Por Ángel Oropeza:
En una conferencia la semana pasada, ante una audiencia universitaria de fuera de Venezuela, en la que se me pidió que explicara la actual situación política nacional y sus posibles escenarios, en el momento de las preguntas y respuestas surgió una tan interesante como decadente discusión entre un grupo de los participantes.
Algunos, que se autoidentificaban como de “derecha”, justificaban la represión y las violaciones de los derechos humanos hacia los inmigrantes por parte del gobierno de Donald Trump, “porque es necesario poner orden”. Al mismo tiempo, condenaban la represión y violación de los derechos humanos por parte del gobierno venezolano como: “una muestra del carácter tiránico” de este. Por supuesto, los estudiantes que se autocalificaban como de “izquierda”, al comentar lo mismo, se referían al carácter tiránico de Trump, pero a la necesidad de “poner orden por parte del gobierno venezolano”, cuando era este último quien reprimía. La sordera e incapacidad de ambos grupos para escuchar argumentos distintos era tan gigantesca como monolítica. Refugiados cómodamente en su etiqueta política, renunciaban a la complejidad de pensar. Su celda ideológica funcionaba como una especie de circuito cognitivo cerrado, que hace que solo se considere cierta o aceptable la información consistente con su estereotipo político, mientras se rechazan informaciones o hechos inconsistentes con su autoetiqueta mental. Se prefiere estar errado y ser incapaz de analizar y entender las realidades tal como son, a renunciar a la primitiva comodidad psicológica que le brinda su letrero ideológico.
En la Francia de 1789, sentarse a la izquierda o a la derecha de la Asamblea Nacional francesa tenía un sentido físico e ideológico claro: de un lado se ubicaban los partidarios de la revolución y de la república; del otro, los defensores de la Corona y de la tradición. Sin embargo, más de dos siglos después, aferrarse a esa brújula lineal para intentar navegar el océano de la política contemporánea no solo es un anacronismo inútil, sino un acto de pereza intelectual que distorsiona la realidad.
El análisis político actual sufre de un mal crónico y es la obsesión por encajonar fenómenos complejos en etiquetas prefabricadas. Leer el mundo a través del filtro rígido de “izquierda” contra “derecha” reduce el análisis político a una discusión de fanáticos de un partido de fútbol. Transforma la diversidad del pensamiento humano en un binario empobrecido donde la verdad importa menos que la camiseta ideológica que lleva el interlocutor.
Parte del problema de la dicotomía izquierda-derecha es que asume una sola dimensión para medir dinámicas que son, por naturaleza, multidimensionales. ¿Dónde encaja, por ejemplo, defender los derechos de la clase trabajadora y la intervención del Estado en el empleo, pero apoyar al mismo tiempo fronteras cerradas y un proteccionismo nacionalista? ¿Cómo se clasifica a un gobierno que combina políticas de bienestar social agresivas con un marcado autoritarismo político? ¿Qué etiqueta se le pone a un régimen basado en una fuerte planificación gubernamental y control social, y con un ecosistema capitalista de mercado global y de alta competencia empresarial?
Al intentar forzar estas realidades en la matriz tradicional, se cae en la trampa de la contradicción forzada. La geopolítica moderna, marcada por disputas sobre la soberanía digital, la transición energética, el impacto de la inteligencia artificial y las tensiones entre globalismo y localismo, simplemente no responde a los viejos esquemas del siglo XX, además basados en la ubicación de las sillas en un salón francés del siglo XVIII. Aferrarse al espectro lineal equivale a intentar navegar las calles de una metrópolis moderna usando un mapa del Imperio Romano.
El peligro de las etiquetas políticas pre-hechas y rígidas es que, además, no son inocentes. Ellas funcionan como atajos cognitivos que apagan el juicio crítico. En primer lugar, son un obstáculo para el diagnóstico de la realidad y de sus problemas. Cuando un hecho se analiza desde una etiqueta categórica preexistente, la prioridad del observador deja de ser comprender el hecho y pasa a ser confirmar su propio sesgo cognitivo. En segundo lugar, impiden identificar las coincidencias y los puntos de convergencia entre fenómenos aparentemente distintos. Y, por último, refuerza una vacía y perniciosa polarización. Convertir la política en un duelo entre dos bloques caricaturizados despoja al debate público de matices, impidiendo la búsqueda de soluciones pragmáticas a problemas concretos. Reducir el diagnóstico y la discusión política a una etiqueta previa transforma el análisis en mera propaganda. Se deja de estudiar la propuesta para juzgar únicamente a quien la emite o la presenta.
Superar el reduccionismo plano de “izquierda-derecha” no significa renunciar a las ideas, sino exigir herramientas más rigurosas. Los hechos políticos no deben leerse desde el prisma de “quién lo dice”, sino desde el necesario y más importante: “qué efecto produce”. Ejes como autocracia contra democracia, centralismo contra descentralización o el grado en que se respeten los derechos humanos, ofrecen marcos mucho más precisos para diseccionar la toma de decisiones actual.
Hoy en día, los sistemas políticos se definen y clasifican no solo por su origen, sino, fundamentalmente, por una dimensión clave para diferenciar democracias de regímenes tiránicos, que se denomina legitimidad de desempeño.
De acuerdo, por ejemplo, con la Carta Interamericana Democrática, legitimidad de desempeño se refiere al cumplimiento por parte de los gobiernos de los elementos esenciales contenidos en los artículos 3 y 4 de dicha Carta, que reza: “son elementos esenciales de la democracia, entre otros, el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales, el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al Estado de derecho, la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo; el régimen plural de partidos y organizaciones políticas y la separación e independencia de los poderes públicos”.
De esta manera, el mundo moderno reconoce y establece taxativamente el respeto estricto a los derechos humanos como el primer criterio para evaluar como legítimo o no cualquier gobierno o práctica política. No son las etiquetas prefabricadas que cualquier régimen se adjudique a sí mismo y mucho menos su ubicación en un continuo plano de ubicación ideológica. El criterio definitorio principal para ser considerado legítimo es el tratamiento concreto a personas concretas. Lo humano es el criterio y eso los cristianos lo entendemos muy bien, porque es consustancial con nuestra fe y con la dignidad de hijos de Dios, de las personas.
Las personas inteligentes observan conductas, no etiquetas. Una de las diferencias entre personas de mentalidad política primitiva y otras de razonamiento moderno, es que las primeras se quedan discutiendo sobre los formulismos tipológicos o la autodefinición ideológica de sus gobernantes, mientras que las segundas observan su desempeño concreto. Estas últimas se fijan y deciden en función de las acciones del gobierno de turno, mientras las primeras no pueden superar la adicción infantil por los discursos y la palabrería oficialista. Por ello, si un gobierno, por ejemplo, reprime a su población como política de Estado, no importan ni sus autoetiquetas ni sus justificaciones: ya perdió el sustento moral sobre el cual descansa su legitimidad.
Más allá de las diferencias de credo político, lo que nos une como raza humana es la primacía de la persona y el sagrado respeto por sus derechos, no importa de quién se trate. Ese es el criterio que en lo individual diferencia a una persona de un animal, y el que en lo político define si un régimen es o no moralmente justificable.
Liberar al análisis político de las cadenas de la izquierda y la derecha no es una postura aséptica, sino un ejercicio de honestidad intelectual y de inteligencia. Si queremos entender un mundo caracterizado por la complejidad y el cambio acelerado, el primer paso es desmantelar las etiquetas prefabricadas y empezar a observar la realidad sin guion previo.
@angeloropeza182
[Fuente: www.costadelsolfm.org]
