Reconstruir o construir

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Por Bernardo Moncada Cárdenas:

 

León XIV, Magnifica humanitas, 10.

Venezuela despertó entre ruinas de su paisaje urbano y de su ánimo colectivo. Solamente la colosal pérdida de vidas supera en dureza a la penuria de tantos sobrevivientes, brutalmente desprovistos de sus viviendas. Gran parte del tejido urbano de zonas enteras de Caracas y del Litoral Central quedó reducido a escombros. Allí donde ayer había hogares, escuelas, iglesias y comercios, hoy quedan vacíos que no podrán llenarse únicamente con cemento.

El terremoto que acaba de estremecer a Venezuela no solo derrumbó edificios. También puso a prueba la solidez moral de una nación acostumbrada a enfrentar adversidades. Mientras las labores de rescate y la ayuda humanitaria ocupan, con razón, el primer lugar, comienza a insinuarse otra tarea, menos visible pero más decisiva: la reconstrucción del país. Y esa reconstrucción plantea una pregunta esencial: ¿se trata simplemente de levantar de nuevo lo que cayó, o de construir algo distinto?

Toda catástrofe obliga a reconstruir. Pero también invita a preguntarse qué es, en realidad, reconstruir.

Porque levantar otra vez las paredes no basta si permanecen intactas las causas humanas que hicieron más vulnerable a una sociedad y sus ciudades. Hay ciudades que renacen físicamente mientras su convivencia continúa en ruinas. Y existen pueblos que, aun entre escombros, comienzan a reconstruirse desde la solidaridad, la confianza y el reconocimiento mutuo.

En 1951, cuando Europa apenas salía de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, los Coloquios de Darmstadt reunieron a arquitectos y pensadores para preguntarse no solo cómo reconstruir ciudades, sino qué humanidad debía surgir en ellas. Allí Martin Heidegger pronunció su célebre conferencia Construir, Habitar, Pensar, recordándonos que la arquitectura jamás puede separarse de la manera como el hombre habita y comprende su existencia.

Antes de preguntarnos cómo reconstruir edificios, conviene preguntarnos cómo queremos volver a habitar el país.

Es precisamente la reflexión que propone León XIV en Magnifica humanitas. Recurre a una de las imágenes más antiguas de la tradición bíblica: Babel. Allí los hombres también construyen. Levantan una ciudad y una torre capaces de alcanzar el cielo. No fracasan por exceso de técnica, sino por insuficiencia moral. La obra arquitectónica es grandiosa; la comunión humana, inexistente. La confusión de las lenguas expresa una fractura más profunda: la incapacidad de reconocerse como miembros de una misma comunidad.

Frente a Babel aparece Jerusalén, no simplemente como una ciudad, sino como símbolo de una humanidad reconciliada. Mientras Babel representa la soberbia que fragmenta, Jerusalén encarna la comunidad edificada sobre la escucha, la justicia y la paz. El Papa afirma que reconstruir consiste en transformar la diversidad en diálogo y hacer de la fraternidad el verdadero fundamento de toda obra duradera, como la de quien construye sobre la roca y no sobre la arena.

La elección no pertenece únicamente a arquitectos e ingenieros, quienes, evidentemente, son responsables técnicos de la reconstrucción ni tampoco a los gobernantes, cuya responsabilidad consiste en garantizar instituciones capaces de hacer cumplir las normas que protegen la vida y la seguridad de la población. Es también una decisión colectiva.

Después de tal tragedia, toda sociedad puede reconstruir una Babel más eficiente, más alta y moderna, pero igualmente dividida y endeble. O puede aprovechar el dolor compartido para construir algo distinto: instituciones más confiables, ciudades más humanas y una convivencia donde el bien común prevalezca sobre la confrontación permanente y la codicia del poder.

Venezuela conoce demasiado bien los costos de las fracturas. El terremoto ha derrumbado edificios; sería una tragedia aún mayor que la reconstrucción dejara intactas las grietas morales que desde hace años atraviesan a la nación. Esta puede ser también la oportunidad de levantar también los cimientos morales de la nación.

Quizá, entonces, la pregunta no sea solamente cómo reconstruir lo perdido, sino qué nación queremos construir sobre las ruinas, dada la oportunidad de repensarnos en nuestros valores y debilidades. Porque, mientras los edificios pueden levantarse en pocos años; la dignidad de una nación requiere generaciones comenzando siempre con una decisión libre de sus ciudadanos.

Así pues, entre Babel y Jerusalén, el pueblo venezolano y sus dirigentes enfrentan una elección que trasciende la arquitectura y requiere recuperar una textura espiritual. Porque las naciones no se levantan únicamente con hormigón y acero; se levantan, sobre todo, cuando sus ciudadanos deciden en libertad edificar la verdad, la justicia y la fraternidad. Porque Venezuela no necesita solamente reconstruir lo que perdió. Necesita construir aquello que debe llegar a ser.