¿Por qué la Iglesia instruye en el cuidado ambiental?

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Cuando la Iglesia nos instruye sobre el cuidado del medio ambiente, no lo hace desde una visión secular, sino desde la moral social fundada en el Evangelio y sostenida en la tradición de la Iglesia.

i bien es cierto que la misión de la Iglesia es el anuncio claro e inequívoco de la Persona y mensaje de nuestro Señor Jesucristo, también lo es que este mensaje del Reino está unido a la cuestión social pues es ahí, en la social, donde el ser humano se desarrolla. En este sentido, nada de lo que le es propio al ser humano le es ajeno a la Iglesia. Es madre que nos cuida y maestra que nos instruye en el contexto social de cada persona.

“La Iglesia es entre los hombres la tienda del encuentro con Dios —«la morada de Dios con los hombres» (Ap 21,3)—, de modo que el hombre no está solo, perdido o temeroso en su esfuerzo por humanizar el mundo, sino que encuentra apoyo en el amor redentor de Cristo. La Iglesia es servidora de la salvación no en abstracto o en sentido meramente espiritual, sino en el contexto de la historia y del mundo en que el hombre vive, donde lo encuentra el amor de Dios y la vocación de corresponder al proyecto divino”

(Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia –CDSI–, n. 60. Cf. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 40)

El tema de la casa común reviste, a la luz de la doctrina social de la Iglesia, una importancia sustantiva ya que dirige su mirada a los principios morales –inscritos por Dios creador en la ley natural– que favorecen la búsqueda y construcción del bien común.

Queda claro que a la Iglesia no le compete desarrollar aspectos técnicos, económicos, políticos y científicos relativos al medio ambiente, sino el velar para que estos estén conformes con la dignidad que le viene al ser humano al haber sido creado con amor por Dios Padre, redimido con amor por Dios Hijo, y animado con amor por Dios Espíritu Santo.

Los grandes problemas de la casa común

Léon XIV invite les chrétiens à servir une “culture de paix” durant l’été

Todos los diagnósticos acerca del estado de nuestra planeta coinciden en señalar que se sufre de una crisis severa ocasionada, principalmente, por el consumismo, la cultura del descarte, y el egoísmo antropocéntrico. Queda claro que estos grandes problemas son reflejo de un problema mayor y fontal: el alejamiento de Dios y la instrumentalización de su creación:

“Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores (de la tierra), autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes”

Esta perversión ha ocasionado graves problemas de contaminación, pérdida de biodiversidad (principalmente, extinción de especies y deforestación), escasez de agua y cambio climático. Cabe agregar que este último punto ha sido ocasión de debate entre peritos al no coincidir acerca de su gravedad; razón por la que la Iglesia ha sido muy prudente al limitarse a afirmar que “hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático” (Papa Francisco, Laudato si, n. 23).

Los problemas de la casa común exigen una responsabilidad común

Si bien es cierto que hay necesidad de cambiar muchas cosas, lo es también –y con mayor razón–, que somos nosotros los que debemos cambiar, pues a nosotros corresponde la gestión de cambios que exige el cuidado de nuestra casa común:

“Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos. Esta conciencia básica permitiría el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida. Se destaca así un gran desafío cultural, espiritual y educativo que supondrá largos procesos de regeneración”

(Laudato si, n. 202).

Las principales orientaciones al respecto están contenidas en el Capítulo 6 de la Laudato si:

1Apostar por otro estilo de vida

Es necesario que el mercado sea respetuoso de la dignidad humana. El consumismo voraz y compulsivo no favorece el bien común; antes bien, favorece el egoísmo colectivo, condenado a la violencia y destrucción recíproca.

“Cuando somos capaces de superar el individualismo, realmente se puede desarrollar un estilo de vida alternativo y se vuelve posible un cambio importante en la sociedad” (n. 208).

2Educación para la alianza entre la humanidad y el ambiente

Es necesario adoptar nuevos hábitos que integren la existencia propia y el ambiente social que habitamos.

“(…) esta educación, llamada a crear una «ciudadanía ecológica», a veces se limita a informar y no logra desarrollar hábitos. La existencia de leyes y normas no es suficiente a largo plazo para limitar los malos comportamientos, aun cuando exista un control efectivo. Para que la norma jurídica produzca efectos importantes y duraderos, es necesario que la mayor parte de los miembros de la sociedad la haya aceptado a partir de motivaciones adecuadas, y que reaccione desde una transformación personal. Sólo a partir del cultivo de sólidas virtudes es posible la donación de sí en un compromiso ecológico” (n. 211).

3Conversión ecológica

Es necesario el desarrollo de una “espiritualidad ecológica”, fundada en el Evangelio y testimonio de Jesucristo, con un impacto virtuoso en nuestra vida personal y social, a ejemplo de San Francisco de Asís.

“(…) la crisis ecológica es un llamado a una profunda conversión interior. Pero también tenemos que reconocer que algunos cristianos comprometidos y orantes, bajo una excusa de realismo y pragmatismo, suelen burlarse de las preocupaciones por el medio ambiente. Otros son pasivos, no se deciden a cambiar sus hábitos y se vuelven incoherentes. Les hace falta entonces una conversión ecológica, que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea. Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana” (n. 217).

4Gozo y paz

Es necesario un modo alternativo de entender la “calidad de vida”, no en sentido materialista, sino espiritual, profético y contemplativo, que lleve al auténtico gozo y paz, en la sobriedad de vida.

“La sobriedad que se vive con libertad y conciencia es liberadora. No es menos vida, no es una baja intensidad sino todo lo contrario. En realidad, quienes disfrutan más y viven mejor cada momento son los que dejan de picotear aquí y allá, buscando siempre lo que no tienen, y experimentan lo que es valorar cada persona y cada cosa, aprenden a tomar contacto y saben gozar con lo más simple” (n. 223).-

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