino permanente de Venezuela. Debe constituir, en el mejor escenario, el andamio que permita reconstruir la casa. Porque nadie conserva los andamios después de terminar un edificio. Llegará el momento de retirarlos. Mas, sería una estupidez derribarlos cuando todavía estamos reconstruyendo las paredes.
Esto no exime a la tutela actual de escrutinio. Toda intervención externa tiene costos y los merece. Pero hay una distinción elemental entre administrar una reconstrucción y administrar un despojo. Tratar ambos episodios como equivalentes no es matiz: es propaganda con ropa de neutralidad.
Desde aquella madrugada en que fuerzas estadounidenses extrajeron a Nicolás Maduro, el chavismo como proyecto de poder personalizado quedó destrozado. No desapareció de un plumazo la estructura clientelar ni la burocracia armada, pero el eje que lo sostenía se quebró. Delcy Rodríguez asumió como presidenta interina bajo la mirada atenta de Washington, y el país entró en una fase de tutela pragmática. No es un idilio democrático perfecto, ni pretenda nadie que lo sea. Pero el cambio de atmósfera es innegable.
El indicador más honesto no es el discurso, es el capital. Las restricciones a la inversión se han levantado. Washington ha flexibilizado de forma selectiva las sanciones petroleras, permitiendo importar equipos, repuestos y diluyentes que la industria petrolera llevaba años sin poder obtener. La reforma a la Ley Orgánica de Hidrocarburos actualiza un marco legal congelado desde hace dos décadas. El Parlamento, el mismo que negó por años el colapso eléctrico, aprobó abrir la generación de electricidad a inversión privada. Diecisiete empresas internacionales han retomado o explorado operaciones desde comienzos de año. Firmas de análisis proyectan crecimiento de dos dígitos hasta el final de la década.
En el sector energético: petróleo, electricidad, gas, se registran movimientos concretos: Chevron ha ampliado su participación en joint ventures, BP acaba de incorporarse al desarrollo de la segunda fase del gigantesco campo gasífero Loran, junto con XRG de Abu Dhabi y UCC de Qatar; Shell participa en otra fase del mismo complejo y existen conversaciones con otras grandes compañías internacionales que han firmado acuerdos o memorandos para reactivar campos y proyectos de gas. La producción petrolera ha subido de manera sostenida, superando el millón de barriles diarios en varios meses de 2026. General Electric Vernova acordó un programa que aspira a recuperar cerca de mil megavatios durante los primeros veinticuatro meses y más de cinco mil megavatios en cuatro años. IMPSA retoma Tocoma. Incluso en agua e infraestructura básica, el discurso oficial y los contactos con inversionistas apuntan a la reconstrucción de sistemas colapsados por años de abandono y corrupción.
Es apenas una parte de lo necesario, pero constituye la clase de inversión tecnológica y financiera que Venezuela necesita para comenzar a reconstruir un sistema devastado por décadas de desinversión, improvisación y corrupción. No es aún el boom, pero es el reinicio de un flujo que el chavismo había cerrado con su mezcla de ideología y saqueo. Nada de esto es reconstrucción todavía. Un país no se reconstruye en pocos meses. Menos cuando, el 24 de junio, dos terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 golpearon el centro-norte en menos de un minuto, dejando miles de muertos, decenas de miles de heridos y daños estimados en decenas de miles de millones de dólares. La respuesta inicial del aparato estatal mostró las cicatrices de décadas de deterioro.
Una red eléctrica arruinada por casi treinta años de desinversión, un sistema hídrico colapsado y una industria petrolera sin cuadros técnicos no se recuperan en meses, y menos cuando, sobre ese pasivo, cayeron dos terremotos en un solo día. Exigir hoy resultados de país normal es ingenuidad o la coartada de quienes prefieren que nada cambie para seguir diciendo que nada cambió. Pretender que Venezuela se transforme en Suiza en siete meses pertenece más al terreno de la literatura fantástica que al análisis político. Pero algo fundamental sí cambió: la dirección del movimiento.
Nuestra nación vuelve a aparecer en el mapa de las inversiones internacionales. Nada de esto significa que Venezuela esté arreglada. Significa algo bastante más modesto y, al mismo tiempo, en extremo importante: el país ha comenzado a ser reparable. Lo que sí cambió, de forma medible, es la disposición a apostar por nuestro destino. Eso no garantiza el resultado, pero marca una atmósfera distinta a la de hace un año, cuando la única pregunta relevante era cuánto más se podía caer.
Eso sí, la corrupción no puede reciclarse bajo otro disfraz. Porque entonces habremos cambiado los discursos mientras conservamos intacto el mecanismo. Venezuela necesita licitaciones transparentes, auditorías internacionales, reglas claras, publicación de contratos, mecanismos efectivos de solución de controversias y funcionarios seleccionados por competencia y no por parentesco, militancia o amistad. Necesita recuperar una palabra que durante demasiado tiempo resultó casi revolucionaria: mérito. Convocar a los más capaces no puede ser gesto decorativo. Tiene que ser política de Estado, con exclusión explícita de quienes se enriquecieron administrando la miseria ajena.
Pero exigir un tránsito inmaculado es desconocer cómo ocurren, en la práctica, las transiciones que funcionan. Don Quijote no es memorable por acertar; es memorable porque cada vez que lo derriban, y lo derriban una y otra vez, apaleado, humillado, molido a golpes, vuelve a montar en Rocinante y sigue su camino. Esa es la lección que este tránsito exige: no la pureza de nunca caer, sino la resiliencia de levantarse después de cada caída y continuar.
La línea que importa vigilar no es entre pureza e impureza, sino entre pragmatismo transicional y continuismo disfrazado de pragmatismo. Venezuela no está reconstruida; apenas dejó de hundirse. Su resiliencia se parece más a la de Anteo que a la de cualquier otro héroe de la mitología griega: el gigante que perdía fuerza en el aire pero la recuperaba, intacta, cada vez que su cuerpo volvía a tocar la tierra. Venezuela ha tocado fondo más de una vez, la última, y literal, cuando la tierra se quebró dos veces en un solo día y de cada contacto con ese fondo ha sacado, hasta ahora, la fuerza para el siguiente intento. Tiene, por primera vez en veintisiete años, un rumbo sujeto a escrutinio y no solo una consigna. Ese horizonte modesto vale más que la nostalgia de una soberanía que, para cuando empezaron a llorarla, ya llevaba tiempo empeñada.
No es momento de preciosismos ni de pureza absoluta. Las transiciones reales rara vez son quirúrgicas. Contar con algunos elementos del otrora régimen puede facilitar una implosión interna con el mínimo de traumatismos: evitar el vacío de poder, preservar la cadena de mando de lo que queda de fuerzas armadas y permitir que el sistema se desarme a sí mismo en lugar de estallar. Es un cálculo frío, pero realista.
Después de una tiranía prolongada siempre surgen quienes imaginan la transición como una representación teatral: cae el telón, desaparecen todos los actores del antiguo régimen y sobre el escenario aparecen, vestidos impecables, los demócratas que construirán la República desde cero.
La historia casi nunca funciona así y ofrece precedentes. España no pasó de Franco a una democracia europea expulsando del Estado de forma inmediata a todos cuantos habían formado parte del franquismo. Adolfo Suárez provenía del propio aparato institucional del régimen. La transformación ocurrió utilizando de manera parcial las estructuras existentes para desmontarlas desde dentro. Chile tampoco amaneció democrático al día siguiente del plebiscito de 1988. Pinochet continuó como comandante en jefe del Ejército durante años y luego como senador vitalicio. Sudáfrica negoció el fin del apartheid con elementos del antiguo poder para evitar una guerra civil. Los países de Europa del Este, tras 1989, aceptaron a menudo la presencia de antiguos cuadros comunistas reconvertidos mientras construían instituciones nuevas.
Ninguna de estas transiciones fue inmaculada; todas exigieron pragmatismo, tiempo y la decisión de privilegiar la estabilidad viable sobre la venganza perfecta. Estos son ejemplos de transiciones negociadas en las cuales fuerzas vinculadas al antiguo régimen participaron en la construcción del orden que acabaría sustituyéndolo. Y la literatura comparada sobre democratización recoge experiencias semejantes en Brasil, Indonesia, Filipinas y otros países. Contar con cuadros del régimen saliente que sepan operar el Estado sin desviarlo hacia el bolsillo propio no traiciona el principio de transparencia: es, hasta ahora, el único método conocido para que un sistema colapse hacia adentro y no sobre la población.
Aquellas concesiones hoy pueden parecernos desagradables. Lo eran. Pero formaron parte del precio político de una transición que evitó una nueva ruptura violenta. La lección no consiste en que deba garantizarse impunidad. Consiste en comprender que transición y venganza son conceptos diferentes. A veces la manera más inteligente de destruir de manera definitiva a un régimen consiste en conseguir que se desmonte desde dentro. La implosión suele producir menos muertos que la explosión. Si para desactivar estructuras militares, policiales, burocráticas y económicas construidas durante un cuarto de siglo resulta necesario negociar con algunos de sus integrantes, habrá que hacerlo. No porque sean nuestros aliados naturales. Mucho menos porque debamos olvidar responsabilidades. Sino porque la política, cuando abandona el territorio de las consignas, consiste en administrar realidades imperfectas para alcanzar objetivos superiores. La democracia no siempre llega montada sobre un caballo blanco. A veces llega caminando por el barro.
Venezuela no será distinta. El camino será largo, accidentado y, en ocasiones, frustrante. Pero por primera vez en una generación existe la posibilidad real de que el esfuerzo no se diluya en la nada. Como escribió Cervantes por boca de su hidalgo: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre”. Hoy esa libertad no es solo un ideal abstracto: es la capacidad de decidir, de atraer capital, de reconstruir redes eléctricas y pozos, de mirar hacia adelante sin el yugo de La Habana, Teherán o las guerrillas. Como el ave fénix de los mitos griegos, que renace de sus propias cenizas, Venezuela tiene ahora la oportunidad de levantarse no por decreto milagroso, sino por trabajo paciente, transparencia y realismo. El horizonte ya no es una quimera. Está ahí, al final del camino, siempre que no permitamos que los mismos que nos llevaron a la ruina se apropien del renacimiento.
Venezuela no necesita hoy la perfección de los puristas. Necesita reconstruir un Estado destruido, recuperar sus instituciones y aprovechar una oportunidad histórica que difícilmente volverá a presentarse. Después de veintisiete años de destrucción, dos terremotos, millones de emigrantes, una economía devastada y unas instituciones convertidas demasiadas veces en caricaturas de sí mismas, Venezuela tiene ante sí algo que pocas generaciones reciben: una segunda oportunidad. No será perfecta. Habrá errores. Habrá personajes que preferiríamos no ver sentados alrededor de determinadas mesas. Habrá acuerdos incómodos. Habrá concesiones desagradables. Habrá decisiones que desde la pureza académica resultarán difíciles de defender. Pero la historia no se escribe en laboratorios.
Los griegos lo comprendieron mucho antes que nosotros. Ulises no regresó a Ítaca siguiendo una línea recta. Tuvo que atravesar tempestades, monstruos, tentaciones, naufragios y territorios extraños. Lo importante nunca fue la pureza del camino. Era llegar a Ítaca.
Venezuela también está intentando regresar a casa. Y quizá convenga otra vez recordar a Cervantes, no para convertir a Don Quijote en proveedor de frases motivacionales, sino para recuperar aquello que constituye el nervio moral de toda su aventura: la voluntad de seguir caminando cuando la realidad parece empeñada en demostrar que el camino es imposible.
Porque hay épocas en las cuales el verdadero idealismo consiste en comprender la realidad. Y el verdadero patriotismo, en lugar de lamentarse por una soberanía que perdimos hace mucho tiempo, consiste en construir las condiciones para recuperarla. No mañana. No mediante decretos. No gracias a milagros: piedra sobre piedra; institución sobre institución. Hasta que Venezuela pueda prescindir de tutores porque de nuevo seremos capaces de gobernarnos a nosotros mismos. Entonces podremos hablar de soberanía. Y esta vez será de verdad.
